Milei reivindicó el ciclo económico iniciado bajo Pinochet y volvió a cargar contra Pedro Sánchez durante su visita a Chile

Javier Milei abrió el Foro Madrid en Santiago con un discurso de fuerte contenido ideológico en el que defendió su programa económico, elogió el giro político de Chile con José Antonio Kast, atacó nuevamente al presidente español Pedro Sánchez y presentó los años posteriores al derrocamiento de Salvador Allende como el comienzo de cuatro décadas de “estabilidad y crecimiento”. La afirmación implica una reivindicación del modelo económico iniciado durante la dictadura de Augusto Pinochet, aunque el balance histórico es bastante más complejo: Chile realizó profundas reformas de mercado, pero sufrió dos severas recesiones, desempleo cercano al 30% durante la crisis de 1982 y terminó el régimen con alrededor del 40% de la población bajo la línea de pobreza. El crecimiento más sostenido se produjo desde mediados de los ochenta y continuó, con modificaciones sociales e institucionales importantes, durante los gobiernos democráticos posteriores.
Política03 de septiembre de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Javier Milei llegó este jueves a Santiago de Chile con una agenda que combinaba política exterior, relaciones bilaterales y una fuerte dosis de batalla cultural. Pero antes de encontrarse en La Moneda con José Antonio Kast, el Presidente argentino utilizó el V Encuentro Regional del Foro Madrid para desarrollar uno de los discursos ideológicos más contundentes de su gira. Ante dirigentes y organizaciones de derecha de América Latina y Europa, volvió a presentar a la región como escenario de una confrontación entre socialismo y libertad, aseguró que la experiencia argentina está demostrando que su modelo funciona y utilizó la historia reciente chilena para defender una tesis particularmente sensible: sostuvo que después del derrocamiento de Salvador Allende comenzó un período de aproximadamente cuarenta años de estabilidad y crecimiento que convirtió a Chile en “la envidia” económica de América Latina. La formulación incluye inevitablemente los 17 años de la dictadura encabezada por Augusto Pinochet, aunque Milei evitó mencionar directamente al general durante esa parte de su exposición.

“Tras el derrocamiento del comunista Allende, Chile entró en un período de estabilidad y crecimiento que se extendió por más de 40 años y, gracias a ello, Chile fue sin lugar a dudas la envidia en términos económicos de toda la región”, afirmó Milei. La elección de las palabras es importante porque no presentó simplemente las reformas económicas chilenas como un antecedente que posteriormente fue profundizado y corregido por los gobiernos democráticos, sino que ubicó el punto de partida del éxito directamente después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. La caracterización encaja con la lectura que una parte de la derecha latinoamericana hace del denominado “milagro chileno”: apertura comercial, privatizaciones, disciplina fiscal, reforma previsional y reducción del peso estatal como fundamentos de un crecimiento que después habría sobrevivido al retorno democrático. Pero la trayectoria económica real de aquellos años fue considerablemente menos lineal que la síntesis presidencial.

Chile efectivamente fue uno de los primeros países latinoamericanos en aplicar una transformación económica de mercado de enorme profundidad. Desde 1974 se liberalizó el comercio, se privatizaron empresas, se redujo la intervención estatal, se modificó el mercado laboral y se reformó posteriormente el sistema previsional. Parte de esas instituciones sobrevivieron al retorno democrático y algunas resultaron decisivas para el crecimiento posterior. Sin embargo, el Banco Mundial describe el resultado económico de los 17 años de Pinochet como “mixto”: el crecimiento promedio de todo el período fue aproximadamente 2,9% anual y estuvo atravesado por dos recesiones extraordinariamente severas. En 1975, el producto cayó alrededor de 13%; entre 1982 y 1983 volvió a desplomarse cerca de 16%, el sistema financiero colapsó, el desempleo alcanzó aproximadamente el 30% y el Estado tuvo que intervenir y recapitalizar bancos privados con un costo estimado de entre 30% y 40% del PBI. Por eso hablar de “40 años de estabilidad” borra una crisis que estuvo entre las más graves de la historia económica chilena.

La recuperación comenzó con fuerza desde 1985 y allí sí apareció una etapa de expansión significativa, apoyada en exportaciones, correcciones cambiarias y una política económica más pragmática que la de la primera fase del experimento. Pero otra parte fundamental de la historia llegó después de Pinochet. Cuando Patricio Aylwin asumió en 1990, los gobiernos democráticos de la Concertación conservaron buena parte de la apertura económica, la disciplina macroeconómica y la orientación exportadora, mientras simultáneamente aumentaron impuestos y gasto social, reforzaron políticas de reducción de la pobreza y ampliaron determinadas funciones del Estado. Durante la década de 1990 la economía creció alrededor de 6% anual y la pobreza cayó aproximadamente del 40% al 20%. El Banco Mundial atribuyó esa reducción tanto al crecimiento como a políticas sociales activas. Es decir, el desempeño chileno que Milei presenta como una continuidad de cuatro décadas fue en realidad el resultado de etapas distintas: reformas radicales bajo una dictadura, una crisis financiera devastadora, correcciones posteriores y una consolidación democrática que mantuvo parte del modelo económico pero modificó otros componentes.

Separar ambas dimensiones es especialmente importante porque las reformas económicas no eliminan la naturaleza política del régimen que las implementó. Pinochet gobernó Chile sin elecciones democráticas durante 17 años, disolvió el Congreso, prohibió o restringió partidos políticos, persiguió a la oposición y encabezó un Estado responsable de ejecuciones, desapariciones, torturas y graves violaciones a los derechos humanos. Reconocer que determinadas reformas produjeron efectos duraderos no obliga a reivindicar la dictadura; del mismo modo, condenar la dictadura tampoco exige negar que Chile desarrolló durante aquellas décadas una transformación económica que condicionó profundamente su evolución posterior. El problema del discurso de Milei es precisamente que comprimió esa historia en una secuencia demasiado sencilla: derrocamiento de Allende, estabilidad, crecimiento y éxito regional.

De Chile a España: el nuevo ataque contra Pedro Sánchez

El otro protagonista indirecto del discurso fue Pedro Sánchez. Milei volvió a convertir al presidente del Gobierno español en uno de sus principales antagonistas internacionales y utilizó una formulación particularmente agresiva. “Si no vean lo que hace Pedrito en España”, comenzó, antes de afirmar que Sánchez “está más sucio que una papa” y recordar la disputa que ambos gobiernos mantienen desde 2024. También sostuvo que el español se había ofendido cuando él describió a su administración como un “gobierno de ladrones” y agregó que, según su interpretación, “parece que los hechos lo confirman”. Es necesario distinguir el discurso político de la constatación judicial: se trata de acusaciones y calificativos formulados por Milei; no existe una sentencia que establezca que el gobierno español sea un “gobierno de ladrones”.

La pelea con Sánchez tiene ya más de dos años y dejó de ser solamente un conflicto entre dos dirigentes. En mayo de 2024, Milei participó en Madrid de un acto organizado por Vox y realizó comentarios sobre Begoña Gómez, esposa del mandatario español, en momentos en que existía una investigación judicial relacionada con sus actividades profesionales. La reacción del gobierno español derivó primero en la convocatoria de su embajadora y después en su retiro. Desde entonces, Milei visitó España en distintas oportunidades pero evitó todo contacto institucional con Sánchez y fortaleció, en cambio, sus relaciones con dirigentes de Vox y con figuras del Partido Popular como Isabel Díaz Ayuso. El Presidente argentino utiliza además el caso español como ejemplo de una Europa que, según su discurso, estaría siendo transformada por gobiernos progresistas, inmigración, burocracia supranacional y pérdida de identidad nacional. Este jueves volvió sobre esa idea y acusó al Ejecutivo español de permitir la llegada de “hordas extranjeras” con consecuencias sobre la identidad del país, una caracterización que fue fuertemente cuestionada en España.

Santiago Abascal ocupa un lugar particularmente importante en esa red. Milei comenzó su intervención agradeciendo al dirigente de Vox por haberlo respaldado cuando otros sectores de la derecha internacional todavía desconfiaban de él. Foro Madrid es impulsado precisamente por la Fundación Disenso, vinculada al partido español, y fue creado como una plataforma internacional destinada a reunir fuerzas conservadoras y de derecha frente a organizaciones de izquierda latinoamericanas. La presencia simultánea de Milei y Kast refuerza una transformación que el argentino intenta presentar como un fenómeno continental: después del ascenso libertario en Argentina y de distintas victorias de fuerzas conservadoras en la región, Milei sostiene que América Latina comenzó a desplazarse políticamente hacia posiciones más cercanas a las que él viene defendiendo desde antes de llegar a la Casa Rosada.

El Presidente relacionó ese giro con su propia gestión. “Si hace tres años la Argentina era una advertencia del abismo al que lleva el socialismo, hoy se está convirtiendo en la prueba de que, cuando se sostiene el rumbo de la prudencia económica con convicciones firmes, la libertad prolifera, la economía crece y la inseguridad cae”, afirmó. El planteo se parece al que había realizado apenas un día antes en Buenos Aires, cuando descartó modificar las políticas fiscal y monetaria para facilitar su camino hacia la reelección de 2027. En Chile volvió a decir que “el modelo está funcionando” y dejó una promesa inequívoca respecto de la orientación económica argentina: “No vamos a ceder un ápice en ninguna de nuestras políticas”.

El caso chileno apareció entonces como una pieza funcional a esa argumentación. Para Milei, Chile demuestra tanto los beneficios de las reformas de mercado como los riesgos de abandonar la batalla cultural. Su lectura es que el éxito económico construido durante décadas no impidió el estallido social de 2019 ni la posterior llegada de Gabriel Boric porque la derecha chilena habría conservado las instituciones económicas pero cedido terreno intelectual y cultural frente a la izquierda. Ahora interpreta la victoria de Kast como una especie de retorno a esa tradición política y económica. “Chile es un lugar emblemático porque con su historia reciente nos recuerda el valor de dar la batalla cultural”, sostuvo durante su exposición.

Esa reconstrucción también simplifica un proceso mucho más complejo. El estallido chileno de 2019 combinó reclamos por pensiones, desigualdad, transporte, salarios, servicios públicos y representación política, y desembocó en un proceso constituyente que posteriormente sufrió dos derrotas sucesivas en las urnas, primero con un proyecto asociado a sectores progresistas y luego con otro texto de orientación conservadora. La elección de Kast en 2025 expresó un cambio importante hacia la derecha, especialmente alrededor de seguridad, inmigración y economía, pero no supone necesariamente que toda la sociedad chilena haya adoptado la interpretación histórica que Milei expuso ante un foro ideológicamente afín. La propia presencia de Kast en Foro Madrid generó controversias dentro de Chile, incluso entre sectores de centroderecha que cuestionaron la conveniencia de que un presidente participe de una plataforma partidaria internacional tan definida.

El encuentro con Kast y una relación marcada por afinidad, pero también por intereses nacionales

Después del discurso, Milei mantuvo una reunión con Sarah Rogers, subsecretaria de Estado para Diplomacia Pública de Estados Unidos, acompañado por Karina Milei y el canciller Pablo Quirno. Más tarde llegó por primera vez como Presidente al Palacio de La Moneda, donde Kast lo recibió personalmente. Hubo primero una reunión ampliada de las delegaciones y después un encuentro privado entre ambos mandatarios. Según las reconstrucciones disponibles, hablaron de la relación económica bilateral, proyectos mineros, energía y seguridad. El encuentro duró algo más de media hora y terminó sin declaraciones conjuntas, aunque las imágenes mostraron un trato cordial entre dos dirigentes que comparten una afinidad ideológica evidente.

La visita se produjo, sin embargo, después de una semana en la que quedó demostrado que esa afinidad tiene límites. Las declaraciones del jefe de la Fuerza Aérea argentina Gustavo Valverde sobre el Estrecho de Magallanes provocaron una protesta chilena y obligaron al Ministerio de Defensa argentino a aclarar que el Gobierno reconoce plenamente la soberanía de Chile sobre el paso. Kast viajó posteriormente al extremo sur, supervisó ejercicios militares y declaró que Argentina “no tiene ni tendrá jamás soberanía ni control” sobre el Estrecho. El incidente fue dado formalmente por superado y el gobierno de Milei trabaja en la modificación de un decreto de 2021 cuestionado por Santiago, pero la secuencia mostró una regla elemental de las relaciones internacionales: las coincidencias ideológicas pueden acercar gobiernos; la soberanía y los intereses nacionales siguen estando por encima de ellas.

Ese contraste vuelve especialmente interesante el discurso de Milei. El Presidente llegó a Chile para celebrar una comunidad de ideas entre las nuevas derechas, reivindicó el rumbo económico iniciado después de Allende, atacó a uno de sus principales adversarios europeos y presentó a su gobierno como parte de una transformación continental. Horas después se sentó con Kast para discutir cuestiones mucho menos ideológicas y bastante más concretas: energía, minería, comercio, seguridad y una relación bilateral que también debe administrar diferencias históricas.

La declaración sobre Pinochet será, probablemente, la parte que más controversia genere. Milei no elogió explícitamente las violaciones a los derechos humanos ni reivindicó nominalmente al dictador, pero al ubicar el comienzo de cuatro décadas de “estabilidad y crecimiento” inmediatamente después del derrocamiento de Allende terminó incorporando el período militar dentro de una valoración positiva del desarrollo económico chileno. Los datos permiten sostener que algunas de las reformas iniciadas durante aquellos años fueron fundamentales para la posterior economía chilena; no permiten describir los 17 años de Pinochet como un proceso continuo de estabilidad y crecimiento. Hubo expansión, pero también dos recesiones profundas, un colapso bancario que requirió una gigantesca intervención estatal y niveles muy elevados de pobreza y desempleo. El Chile que terminó convirtiéndose en una referencia regional surgió tanto de aquellas reformas como de las correcciones realizadas durante la segunda mitad de los ochenta y de la combinación posterior entre apertura económica, estabilidad macroeconómica, democracia y políticas sociales.

Milei eligió contar una versión mucho más lineal porque encaja perfectamente con la historia política que intenta construir para Argentina: un país hundido por el socialismo, reformas difíciles, resistencia política y, finalmente, crecimiento si se mantiene el rumbo. Chile funciona así menos como un caso histórico analizado en todas sus contradicciones que como una metáfora del programa libertario.

Y esa comparación probablemente vuelva a aparecer camino a 2027, porque detrás de las referencias a Allende, Pinochet, Boric, Kast y Pedro Sánchez había un mensaje dirigido también a la política argentina: Milei cree que las reformas económicas no alcanzan si quien las realiza pierde después la batalla cultural.

Por eso fue a Santiago no solamente a reunirse con un presidente amigo.

Fue a presentar a Chile como la historia que, según él, la Argentina no debería volver a repetir a medias.

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