Estados Unidos y Corea del Sur redefinen una alianza histórica: Trump reduce ejercicios militares, presiona a Seúl y vuelve a acercarse a Kim Jong-un

La relación entre Washington y Seúl atraviesa una transformación profunda. Donald Trump ordenó reducir los ejercicios militares conjuntos, reclama que Corea del Sur asuma una mayor parte de su propia defensa y cuestionó su falta de apoyo en el conflicto con Irán. Al mismo tiempo, busca reactivar el diálogo con Kim Jong-un. Corea del Sur acepta ganar autonomía militar, pero intenta evitar quedar arrastrada automáticamente a los conflictos de Estados Unidos contra China o en Medio Oriente. Detrás aparecen 28.500 soldados estadounidenses, un acuerdo comercial por US$350.000 millones, submarinos nucleares y el futuro de una alianza construida después de la Guerra de Corea.
Mundo17 de agosto de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Estados Unidos y Corea del Sur continúan siendo aliados, pero la relación que funcionó durante más de siete décadas está cambiando aceleradamente. La discusión ya no consiste simplemente en cómo proteger a Seúl frente a Corea del Norte. Donald Trump quiere una Corea del Sur capaz de pagar una proporción mucho mayor de su defensa, asumir progresivamente el mando de sus propias fuerzas y acompañar a Washington en crisis que pueden ocurrir muy lejos de la península coreana. El presidente surcoreano Lee Jae-myung acepta buena parte del objetivo de alcanzar una mayor autonomía, pero no necesariamente las condiciones planteadas por la Casa Blanca.

La tensión explotó este domingo 16 de agosto, cuando Trump ordenó al Pentágono “reducir sustancialmente” los ejercicios militares conjuntos con Corea del Sur, justamente horas antes del comienzo de Ulchi Freedom Shield, una de las principales maniobras anuales de los dos aliados. Cerca de 18.000 militares surcoreanos participan del entrenamiento, que comenzó este lunes 17 y está previsto hasta el 27 de agosto.

Trump recuperó para justificar su decisión dos argumentos de su primer mandato: considera demasiado costosas las maniobras y sostiene que envían una señal innecesariamente hostil a Corea del Norte. Pero esta vez agregó un elemento nuevo y potencialmente mucho más importante. También expresó su malestar porque Corea del Sur no acompañó de la manera que Washington pretendía las acciones estadounidenses vinculadas con Irán.

La consecuencia es que Estados Unidos empieza a discutir qué significa exactamente ser aliado suyo. Para Seúl, la alianza existe esencialmente para contener a Corea del Norte y proteger la península. Para Trump, si Estados Unidos mantiene decenas de miles de soldados destinados a proteger Corea del Sur, entonces Seúl debería estar dispuesto a colaborar cuando Washington enfrenta una crisis en otra región.

Esa diferencia puede definir el futuro de una de las alianzas militares más importantes de Asia.

De la Guerra de Corea a los 28.500 soldados estadounidenses

La relación actual nació de una guerra que técnicamente nunca terminó.

Corea había permanecido bajo ocupación japonesa hasta 1945. Después de la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, la península fue dividida alrededor del paralelo 38: la Unión Soviética quedó al norte y Estados Unidos al sur. En 1948 aparecieron dos Estados rivales: la República de Corea, en el sur, y la República Popular Democrática de Corea, en el norte.

El 25 de junio de 1950, Corea del Norte invadió el Sur y comenzó la Guerra de Corea. Estados Unidos intervino bajo bandera de Naciones Unidas y China entró posteriormente del lado norcoreano. El conflicto terminó en 1953 con un armisticio, pero nunca se firmó un tratado de paz definitivo.

Desde entonces, Washington se convirtió en el garante fundamental de la seguridad surcoreana.

Actualmente mantiene alrededor de 28.500 soldados en Corea del Sur, además de aviones, sistemas antimisiles, inteligencia, logística y la garantía nuclear estadounidense. La presencia cumple además una función política: cualquier ataque norcoreano que afectara a militares estadounidenses involucraría inmediatamente a Washington en una nueva guerra.

Durante décadas, el pacto funcionó sobre una premisa sencilla: Corea del Sur proporcionaba bases y colaboraba económicamente con el despliegue; Estados Unidos aportaba la capacidad militar necesaria para compensar la amenaza norcoreana.

Pero Corea del Sur de 2026 ya no es el país pobre destruido por la guerra de los años cincuenta.

Es una potencia industrial, tecnológica y militar, posee algunas de las empresas más importantes del planeta y tiene unas Fuerzas Armadas considerablemente superiores a las de décadas anteriores.

Y Trump pregunta algo que ya planteó durante su primera presidencia: ¿por qué Estados Unidos debería seguir soportando una parte tan grande de ese costo?

Trump quiere que Corea del Sur se defienda más sola

La discusión dejó de ser solamente una opinión presidencial. El Pentágono la incorporó a su estrategia.

La Estrategia de Defensa Nacional estadounidense publicada en enero de 2026 establece que Corea del Sur está en condiciones de asumir la responsabilidad principal en la disuasión convencional de Corea del Norte, mientras Estados Unidos debería mantener un papel “crítico pero más limitado”.

Washington no plantea abandonar Corea del Sur.

Plantea algo diferente: que Seúl coloque más dinero, tropas y capacidades propias en la primera línea mientras Estados Unidos conserva sus ventajas estratégicas —armas nucleares, inteligencia, aviación, logística y fuerzas regionales— y libera recursos para otras prioridades.

Corea del Sur ya comenzó a moverse en esa dirección. Su presupuesto militar aumentó aproximadamente 7,5% este año y el gobierno de Lee pretende completar durante su mandato otro cambio histórico: recuperar el control operacional de sus fuerzas en tiempos de guerra, conocido por sus siglas inglesas OPCON.

Actualmente existe una estructura militar combinada mediante la cual, ante una guerra, el mando operacional quedaría encabezado por un general estadounidense. Lee pretende completar la transferencia hacia Corea del Sur antes de que termine su mandato en 2030. Los propios ejercicios Freedom Shield de marzo de este año fueron utilizados para continuar preparando esa transición.

Curiosamente, en este punto Trump y Lee coinciden.

Los dos quieren una Corea del Sur militarmente más autónoma.

La discusión consiste en qué deberá hacer Seúl con esa autonomía.

El gran problema se llama China

Aquí aparece la parte más profunda de la transformación.

Durante décadas, la misión de las tropas estadounidenses instaladas en Corea del Sur estuvo concentrada esencialmente sobre una amenaza: Corea del Norte.

Pero la prioridad estratégica estadounidense cambió.

Para Washington, el principal competidor de largo plazo ya no es Pyongyang sino China.

El Pentágono quiere conservar mayor “flexibilidad estratégica” para utilizar fuerzas desplegadas en Corea del Sur frente a eventuales crisis regionales. El secretario de Defensa Pete Hegseth reconoció en 2025 que la misión central de la alianza continúa siendo Corea del Norte, pero también señaló que la posibilidad de emplear fuerzas estadounidenses en otras contingencias regionales forma parte de la discusión.

El ejemplo evidente es Taiwán.

Si China intentara conquistar militarmente la isla y Estados Unidos decidiera intervenir, las bases estadounidenses en Corea del Sur quedarían situadas en una posición estratégica extraordinaria.

Washington podría querer utilizar desde allí aviación, inteligencia, logística, sistemas defensivos o tropas.

Para Corea del Sur, la decisión sería muchísimo más compleja.

China es una amenaza estratégica potencial, pero también uno de sus principales socios comerciales. Seúl quiere el paraguas estadounidense frente a Corea del Norte sin quedar automáticamente involucrado en cada conflicto entre Washington y Beijing.

Esa diferencia explica por qué el debate sobre los 28.500 soldados ya no se limita a cuántos deben permanecer, sino también a para qué pueden utilizarse.

Irán convirtió esa discusión teórica en un problema concreto

La guerra con Irán demostró que la disputa no es solamente hipotética.

Trump reclamó a varios aliados cooperación para proteger la navegación por el estrecho de Ormuz y sostener la presión sobre Teherán. Corea del Sur estudió colaborar de manera progresiva, pero intentó evitar una participación militar directa que pudiera afectar sus propias necesidades defensivas.

Seúl tiene razones concretas para preocuparse por Ormuz. Una nave operada por la compañía surcoreana HMM fue alcanzada en mayo y una investigación surcoreana encontró indicios de que había sido utilizado un misil antibuque de fabricación iraní, aunque no estableció definitivamente la responsabilidad de Teherán.

Aun así, el Gobierno surcoreano se resistió a trasladar automáticamente su alianza con Washington hacia una guerra en Medio Oriente.

Trump reaccionó públicamente.

Al ordenar ahora la reducción de los ejercicios militares conjuntos, mencionó precisamente la falta de colaboración surcoreana frente a Irán. Seúl respondió que continúa evaluando posibles contribuciones teniendo en cuenta tanto sus procedimientos legales como la necesidad de preservar la capacidad defensiva de la península.

La discusión deja una pregunta incómoda.

Si Corea del Sur espera que Estados Unidos esté dispuesto a participar de una eventual guerra contra Corea del Norte, ¿hasta qué punto puede negarse a acompañar a Washington cuando Estados Unidos necesita ayuda en otro lugar?

Seúl responde que una alianza no significa participación automática en todos los conflictos estadounidenses.

Trump parece tener una interpretación bastante más amplia.

Kim Jong-un apareció en el momento perfecto

A esta discusión se agregó este lunes una novedad explosiva.

Trump aseguró desde la Casa Blanca que Kim Jong-un respondió a sus intentos de contacto. No explicó qué dijo el líder norcoreano, cómo se produjo la comunicación ni si existe una nueva reunión en preparación. Pero confirmó que volvió a existir alguna forma de contacto político.

La coincidencia temporal resulta imposible de ignorar.

Un día antes Trump había pedido reducir las maniobras con Corea del Sur y nuevamente había reivindicado su relación personal con Kim.

La estrategia recuerda a su primer mandato.

En 2018, Trump sorprendió al mundo reuniéndose con Kim en Singapur. Un año después volvieron a verse en Hanói. También protagonizaron un histórico encuentro en Panmunjom, sobre la frontera intercoreana.

Trump llegó entonces a reducir determinadas maniobras militares porque consideraba que podían sabotear la negociación.

Pero el proceso terminó fracasando.

Estados Unidos quería pasos sustanciales hacia la desnuclearización. Corea del Norte reclamaba primero un levantamiento considerable de sanciones.

Nunca encontraron un punto intermedio.

Ahora Trump parece dispuesto a volver a intentarlo.

Corea del Sur también quiere hablar con Pyongyang

Lo curioso es que esta vez Seúl no se opone necesariamente al acercamiento.

Lee Jae-myung pertenece a una tradición política surcoreana mucho más favorable al diálogo intercoreano que los gobiernos conservadores anteriores. Su administración pretende disminuir tensiones y recuperar canales de comunicación con Pyongyang.

Por eso el Gobierno surcoreano respondió a la decisión de Trump diciendo que espera que la buena relación personal entre Trump y Kim pueda producir “un diálogo significativo” y abrir una nueva discusión sobre la paz y estabilidad de la península.

En este punto también existe una coincidencia.

Trump quiere hablar con Kim.

Lee también.

Pero ninguno puede ignorar una realidad completamente diferente a la de 2018.

Corea del Norte posee hoy un arsenal nuclear y misilístico considerablemente más desarrollado.

Un alto funcionario militar estadounidense advirtió recientemente que Pyongyang probó misiles balísticos intercontinentales con capacidad suficiente para transportar una carga nuclear hasta territorio norteamericano.

Además, Corea del Norte profundizó su relación militar con Rusia, obtuvo experiencia a partir de la guerra en Ucrania y sigue desarrollando nuevas capacidades.

Es decir: Trump vuelve a negociar con un Kim militarmente más poderoso que el que conoció durante su primer mandato.

Mientras Trump habla de paz, Corea del Norte sigue lanzando misiles

La contradicción pudo observarse durante los últimos días.

Corea del Norte realizó nuevos lanzamientos balísticos durante agosto y condenó los ejercicios Ulchi Freedom Shield como ensayos destinados a preparar una invasión. Pyongyang aseguró además que la cooperación entre Estados Unidos, Corea del Sur y Japón se está transformando en una “alianza nuclear” y prometió responder reforzando todavía más su capacidad de disuasión.

Washington y Seúl sostienen que las maniobras son defensivas.

Este año incluyen escenarios contra drones, interferencias GPS y ciberataques, además de incorporar lecciones provenientes de guerras recientes y de la experiencia que militares norcoreanos habrían adquirido en Ucrania.

Por eso existe preocupación dentro de sectores militares estadounidenses y surcoreanos ante una reducción demasiado rápida.

Para los defensores de los ejercicios, una alianza militar necesita entrenar regularmente precisamente para poder funcionar cuando aparece una emergencia.

Para Trump, en cambio, reducirlos puede funcionar simultáneamente como ahorro de dinero y como moneda diplomática frente a Kim.

La otra batalla: US$350.000 millones y los aranceles

Pero la relación entre Estados Unidos y Corea del Sur no se está renegociando solamente en las bases militares.

También ocurre en las fábricas y los mercados.

Los dos países alcanzaron durante 2025 un gigantesco acuerdo comercial mediante el cual Corea del Sur se comprometió a movilizar alrededor de US$350.000 millones en inversiones vinculadas con Estados Unidos, a cambio de condiciones arancelarias más favorables para sus productos.

El paquete se divide aproximadamente en US$200.000 millones destinados a industrias estratégicas y otros US$150.000 millones relacionados con construcción naval.

A cambio, Washington dejó determinados aranceles —incluidos los que afectan a automóviles surcoreanos— en niveles más bajos de los que Trump amenazaba con aplicar.

Pero la implementación generó nuevas tensiones.

Seúl advirtió que una salida demasiado rápida de cientos de miles de millones de dólares podría afectar al won y generar inestabilidad financiera. El acuerdo terminó contemplando límites anuales para determinadas transferencias.

Trump consideró que Corea del Sur estaba demorando sus compromisos.

En enero amenazó con elevar nuevamente algunos aranceles hasta el 25%.

El Parlamento surcoreano terminó aprobando en marzo una legislación especial para ejecutar las inversiones y en junio el Gobierno creó la estructura encargada de administrarlas.

Pero la tensión continúa porque Washington sigue reclamando detalles y velocidad.

Para Trump, defensa y comercio forman parte de una misma idea: los aliados económicamente poderosos deben aportar mucho más para sostener el sistema liderado por Estados Unidos.

La gran concesión de Washington: submarinos de propulsión nuclear

Al mismo tiempo, Estados Unidos está dispuesto a darle a Corea del Sur capacidades militares que durante décadas eran casi impensables.

Trump respaldó en octubre de 2025 el proyecto surcoreano para desarrollar submarinos de propulsión nuclear.

No se trata necesariamente de submarinos con armas nucleares.

La propulsión nuclear permite permanecer sumergido durante períodos muchísimo más prolongados y desplazarse a gran velocidad sin necesidad de emerger frecuentemente para recargar baterías.

Para Corea del Sur sería una ventaja considerable frente a Corea del Norte y también aumentaría enormemente su capacidad de operar en todo el Indo-Pacífico.

Pero aparece un problema particularmente sensible: el combustible nuclear.

Seúl necesita acceso a uranio enriquecido y pretende ampliar las posibilidades de enriquecimiento y reprocesamiento que actualmente están restringidas por los acuerdos nucleares con Estados Unidos.

En junio de 2026 ambos países celebraron las primeras conversaciones formales específicas sobre una expansión de la cooperación nuclear. Las discusiones civiles contemplan enriquecimiento y reprocesamiento, mientras que cualquier utilización para submarinos necesitaría un acuerdo adicional bajo la legislación estadounidense.

Corea del Sur pretende disponer de su primer submarino nuclear hacia mediados de la década de 2030.

Es una prueba de que Washington no intenta simplemente retirarse de Asia.

Está intentando construir un aliado surcoreano muchísimo más poderoso y capaz de asumir funciones que antes realizaba Estados Unidos.

¿Y las armas nucleares propias?

Este es otro debate que sobrevuela toda la relación.

Corea del Norte posee armas nucleares.

China también.

Rusia también.

Corea del Sur no.

Su seguridad nuclear depende de la denominada disuasión extendida estadounidense: la promesa de Washington de utilizar incluso sus propias armas nucleares si fuera necesario para defender al aliado.

Durante los últimos años creció dentro de Corea del Sur la discusión sobre si esa garantía seguirá siendo suficiente en el futuro.

La pregunta es sencilla y brutal.

Si Corea del Norte pudiera alcanzar una ciudad estadounidense con un misil nuclear, ¿estaría realmente un presidente de Estados Unidos dispuesto a arriesgar Los Ángeles o Nueva York para defender Seúl?

Ese dilema ya existía antes de Trump.

Pero los cuestionamientos recurrentes del Presidente sobre los costos de las alianzas hicieron que adquiriera todavía más peso.

El Gobierno de Lee continúa oficialmente comprometido con el Tratado de No Proliferación y no anunció ninguna decisión destinada a fabricar armas nucleares propias.

Pero cuanto más independiente se vuelva militarmente Corea del Sur, más difícil será evitar que esa discusión regrese periódicamente.

Entonces, ¿Estados Unidos y Corea del Sur se están separando?

Por ahora, no.

Sería exagerado hablar de una ruptura.

Estados Unidos mantiene 28.500 soldados en el país.

Las maniobras conjuntas comenzaron este lunes pese a las críticas de Trump.

Ambos gobiernos trabajan en submarinos nucleares, cooperación tecnológica, construcción naval, inversiones estratégicas y transferencia progresiva del mando militar.

La relación económica es gigantesca.

Y ninguno de los dos gobiernos plantea abandonar formalmente la alianza.

Lo que está ocurriendo es algo probablemente más importante a largo plazo: la alianza está cambiando de naturaleza.

El viejo acuerdo consistía esencialmente en que Estados Unidos protegía a Corea del Sur frente a Corea del Norte.

El nuevo modelo que imagina Washington sería diferente.

Corea del Sur asumiría una mayor responsabilidad frente al Norte.

Gastaría más en defensa.

Poseería capacidades militares más sofisticadas.

Estados Unidos conservaría tropas y su paraguas nuclear, pero tendría mayor libertad para utilizar sus recursos frente a China y otras amenazas.

Y Seúl debería acompañar más frecuentemente a Washington fuera de la península.

Corea del Sur acepta buena parte de la primera mitad de ese proyecto.

Quiere más autonomía.

Quiere controlar sus fuerzas durante una guerra.

Quiere submarinos nucleares.

Quiere fortalecer su industria de defensa.

Pero no quiere que esa autonomía termine transformándose en una obligación de entrar automáticamente en una guerra por Taiwán, Irán o cualquier otra prioridad estadounidense.

Ahí está el conflicto central.

Trump, Kim y el riesgo de que Seúl quede mirando desde afuera

Existe finalmente otra preocupación histórica de Corea del Sur: que Washington y Pyongyang negocien directamente asuntos que afectan su seguridad sin que Seúl tenga suficiente participación.

Trump siempre tuvo una diplomacia extremadamente personal con Kim Jong-un.

Ahora volvió a elogiarlo, ordenó reducir ejercicios que Pyongyang considera provocativos y este lunes confirmó que Kim respondió a sus contactos.

Lee también quiere diálogo, por lo que inicialmente puede beneficiarse de ese acercamiento.

Pero una eventual negociación entre Trump y Kim obligará a responder preguntas extremadamente difíciles.

¿Aceptaría Estados Unidos de hecho que Corea del Norte siga poseyendo armas nucleares a cambio de congelar su arsenal?

¿Podrían reducirse tropas estadounidenses?

¿Podrían suspenderse permanentemente determinados ejercicios?

¿Podría aliviarse el régimen de sanciones?

¿Se negociaría finalmente un tratado de paz para cerrar formalmente la Guerra de Corea?

Cada una de esas decisiones modificaría directamente la seguridad surcoreana.

Por eso Seúl necesita simultáneamente dos cosas que pueden parecer contradictorias: que Trump vuelva a hablar con Kim y que no negocie demasiado sin Corea del Sur.

Una alianza que está pasando de la dependencia a la negociación

La relación entre Estados Unidos y Corea del Sur probablemente pueda resumirse de esta manera: ya no es una alianza entre un protector absoluto y un protegido dependiente.

Corea del Sur es demasiado rica, militarmente demasiado poderosa y geopolíticamente demasiado importante para continuar funcionando bajo aquella lógica.

Trump pretende acelerar esa transformación mediante presión.

Menos dependencia militar.

Más gasto surcoreano.

Más inversiones en Estados Unidos.

Mayor capacidad propia.

Y, cuando Washington lo requiera, más colaboración internacional.

Lee acepta que Corea del Sur debe hacerse más fuerte, pero pretende mantener capacidad para decidir cuándo y dónde utiliza esa fuerza.

Mientras tanto, Kim Jong-un observa la disputa desde el Norte y encuentra una oportunidad que conoce perfectamente: cualquier diferencia entre Washington y Seúl reduce la cohesión del bloque que tiene enfrente.

Por eso las próximas decisiones alrededor de Ulchi Freedom Shield serán importantes, pero no son el verdadero fondo de la historia.

La discusión decisiva es mucho mayor: para qué servirá la alianza entre Estados Unidos y Corea del Sur durante los próximos veinte años.

Si continuará concentrada casi exclusivamente en contener a Corea del Norte.

Si se transformará en una herramienta del enfrentamiento estadounidense con China.

Si Corea del Sur terminará desarrollando una autonomía militar casi completa.

Y si Trump conseguirá nuevamente sentarse con Kim Jong-un y producir esta vez aquello que no logró entre 2018 y 2019: convertir una relación personal extraordinaria entre dos líderes en un acuerdo capaz de modificar definitivamente la seguridad de la península coreana.

Setenta y tres años después del armisticio que detuvo la Guerra de Corea, esa arquitectura empieza nuevamente a moverse.

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