Autocracias digitales: desafíos políticos y económicos en la era Trump 2025

Un mundo en retroceso democrático.

Mundo01 de abril de 2025Alejandro CabreraAlejandro Cabrera
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Donald Trump.

El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca en enero de 2025 marcó un punto de inflexión en la política global. La escena internacional evidencia un preocupante retroceso democrático: según el instituto V-Dem, en 2024 el 72% de la población mundial vivía bajo algún grado de autocratización, frente al 46% en 2012. Por primera vez en dos décadas hay más estados autocráticos que democráticos. La tendencia queda ilustrada con hechos recientes: en una misma semana de marzo de 2025, Trump exigió destituir a un juez federal que bloqueó sus políticas migratorias; en Israel, Benjamín Netanyahu despidió al jefe de inteligencia que investigaba corrupción en su gobierno; y en Turquía, Recep Tayyip Erdogan ordenó el arresto de su principal opositor. Estos episodios, distantes geográficamente, comparten un guion común y reflejan la era de los “hombres fuertes”, líderes que actúan bajo la máxima de “El Estado soy yo” y buscan concentrar todo el poder en su persona.

Especialistas en democracia advierten que muchos gobernantes actuales, tanto en regímenes autoritarios abiertos como en democracias electorales, siguen el mismo manual. Larry Diamond, sociólogo de Stanford, explica que los nuevos autócratas “utilizan el poder del Estado para eliminar mecanismos de control y equilibrio, dentro del Estado y en la sociedad civil”. Aprovechan el miedo, el nacionalismo, el culto personal y la polarización para erosionar cualquier oposición. Fabio Angiolillo, investigador del proyecto V-Dem, señala un patrón típico: partidos de tendencia autoritaria que llegan al gobierno por vías electorales y, una vez en el poder, amplían las facultades del ejecutivo a expensas del Congreso y la Justicia, cabalgando discursos polarizadores de “nosotros contra ellos”. Así, socavan la separación de poderes y transforman democracias en híbridos iliberales.

La nueva presidencia de Trump acelera esta dinámica. Sus acciones tienen reverberación global debido al peso de Estados Unidos. Trump no solo legitima con su ejemplo a los populistas autoritarios del mundo, “proporcionándoles ideas sobre cómo intimidar a la oposición”, sino que elimina el contrapeso que significaba una Casa Blanca comprometida con la defensa de la democracia. “Con Trump en la Casa Blanca, los autoritarios se sienten envalentonados... ya no existe la posibilidad de que Estados Unidos proteste o les exija cuentas”, advierte el analista Gideon Rachman. De hecho, algunos líderes han usado explícitamente el giro de Washington para justificar sus propias medidas draconianas. En Hungría, Viktor Orbán invocó las políticas ultraconservadoras de Trump para prohibir manifestaciones del colectivo LGTBI, mientras que en Serbia el gobierno de Aleksandar Vucic se escudó en los ataques de Trump a una agencia estadounidense (USAID) para hostigar a ONG prodemocráticas.

Se vive, en palabras de Rachman, “el ataque global más prolongado contra los valores democráticos liberales desde la década de 1930”. Otro experto, Moisés Naím, advierte que “la democracia es una especie en peligro de extinción”, amenazada por un enemigo ubicuo que “no está afuera sino adentro”, corroyendo las sociedades libres desde dentro. En efecto, la amenaza actual para la democracia no viene de invasiones militares, sino de la erosión interna: instituciones debilitadas, líderes elegidos que desmantelan contrapoderes, y ciudadanía dividida. El desafío es enorme y de alcance global.

Polarización y manipulación digital de la opinión pública

Junto con el auge de liderazgos fuertes, la polarización extrema se ha convertido en combustible de las nuevas autocracias. El debate público se ha vuelto tóxico, dividido en trincheras irreconciliables. La manipulación de la opinión pública mediante herramientas digitales juega aquí un rol central, distorsionando la realidad percibida por la gente y socavando los consensos básicos que sustentan a la democracia. En la era de las redes sociales, la información se ha convertido a la vez en arma y en campo de batalla.

Multitud de investigaciones confirman que Internet potencia la radicalización. Los memes, por ejemplo, parecen inofensivos pero “no son inocuos”; se han revelado como el lenguaje de difusión más eficaz para el extremismo​. Las plataformas sociales, optimizadas para maximizar la atención, funcionan como poderosas herramientas de polarización​: sus algoritmos nos muestran contenidos alineados con nuestras preferencias, reforzando prejuicios y creando cámaras de eco. Al mismo tiempo, facilitan injerencias políticas sofisticadas: agencias estatales y grupos partidarios las utilizan para sembrar desinformación a gran escala, aprovechando la capacidad de segmentación microtargeting.

El caso de la elección estadounidense de 2016 (y nuevamente en 2024) es emblemático. Una oleada de noticias falsas y teorías conspirativas inundó las redes antes de la victoria de Trump, al punto de que analistas vincularon su triunfo y fenómenos como el Brexit con campañas de desinformación orquestadas desde el extranjero​. “La circulación de noticias falsas y la manipulación de la opinión a través de redes sociales estuvo detrás de... la victoria de Donald Trump en 2016”​, con hackers rusos y chinos convertidos en expertos en influir en contiendas políticas de todo el mundo​. Estos métodos han evolucionado aún más: hoy existen bulos generados con inteligencia artificial, deepfakes de audio o video casi indistinguibles de la realidad, que siembran confusión y pueden inclinar elecciones. La propia IA nace con sesgos (creados por datos humanos) que pueden amplificar prejuicios​

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han sostiene que la democracia liberal está mutando peligrosamente en una “infocracia”: un régimen donde el exceso de información debilita la deliberación racional y favorece la manipulación. Han observa que el frenesí comunicativo e informativo de la era digital “altera nuestra percepción de la realidad” y ha “apoderado del ámbito político”, de modo que “la democracia está degenerando en infocracia”. En esta infocracia, la avalancha de datos y estímulos crea cortoplacismo informativo que imposibilita debates profundos. La política se reduce a impactos inmediatos y efectos teatrales, no a programas meditativos. “No puede surgir un discurso político” en una esfera dominada por la comunicación fragmentada y acelerada – advierte Han – ya que esa aceleración “nos priva de racionalidad”. Prima la información con gancho emocional, la que “más excita” al público, por encima de la reflexión reposada. Por eso las fake news llaman más la atención que los hechos verdaderos: “un solo tuit de noticia falsa... es más efectivo que un buen argumento”. La sobreabundancia informativa termina siendo contraproducente: lejos de ilustrar al ciudadano, lo aturde.

Byung-Chul Han subraya también cómo la sociedad digital de la transparencia ha creado un nuevo tipo de dominación sin coerción visible. En contraste con las dictaduras del siglo XX que suprimían libertades, la infocracia explota la libertad en lugar de abolirla. Nos creemos usuarios libres en redes abiertas, cuando en realidad somos vigilados a través de nuestros datos personales. “La tecnología digital hace de la comunicación un medio de vigilancia”, explica Han. Ya no hace falta la represión explícita: “la dominación se consuma en el momento en que la libertad y la vigilancia se aúnan”. Cada clic deja un rastro. La información circulante tiene más libertad que las personas. “La prisión digital es transparente” – dice gráficamente Han – porque no sentimos sus barrotes. De hecho, participamos con entusiasmo de nuestro propio control: “Los medios de comunicación son como una Iglesia: el like es el amén. Compartir es la comunión... La propia identidad deviene mercancía”. En esta cultura, postear se confunde con actuar, y la verdad pierde valor frente a la viralidad. El filósofo concluye pesimistamente que combatir la “infodemia” (epidemia de desinformación) solo con la verdad es casi imposible, porque la mentira bien dosificada resulta “resistente a la verdad”. La opinión pública queda así a merced del mejor manipulador de narrativas.

Pero Han no es el único en teorizar esta deriva. Otro concepto emergente, complementario a la infocracia, es la “hipnocracia”. El término ha sido usado por pensadores asiáticos contemporáneos para describir un régimen de poder basado en la seducción masiva, la distracción permanente y el trance informativo. El filósofo Jianwei Xun la define como la dictadura sutil de la era digital, que “opera directamente en la conciencia” de las personas​

A diferencia de los autoritarismos tradicionales, la hipnocracia no prohíbe pensar, sino que induce emociones y secuestra la atención para impedir el pensamiento crítico​ .Se vale del tsunami de información como “humo hipnótico” – en palabras de Xun – inundando los sentidos con estímulos constantes hasta lograr que “realidad y simulación se vuelvan sinónimos”​. Cecilia Danesi, investigadora de la Universidad de Salamanca, resume el concepto como una “dictadura digital que permite modular directamente estados de conciencia” mediante la manipulación de las historias que consumimos, compartimos y creemos​. El objetivo final es adormecer el pensamiento crítico de la ciudadanía, eliminando la capacidad de cuestionar​. En una hipnocracia perfecta, la sociedad permanece en un estado de hipnosis colectiva: distraída, entretenida, emocionalmente excitada, pero políticamente pasiva. La primera víctima, por supuesto, es la democracia​


Dos símbolos de la nueva “hipnocracia”: Donald Trump y Elon Musk, aliados en la fusión entre poder político y seducción tecnológica.​

Los sumos sacerdotes de este orden hipnótico son precisamente líderes como Trump y su aliado, el magnate tecnológico Elon Musk​. Ambos encarnan lo que Xun llama el “capitalismo digital”, un sistema donde los algoritmos dejan de ser meras herramientas de cálculo para convertirse en tecnología de hipnosis de masas​ .Musk, al frente de la red social X (antes Twitter), ha eliminado gran parte de la moderación de contenidos, permitiendo una proliferación sin freno de bulos y mensajes extremistas​ .

Trump, por su lado, ha abogado por desmantelar restricciones en redes e incluso firmó órdenes ejecutivas a inicios de 2025 para suprimir controles y etiquetados sobre contenido generado por IA, invocando la “libertad de expresión”​. Esta alianza entre poder político y plataformas sin reglas allana el camino para la seducción digital total: un entorno donde nada frena la difusión de mentiras convenientes al poderoso ni la intoxicación informativa de las masas. La espectacularización de la política alcanza su cénit en este contexto. El discurso político se teatraliza para captar audiencias como si fueran ratings televisivos; los líderes-actores (desde Trump con su retórica incendiaria, hasta otros populistas locales) compiten por la atención con frases explosivas, escándalos fabricados y polémicas virales. La frontera entre la verdad y la ficción política se difumina peligrosamente.

En Argentina hemos visto también los estragos de la polarización y la manipulación digital. La sociedad lleva años dividida en facciones antagónicas (kirchneristas vs. antikirchneristas, “casta” vs. “libertarios”), y ese antagonismo fue amplificado por las redes. Un episodio dramático puso de manifiesto la gravedad del asunto: el atentado contra Cristina Fernández de Kirchner en 2022. Un hombre gatilló un arma a centímetros de la vicepresidenta; por fortuna el disparo no salió. Tras el shock inicial, las redes sociales se inundaron de cruces de acusaciones conspirativas. Mientras unos culpaban a la prensa opositora por alimentar el odio, otros insinuaban que todo había sido una farsa montada para distraer de casos de corrupción​. Lejos de unir al país, el incidente “llevó al límite la polarización política” argentina​. Este clima enrarecido, donde cada hecho es reinterpretado según la trinchera ideológica, es caldo de cultivo para los mesianismos autocráticos. Cuando una sociedad pierde la confianza entre sus miembros y en la información que circula, queda vulnerable a quienes prometen mano dura y verdades absolutas.

Sesgos cognitivos y democracia en riesgo

¿Por qué caemos con tanta facilidad en la desinformación y la polarización? Parte de la respuesta está en nuestra propia psicología. El psicólogo Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, estudió durante décadas cómo tomamos decisiones y reveló que el ser humano no es tan racional como quisiéramos creer. En su obra “Pensar rápido, pensar despacio”, Kahneman describe dos sistemas de pensamiento: el Sistema 1, que es rápido, automático y emocional, y el Sistema 2, más lento, deliberativo y lógico. En la vida cotidiana, para ahorrar esfuerzo, tendemos a usar el Sistema 1 la mayor parte del tiempo. Esto nos permite reaccionar con rapidez, pero también nos hace propensos a numerosos sesgos cognitivos – atajos mentales que a menudo resultan ser trampas.

Kahneman alerta que estos sesgos pueden inducirnos a errores irracionales. Un ejemplo famoso: “un bate y una pelota cuestan 1,10 dólares en total. El bate vale 1 dólar más que la pelota, ¿cuánto cuesta la pelota?”. La mayoría de la gente responde instintivamente 10 centavos, dejándose llevar por el impulso del Sistema 1, cuando la respuesta correcta es 5 centavos (pues 1.05 + 0.05 = 1.10). Este sencillo puzzle expone cómo nuestras intuiciones rápidas pueden fallar estrepitosamente. En política ocurre algo similar: vemos el mundo como queremos que sea, no como es. El sesgo de confirmación, por ejemplo, nos lleva a buscar e interpretar la información de forma que confirme nuestras ideas preconcebidas. Así, un votante polarizado tiende a leer solo medios afines y descartar automáticamente cualquier dato incómodo que contradiga su visión. Las redes sociales, diseñadas para engancharnos, refuerzan este comportamiento mostrando contenido acorde a nuestros gustos previos. El resultado es que grupos distintos de la población viven en realidades paralelas, cada uno encerrado en su burbuja informativa. Lo vimos durante la pandemia de COVID-19, con narrativas opuestas sobre vacunas y cuarentenas, y lo vemos en elecciones donde cada lado tiene “sus propios hechos”.

Otros sesgos amplifican la polarización: el sesgo de disponibilidad hace que sobreestimemos la probabilidad de eventos que recordamos vívidamente (por ejemplo, tras ver noticias de violencia política, podríamos creer que el país está al borde del caos, aunque los datos globales no lo confirmen). El efecto de anclaje nos hace aferrarnos a la primera impresión o información recibida, dificultando cambiar de opinión después. Y el sesgo de arrastre (bandwagon effect) nos empuja a adoptar la creencia mayoritaria en nuestro círculo, por irracional que sea, para no sentirnos aislados. Todos estos atajos mentales han sido documentados por Kahneman y otros psicólogos, y explican por qué la propaganda emocional cala hondo mientras los desmentidos técnicos suelen caer en saco roto.

En tiempos de infocracia e hipnocracia, como describimos antes, el Sistema 1 de pensamiento (rápido y emocional) es explotado deliberadamente por los estrategas políticos. Las campañas modernas buscan impactar las emociones, porque saben que así activan nuestras respuestas más viscerales. El miedo, la indignación o la euforia son poderosos motivadores del comportamiento electoral. Por ejemplo, la difusión de noticias falsas sobre delitos violentos cometidos por inmigrantes puede disparar el miedo y el enojo de la población, predisponiéndola a apoyar medidas o candidatos “duros” contra la inmigración, aun si las estadísticas reales indican que no hay tal crimen descontrolado. Del mismo modo, un meme ingenioso que ridiculiza a un adversario político puede ser más efectivo que un documento de política serio, porque se dirige al instinto de burla o superioridad tribal, evitando el filtro racional. La espectacularización de la política, con sus golpes de efecto constantes, está diseñada para saturar el Sistema 1 y anular la reflexión pausada del Sistema 2. Como señala Han, este bombardeo informativo fragmentado impone una coerción: nos priva del tiempo para pensar, siempre hay otro escándalo o estímulo reclamando atención.

La consecuencia es una ciudadanía que decide “rápido y despacio”: rápida para dejarse llevar por sesgos y narrativas simplistas, pero despacio (en el sentido de perezosa) para examinar críticamente la veracidad de la información. Combinar la teoría de Kahneman con la realidad actual nos alerta sobre un riesgo grave: una democracia donde prevalece el pensamiento automático es fácilmente manipulable. Si la opinión pública se forma mayormente por impulsos y emociones (Sistema 1), quienes dominen la artillería emocional – propaganda, fake news, discursos de odio o entusiasmos virales – dominarán la voluntad popular. Esto deja a las instituciones tradicionales (parlamentos, jueces, medios serios) prácticamente desarmadas, porque ellas operan en el terreno más lento de la deliberación y la evidencia (Sistema 2). De allí la urgencia de educar en pensamiento crítico, enseñar a detectar sesgos propios y noticias falsas, y desacelerar el debate público para que la razón recupere espacio. Sin ciudadanos conscientes de estas trampas mentales, la polarización seguirá profundizándose y los hechos alternativos seguirán desplazando a la realidad.

“Cisnes negros” e incertidumbre en la gobernanza global

A la par de estas tendencias autoritarias y divisivas, el mundo enfrenta desafíos económicos marcados por la incertidumbre extrema. Nassim Nicholas Taleb, ensayista y exoperador de bolsa, popularizó el concepto de “cisne negro” para referirse a eventos sorpresivos de enorme impacto, que a posteriori parecen predecibles pero que nadie anticipó realmente. La metáfora – inspirada en la inesperada aparición de cisnes negros en Australia, rompiendo la creencia occidental de que todos los cisnes eran blancos – nos recuerda la fragilidad de nuestras proyecciones. En las últimas décadas hemos vivido varios “cisnes negros”: desde los atentados del 11 de septiembre de 2001, hasta la crisis financiera global de 2008, la pandemia de COVID-19 en 2020, o incluso la sorpresiva guerra en Ucrania en 2022. Cada uno de estos eventos tomó al mundo por sorpresa y tuvo consecuencias sísmicas en la política y la economía internacional.

En 2025, las democracias y economías del mundo lidian aún con las secuelas de algunos de esos cisnes negros, a la vez que se preparan – a ciegas – para los próximos que vendrán. Trump mismo fue visto como un cisne negro político en 2016, al romper todos los pronósticos. Su retorno en 2024, aunque esta vez más anunciado, incorpora nuevos factores de incertidumbre: ¿Desatará una guerra comercial global? ¿Se tensarán aún más las relaciones con China, Europa o Irán? ¿Qué impactos económicos tendrá su agenda nacionalista en un mundo interconectado? Los mercados, por ejemplo, reaccionaron con volatilidad ante sus primeras medidas en este segundo mandato, recordando la imprevisibilidad que caracterizó su gestión previa (donde un solo tuit presidencial podía derrumbar las acciones de una empresa o generar tensiones diplomáticas).

Taleb subraya que nuestro principal error es confiar excesivamente en modelos y predicciones lineales, ignorando deliberadamente la posibilidad de eventos extremos. Este sesgo de exceso de confianza puede ser desastroso. En lugar de planificar para un mundo medianamente estable, los gobiernos deben aprender a navegar en la incertidumbre, construyendo resiliencia. Esto implica fortalecer instituciones y márgenes de maniobra que permitan absorber shocks inesperados. Paradójicamente, los regímenes autoritarios que alardean de control total suelen ser menos flexibles ante lo imprevisto: al suprimir la retroalimentación crítica (prensa libre, oposición, expertos independientes), se privan de alertas tempranas. Cuando un cisne negro golpea – sea una pandemia, un desastre climático o una crisis financiera – la negación inicial y la opacidad pueden agravar sus efectos (como se vio en los primeros compases del COVID-19 en China e Irán, o en cómo Rusia subestimó la resistencia ucraniana).

En el plano económico, Argentina ejemplifica los desafíos de gobernar en contextos altamente inciertos. A fines de 2023, contra muchos pronósticos, el outsider Javier Milei ganó la presidencia con un discurso antisistema. Su ascenso, tras años de crisis económica crónica, fue para algunos un “evento inesperado” – un cisne negro electoral fruto del hartazgo social – y para otros una consecuencia lógica de la frustración acumulada. En todo caso, su gestión se desarrolló en 2024-2025 bajo amenazas constantes: una economía al borde de la hiperinflación, una deuda asfixiante y el impacto de factores externos incontrolables como la peor sequía histórica en décadas. En 2023, la sequía en la pampa cerealera recortó la producción de soja, maíz y trigo en decenas de millones de toneladas, provocando pérdidas estimadas en 19.000 millones de dólares (3 puntos del PBI). Este shock climático – influido por el fenómeno de La Niña – golpeó duramente las cuentas nacionales, reduciendo exportaciones y divisas en momentos críticos. Fue un recordatorio de cómo el clima puede actuar también como cisne negro para economías dependientes de commodities.

Argentina: crisis, reformas y peligros autocráticos

La Argentina de 2025 enfrenta una encrucijada política y económica que refleja en microcosmos muchas de las tendencias globales mencionadas. Por un lado, el país arrastra años de recesión, inflación galopante y endeudamiento, que han minado la confianza de la población en las instituciones tradicionales. Por otro lado, la respuesta política a esa crisis ha abierto la puerta a soluciones radicales que amenazan con erosionar aún más el frágil orden democrático.

El gobierno de Javier Milei, asumido en diciembre de 2023, se presentó como una ruptura total con “la casta” política previa. Su ideario ultraliberal prometió dolarizar la economía (eliminar el peso argentino) y suprimir el Banco Central, recortar el gasto público drásticamente y “dinamitar” las estructuras estatales que consideraba corruptas o ineficientes. En 2024, Milei avanzó con un ajuste fiscal feroz: redujo subsidios, jubilaciones y planes sociales a niveles sin precedentes, buscando equilibrar las cuentas. De hecho, Argentina logró ese año un presupuesto casi balanceado y un superávit fiscal primario superior al 2% del PIB, algo inédito en décadas, producto de un recorte del gasto de alrededor del 5% del PIB. La inflación, que en 2023 había superado el 140% anual, comenzó a ceder. Hacia fines de 2024 se moderó al 118%, y las proyecciones para 2025 la sitúan por debajo del 30% – la cifra más baja desde 2018. Este logro, importante en términos de estabilización nominal, vino acompañado sin embargo de una severa contracción económica (el PBI cayó alrededor de 3% en 2024) y un aumento de la pobreza en el corto plazo, dados los costos sociales del ajuste.

El gran interrogante es si este plan de estabilización es sostenible y, sobre todo, si puede llevarse a cabo sin menoscabar la institucionalidad democrática. La dolarización plena todavía no se implementó; Milei la ha pospuesto argumentando que primero necesita acumular reservas suficientes y sanear los desequilibrios. De momento, mantiene un férreo control cambiario: paradójicamente, el libertario que criticaba el “cepo” decidió sostenerlo en el poder. El peso argentino, contra todo pronóstico, se revaluó un 40% frente al dólar en 2024, convirtiéndose en una de las monedas emergentes más fuertes del año gracias a la contracción monetaria. Pero ese fortalecimiento artificial requiere intervenciones costosas: el Banco Central vende dólares que no tiene (sus reservas netas son negativas) para mantener el tipo de cambio. Esto dejó al país dependiente de un nuevo auxilio del Fondo Monetario Internacional. A inicios de 2025, Argentina gestionaba con urgencia un desembolso de entre 10.000 y 12.000 millones de dólares del FMI para recomponer reservas. El Fondo, sin embargo, exige ciertas condiciones – como devaluar el tipo de cambio oficial – que el gobierno de Milei se resiste a cumplir por temor a reavivar la inflación. Así, la situación es precaria: si libera el cepo cambiario demasiado pronto, podría desatarse una fuerte devaluación e inflación; si lo mantiene, la escasez de dólares puede asfixiar la actividad y generar un mercado negro creciente. Es una apuesta delicada, donde cualquier traspié (por ejemplo, otro shock externo en precios de energía o una mala cosecha) podría desestabilizar lo conseguido.

En este contexto económico frágil, preocupa también el tono político del oficialismo argentino. Aunque Milei llegó al poder por vías legales, sus modales y acciones han generado temores de derivas autoritarias. Durante su campaña exhibió una motosierra en actos públicos como símbolo de sus recortes (un gesto espectacularizado y agresivo), insultó a adversarios y periodistas con lenguaje soez, y prometió “que no quedaría piedra sobre piedra” del antiguo régimen. Ya en el gobierno, uno de sus primeros movimientos fue intentar alterar las reglas electorales a su favor: sus aliados propusieron anular las elecciones primarias abiertas (PASO) de 2025 y adelantar las elecciones legislativas de medio término. La maniobra, justificada con argumentos de austeridad y eficiencia, era en realidad un intento de capitalizar su popularidad inicial y evitar instancias donde la oposición pudiera reorganizarse. Tales cambios a las normas democráticas encendieron alarmas, recordando tácticas de líderes illiberales en otros países (como la eliminación de balotajes o la reforma de órganos electorales). Finalmente, ante la resistencia del Poder Judicial y la presión pública, el gobierno retrocedió en esa iniciativa, pero el episodio dejó patente su inclinación a debilitar los contrapesos institucionales.

Otro frente de tensión institucional ha sido la relación con el Poder Judicial. Inspirado quizás en el ejemplo brasileño de Bolsonaro (y, remotamente, en el de Trump), Milei ha criticado a jueces que frenaron algunas de sus medidas por inconstitucionales, tildándolos de “defensores del statu quo”. Si bien hasta ahora no ha llegado al extremo de intentar remover magistrados por decreto, la retórica confrontativa presagia conflictos. La independencia judicial y la continuidad del Estado de Derecho serán puestas a prueba a medida que avance su mandato. El Congreso argentino, por su parte, está parcialmente controlado por la coalición de Milei (La Libertad Avanza junto con sectores conservadores), pero no tiene mayoría absoluta en el Senado. Esto ha obligado a negociaciones en algunas leyes clave, moderando ciertos impulsos. No obstante, la oposición tradicional (peronismo kirchnerista y Juntos por el Cambio) se encuentra debilitada y fragmentada tras la derrota, lo que facilita al oficialismo gobernar por decreto o vía reglamentaria en varios ámbitos.

Argentina también vive una batalla cultural que acompaña a la polarización política. Los discursos de odio y las teorías conspirativas abundan en redes criollas, a semejanza de lo que ocurre en otros países. Grupos radicalizados difunden desde negacionismo climático hasta panfletos anticientíficos, o denuncias infundadas de fraude electoral permanente. Esta atmósfera de sospecha erosiona aún más la confianza pública. Recordemos las palabras de Moisés Naím: el enemigo de la democracia “no está ahí afuera sino adentro”. En Argentina, ese enemigo interno adopta la forma de la intolerancia mutua, el descrédito sistemático de la prensa (Milei ha llamado “operadores” a prácticamente todos los medios convencionales) y el embrujo de soluciones mágicas a problemas complejos.

El desafío para Argentina, como para muchas otras naciones, es gobernar en la incertidumbre sin sacrificar la democracia. Esto implica abordar la crisis económica con políticas responsables y sustentables, pero también respetando las instituciones y conteniendo los impulsos autoritarios. Implica reconocer que la estabilidad de precios es necesaria, pero insuficiente si a la par se degradan la cohesión social y el estado de derecho. En otras palabras, vencer la inflación no sirve de mucho si se hipoteca la República en el proceso. El propio Taleb advertiría que aplicar un remedio extremo (dolarización o ajuste brutal) puede traer sus propios cisnes negros inesperados, porque ningún modelo asegura que tales medidas funcionarán sin costos colaterales. Mejorar la economía rápidamente es tentador, pero lentamente se construyen las instituciones sólidas. El equilibrio entre ambas velocidades será crucial.

Conclusión: Defender la democracia en la era de la infoxicación

El panorama mundial y argentino descrito es complejo y desafiante. Nos encontramos en un punto bisagra histórico, en el que las democracias liberales enfrentan amenazas externas sutiles (propaganda global, injerencias digitales) y amenazas internas formidables (autócratas electos, polarización extrema, desinformación endémica). La asunción de Donald Trump en 2025 simboliza tanto el resurgir de una ola autoritaria internacional como el auge de lo que Byung-Chul Han llama infocracia: un mundo donde la sobreinformación y el espectáculo debilitan la deliberación democrática. Conceptos como la hipnocracia de Xun llevan esta idea un paso más allá, alertándonos de un poder “gaseoso” e invisible que infiltra nuestras vidas cotidianas hasta adormecer la conciencia crítica​.

Frente a ello, una postura centrista y humanista – crítica de los autoritarismos de cualquier signo – debe abogar por reformas y acciones en múltiples planos:

Reforzar las instituciones republicanas: asegurar la independencia judicial, la libertad de prensa y organismos electorales imparciales. Un Estado de Derecho fuerte es la mejor defensa contra los abusos del poder, ya provengan de un líder populista de derecha o de izquierda. Como señala Diamond, las autocracias, pese a su aparente fuerza, suelen ser “profundamente corruptas e ineficaces”, mientras que las democracias – con sus contrapesos – tienen un valor superior a largo plazo. Proteger las instituciones hoy garantizará resiliencia mañana.

Desmontar la polarización: fomentar el diálogo entre facciones, reconstruir una mínima confianza entre adversarios políticos. Esto requiere liderazgos responsables que desalienten el discurso de odio y la deshumanización del oponente. Los medios y las redes deben ser parte de la solución, ajustando algoritmos para no priorizar siempre el contenido más incendiario. No es tarea fácil revertir la dinámica “nosotros contra ellos” que tantos réditos electorales brinda a corto plazo, pero es esencial para sanar la democracia. Sociedades menos polarizadas son menos manipulables por bulos y menos proclives a abrazar extremos.

Regular el espacio digital sin censura indebida: encontrar un delicado balance donde la desinformación maliciosa y la manipulación algorítmica se contengan, sin coartar la libertad de expresión. Cecilia Danesi insiste en que hace falta “una regulación eficaz” porque la fragmentación informativa actual “exige un análisis profundo” de su impacto​.

La resistencia a cualquier regulación bajo la bandera absolutista de la libre expresión (como promueve Trump)​ es en sí peligrosa, pues deja a la ciudadanía indefensa ante ejércitos de trolls, granjas de bots y deepfakes. Transparencia en la procedencia de contenidos, etiquetado de material sintético, protección de datos personales y auditorías a los algoritmos de redes sociales son parte de la discusión urgente a nivel internacional.

Educar el pensamiento crítico y lento: incorporar en la educación formal y campañas públicas la enseñanza sobre sesgos cognitivos, verificación de hechos y consumo responsable de información. Si cada ciudadano entiende mejor cómo su propia mente puede ser engañada (como evidenció Kahneman) y cómo operan los mecanismos de manipulación, será menos propenso a caer en trampas. Se trata de vacunar a la población contra la infodemia, dotándola de herramientas para distinguir información confiable de falsedades virales. Esto también pasa por apoyar el periodismo de calidad y las instituciones científicas, devolviéndoles autoridad frente al rumor y la posverdad.

Anticipar y adaptarse a los “cisnes negros”: en política económica, adoptar una planificación prudente que contemple escenarios adversos. Diversificar la estructura productiva, construir redes de contención social para épocas de crisis, y mantener cierta flexibilidad en las políticas (evitando atarnos a un solo esquema irreversible, como podría ser una dolarización cerrada, sin válvulas de ajuste). Los eventos inesperados van a ocurrir – es una certeza – y solo un sistema ágil pero estable podrá sortearlos. Aquí la cooperación internacional también juega un rol: fortalecer mecanismos globales de respuesta a pandemias, al cambio climático y a crisis financieras compartidas es invertir en seguridad colectiva. Ningún país, por poderoso que sea su líder, puede enfrentar solo los embates de un mundo complejo.

En suma, los desafíos actuales y futuros del mundo y de Argentina combinan peligros políticos y económicos que se retroalimentan. El auge de liderazgos autocráticos promueve políticas cortoplacistas que pueden hipotecar la salud económica e institucional; a su vez, las crisis económicas prolongadas generan descontento popular que nutre la tentación autoritaria. Romper este círculo vicioso requiere lucidez, moderación y sobre todo una renovada militancia democrática. No una militancia ciega a un partido, sino un compromiso activo con los valores republicanos básicos: la verdad, la libertad responsable, la tolerancia y la justicia.

Como dijo recientemente un analista, “auguro una era turbulenta… Necesitamos construir democracias que sirvan a sectores más amplios de la sociedad. Y eso no se consigue solo ganando unas elecciones”. Ganar elecciones sin respetar principios democráticos solo produce victorias pírricas. En cambio, si logramos que la tecnología y la información sirvan a la ciudadanía (y no al revés), si recuperamos la capacidad de razonar juntos aunque pensemos distinto, y si preparamos nuestras economías para lo inesperado sin perder de vista a los más vulnerables, entonces habremos encontrado la senda para que la democracia sobreviva y se renueve en el siglo XXI. La tarea es inmensa, pero la historia nos enseña que las sociedades libres, aunque a veces tambaleen, tienen recursos para sobreponerse. En esa confianza – sustentada por la crítica reflexiva y la acción colectiva – descansa la esperanza de un futuro donde ni la infocracia ni la hipnocracia logren apagar la luz de la democracia.

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