La coalición que llevó a Trump a la Casa Blanca empieza a romperse: pierde independientes, hispanos y voto popular a dos meses de las elecciones

Donald Trump conserva prácticamente intacto al núcleo duro MAGA, pero está perdiendo precisamente a los sectores que transformaron su victoria de 2024 en algo más amplio que el republicanismo tradicional. Su aprobación cayó hasta el 33%, los independientes retrocedieron con fuerza, los hispanos se alejaron y el deterioro es especialmente intenso entre trabajadores sin título universitario y hogares de menores ingresos. El problema principal no parece ser la inmigración ni siquiera la guerra con Irán: es el costo de vida. A dos meses de las midterms, los demócratas aparecen adelante en el voto nacional para el Congreso y la Cámara de Representantes se convirtió en el gran riesgo para Trump.
Estados Unidos02 de septiembre de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Donald Trump consiguió en 2024 algo que durante años parecía improbable: ampliar el Partido Republicano más allá de su tradicional combinación de votantes blancos, conservadores, religiosos y sectores de ingresos altos. Creció entre los hispanos, avanzó entre trabajadores sin estudios universitarios, mejoró en zonas populares, capturó independientes desencantados con Joe Biden y convirtió el enojo por la inflación y el costo de vida en una coalición electoral mucho más heterogénea que la que lo había llevado por primera vez a la Casa Blanca en 2016. Durante algunos meses incluso se habló de un realineamiento histórico de la política estadounidense y de la posibilidad de que Trump hubiera construido una nueva mayoría conservadora duradera. El análisis publicado este miércoles por Le Grand Continent plantea ahora exactamente la hipótesis contraria: aquella coalición existe todavía, pero algunos de sus componentes más importantes comienzan a retirarse.

La primera señal es la popularidad presidencial. Trump comenzó su segundo mandato en enero de 2025 con aproximadamente 47% de aprobación y 41% de desaprobación según las series de Reuters/Ipsos. Era un número modesto para un presidente que acababa de ganar una elección, pero todavía tenía saldo positivo. La ventaja desapareció rápidamente durante la implementación de la guerra arancelaria y comenzó un segundo deterioro después de febrero de 2026, cuando Estados Unidos entró en guerra con Irán. La última medición de Reuters/Ipsos lo ubicó en 33% de aprobación, su piso desde el regreso a la Casa Blanca, mientras alrededor de dos tercios de los estadounidenses desaprueban su gestión. Otros agregadores le asignan entre 35% y 41%, pero prácticamente todos coinciden en una tendencia negativa.

La comparación histórica tampoco favorece al Presidente. A una distancia similar de sus primeras elecciones de mitad de mandato, Trump tenía alrededor de 42% de aprobación en 2018. Joe Biden, pese al enorme problema inflacionario que atravesaba Estados Unidos en 2022, registraba aproximadamente 41%. Barack Obama llegaba al 45% antes de las midterms de 2010 y Bill Clinton al 43% en 1994. Ninguno de esos antecedentes permite convertir automáticamente una encuesta presidencial en una proyección parlamentaria, pero el nivel actual coloca a Trump en una posición excepcionalmente débil para un presidente cuya fuerza política domina además el Partido Republicano.

Lo verdaderamente preocupante para el oficialismo estadounidense aparece cuando los números se desarman por sectores. El electorado independiente, que fue decisivo para la victoria republicana en 2024, es el que muestra la fuga más importante. Según el análisis de Mathieu Gallard para Le Grand Continent, la aprobación presidencial entre independientes cayó del 42% al comienzo de 2025 al 23% durante el verano de 2026, una pérdida de 19 puntos. Entre los hispanos pasó del 39% al 24%, quince puntos menos. Entre quienes no tienen título universitario cayó once puntos y se ubica en 37%, mientras que entre los estadounidenses que ganan menos de US$50.000 anuales descendió catorce puntos hasta 32%. Son, precisamente, algunos de los segmentos que permitieron a Trump expandirse electoralmente más allá del voto republicano tradicional.

La caída no significa que esos ciudadanos se hayan convertido automáticamente en demócratas. Ésa es probablemente la distinción más importante para interpretar correctamente las encuestas. Un hispano que votó a Trump en 2024 y hoy desaprueba su administración puede optar por los demócratas, votar por un candidato republicano distinto, apoyar una tercera alternativa o simplemente quedarse en su casa. Pero en unas elecciones de mitad de mandato esa última posibilidad puede ser casi tan perjudicial para el Partido Republicano como una transferencia directa de votos hacia la oposición, porque la participación es menor que en una presidencial y depende mucho más de la capacidad de cada partido para mantener movilizada a su propia coalición.

Lo que Le Grand Continent discute de fondo es entonces la idea del gran “realineamiento trumpista”. Trump ganó en 2024 porque consiguió combinar el núcleo MAGA con sectores que no necesariamente se habían convertido ideológicamente al trumpismo. Muchos independientes y trabajadores podían estar castigando a Biden y a los demócratas por la inflación sin aceptar necesariamente la totalidad del programa de Trump sobre instituciones, aranceles, política exterior, inmigración o guerra cultural. Las encuestas actuales sugieren que una parte de aquellos votantes otorgó un mandato más condicionado de lo que interpretaron algunos republicanos después de la victoria.

El problema de Trump no es principalmente la inmigración: es el bolsillo

La explicación más tentadora sería adjudicar el deterioro presidencial a la guerra contra Irán. El conflicto comenzó a fines de febrero, lleva ya más de seis meses, provocó una fuerte presión sobre el mercado energético, obligó a mantener decenas de miles de militares estadounidenses desplegados en Medio Oriente y no consiguió todavía una resolución política clara. La aprobación de la actuación de Trump frente a Irán es efectivamente baja, alrededor del 25% en la serie analizada por Le Grand Continent, y Reuters informó esta semana que apenas alrededor de un tercio de los estadounidenses apoya la guerra. Incluso funcionarios de la Casa Blanca están intentando evitar una gran escalada antes de noviembre ante el temor de que el conflicto perjudique todavía más a los candidatos republicanos.

Pero los números indican que el principal problema está en otro lugar. La aprobación del manejo de la economía cayó desde 42% en enero de 2025 hasta 26% en agosto de 2026. La desaprobación pasó de 36% a 66%. En costo de vida la situación es todavía peor: apenas 21% aprueba la política presidencial y 70% la desaprueba. Entre los independientes, sólo 15% aprueba su manejo económico y 12% considera positiva su respuesta frente al costo de vida; 71% y 75%, respectivamente, la rechazan.

Es ahí donde reaparece una vieja frase de la política estadounidense: It’s the economy, stupid. Trump derrotó electoralmente a los demócratas en gran medida porque consiguió convertir la inflación de la administración Biden en una experiencia cotidiana. No necesitaba explicar el índice de precios: alcanzaba con preguntar cuánto costaba llenar el tanque, pagar el alquiler o hacer las compras. Dos años después, esa misma vara empieza a aplicársele a él. Según Ipsos, 48% de los estadounidenses señala el costo de vida como el principal factor que determinará su voto en noviembre, frente a apenas 12% que menciona la inmigración.

La paradoja es considerable porque la inmigración continúa siendo uno de los terrenos donde Trump conserva sus mejores números relativos. Su aprobación allí pasó del 46% al inicio del mandato a 38%, un retroceso de ocho puntos, pero sigue siendo significativamente superior al 21% que obtiene por costo de vida o al 26% de la economía. Algo parecido ocurre con seguridad, donde registra alrededor del 34%. Esto sugiere que la enorme agenda cultural y migratoria de la administración no está necesariamente provocando el principal deterioro republicano; el problema es que para una proporción mucho mayor del electorado la prioridad continúa siendo cuánto cuesta vivir.

El contexto económico ayuda a entender esa percepción. La inflación estadounidense volvió a mostrar resistencia y llegó al 3,7% interanual en julio, mientras el impacto energético de la guerra con Irán presionó nuevamente sobre combustibles y transporte. El índice de confianza del consumidor de la Universidad de Michigan cayó en agosto de 55,2 a 51 puntos, con un deterioro especialmente importante entre hogares de menores ingresos, personas mayores y ciudadanos sin título universitario. Son sectores que se superponen de manera notable con parte de la nueva coalición trumpista.

Trump enfrenta además una contradicción entre una de sus grandes promesas fiscales y el resultado concreto de las cuentas públicas. La deuda federal estadounidense acaba de superar los US$40 billones durante su segundo mandato, pese a que el Presidente prometió reducir el tamaño del Estado y contener el endeudamiento. Parte del incremento corresponde a tendencias que atraviesan administraciones republicanas y demócratas desde hace décadas, pero las rebajas impositivas, el costo de intereses y el gasto vinculado con la guerra están dificultando cualquier reducción significativa del déficit.

Nada de esto significa que Estados Unidos se encuentre necesariamente en una crisis económica profunda. El país continúa mostrando sectores dinámicos, una gigantesca inversión tecnológica y capacidad para crecer. El problema político es diferente: un votante no compara siempre la economía con una recesión académicamente definida, sino con lo que esperaba que ocurriera después de cambiar de presidente. Y Trump había prometido explícitamente una reducción rápida del costo de vida.

Ahí aparece la vulnerabilidad.

En 2024, muchos estadounidenses votaron contra la inflación de Biden.

En 2026 pueden votar contra la inflación de Trump.

MAGA sigue con Trump, pero MAGA ya no alcanza por sí solo

El núcleo ideológico presidencial, en cambio, permanece extraordinariamente sólido. Entre quienes se identifican directamente con el movimiento MAGA, la aprobación de Trump oscila alrededor del 97% o 98%. No existe prácticamente erosión. El problema está en que el tamaño de ese núcleo dentro del universo republicano parece haberse reducido. La proporción de republicanos que se identifica en algún grado con MAGA pasó del 62% en febrero de 2025 al 48% en julio de 2026, y aquellos que dicen identificarse “fuertemente” con el movimiento descendieron del 36% al 22%.

Esto ayuda a explicar una aparente contradicción. Trump puede continuar llenando actos, dominar las primarias republicanas, controlar buena parte de la dirigencia partidaria y mantener una adhesión casi absoluta entre sus seguidores más comprometidos mientras simultáneamente pierde popularidad nacional. No son fenómenos incompatibles. Su base puede continuar extraordinariamente fiel mientras se reduce el perímetro exterior que le permitió alcanzar una mayoría electoral.

Entre los republicanos que no se identifican claramente con MAGA, la aprobación presidencial también cayó: del 76% en febrero de 2025 al 68% durante julio de este año. Sigue siendo una mayoría muy amplia y no hay evidencia de una rebelión republicana contra Trump, pero una elección legislativa puede decidirse por niveles de participación y no únicamente por cambios directos de partido. Si un republicano moderado continúa rechazando a los demócratas pero decide no votar, el efecto electoral es real.

Las primeras mediciones de entusiasmo muestran justamente esa diferencia. La encuesta Reuters/Ipsos publicada esta semana encontró que 46% de los demócratas dice estar muy entusiasmado por votar en noviembre, frente a 31% de los republicanos. Entre independientes, 36% manifestó preferencia por candidatos demócratas para el Congreso y 22% por republicanos. Las cifras concretas varían según la pregunta y el instituto, pero prácticamente todos los estudios recientes encuentran una ventaja de movilización opositora.

El voto genérico para el Congreso se mueve en la misma dirección, aunque aquí conviene especialmente evitar certezas excesivas porque las diferencias entre encuestadoras son significativas. El promedio de Silver Bulletin actualizado este 2 de septiembre otorga a los demócratas una ventaja nacional de 6,6 puntos, que se amplía a 7,6 cuando el modelo ajusta por votantes probables. Pew Research Center había registrado en julio una diferencia de seis puntos entre votantes registrados, mientras Morning Consult encontraba cuatro. Algunas encuestas individuales llegan a ventajas demócratas de diez u once puntos y otras muestran una carrera considerablemente más cerrada. La tendencia agregada favorece hoy a la oposición, pero faltan todavía dos meses y el voto nacional no se traduce mecánicamente en escaños.

Éste es un punto crucial del sistema estadounidense. Los ciudadanos no votan simplemente “demócrata o republicano” a nivel nacional: eligen representantes en 435 distritos diferentes y senadores en estados con realidades muy distintas. El diseño de los distritos, la calidad individual de los candidatos, el dinero de campaña, los estados que renuevan bancas y la participación pueden producir un resultado diferente al que sugiere un promedio nacional.

Por eso todavía sería prematuro hablar de una “ola azul” garantizada.

La historia, sin embargo, tampoco ayuda a Trump. Desde que se consolidó el actual bipartidismo estadounidense en el siglo XIX, el partido del presidente perdió bancas en la Cámara de Representantes en 38 de las últimas 41 elecciones de mitad de mandato. El mecanismo es conocido: dos años después de una presidencial, parte de los votantes ocasionales que acompañaron al ganador deja de participar y, al mismo tiempo, quienes están descontentos suelen tener mayores incentivos para castigar al oficialismo.

Joe Biden demostró en 2022 que esa regla tiene límites. Llegó a las midterms con una aprobación cercana al 40% y muchos pronosticaban una gigantesca “ola roja”. Los republicanos terminaron ganando apenas nueve bancas netas en la Cámara. El aborto, la calidad de determinados candidatos promovidos por Trump y una movilización demócrata superior a la esperada limitaron el voto castigo. Ésa es una advertencia importante para quienes pretendan convertir los malos números actuales del Presidente en un resultado electoral anticipado.

También existen problemas propios de los demócratas. El partido continúa atravesado por fuertes tensiones entre progresistas y moderados, tiene dirigentes con niveles de popularidad dispares y deberá competir en un mapa electoral que no necesariamente convierte una ventaja nacional en una mayoría cómoda. El propio Le Grand Continent recuerda que las encuestas pueden equivocarse y que las divisiones opositoras todavía podrían permitir una victoria republicana en noviembre.

La Cámara de Representantes aparece hoy como el territorio más vulnerable. Los republicanos mantienen una mayoría extremadamente pequeña y los demócratas necesitan una ganancia neta reducida para recuperar el control. A comienzos de agosto, David Wasserman, de Cook Political Report, proyectaba aproximadamente 15 bancas adicionales para los demócratas, mientras referentes republicanos consultados por Axios admitían internamente que la posibilidad de perder la Cámara era muy elevada. El Senado es diferente: aunque existen carreras competitivas, los demócratas necesitan ganar varios estados difíciles simultáneamente y el mapa continúa ofreciendo a los republicanos una defensa considerablemente más favorable.

La consecuencia política de perder sólo la Cámara sería enorme para Trump.

Un Congreso dividido podría bloquear buena parte de su agenda legislativa durante los dos últimos años del mandato. Los demócratas recuperarían presidencias de comisiones, capacidad de investigación, poder para citar funcionarios y control sobre proyectos presupuestarios. La política estadounidense podría ingresar rápidamente en una etapa de investigaciones, parálisis legislativa y enfrentamiento permanente entre la Casa Blanca y Capitol Hill.

Por eso las midterms del 3 de noviembre no serán una elección secundaria.

Serán la primera gran evaluación electoral nacional del segundo mandato de Trump.

Y probablemente permitan responder una pregunta que quedó abierta desde noviembre de 2024: ¿Estados Unidos se había convertido realmente en un país más trumpista o simplemente había castigado a los demócratas?

Los datos recopilados por Le Grand Continent sugieren hoy más lo segundo que lo primero.

El votante MAGA continúa con Trump. Una gran mayoría de republicanos también.

Pero la elección de 2024 no se ganó solamente con ellos. Se ganó con independientes que estaban cansados de Biden, hispanos preocupados por sus ingresos, trabajadores que sentían que la inflación les había quitado poder adquisitivo y ciudadanos poco ideologizados que confiaron en que Trump podía devolverles una economía más barata.

Son esos votantes los que empiezan a alejarse.

Y existe una ironía particularmente fuerte en ese movimiento: Trump no está perdiendo principalmente porque haya abandonado su identidad política. Continúa siendo duro con la inmigración, confrontativo culturalmente, proteccionista, nacionalista y dominante dentro del Partido Republicano.

Está perdiendo en el terreno donde prometió ser más eficaz.

El bolsillo.

Si esa tendencia continúa durante septiembre y octubre, las elecciones de mitad de mandato podrían demostrar que la gigantesca coalición de 2024 fue menos un nuevo orden político estadounidense que una alianza circunstancial construida alrededor del rechazo a Biden y a la inflación.

Trump todavía tiene dos meses para demostrar lo contrario.

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