Europa envejece y puede perder poder: en 2060 casi uno de cada tres habitantes tendrá más de 65 años

El continente pasará de tener un 21% de mayores de 65 años en 2025 a casi 31% en 2060, mientras se reduce la población en edad de trabajar. El impacto no será solamente sobre jubilaciones y hospitales: afectará crecimiento, defensa, inmigración, elecciones y capacidad de competir con Estados Unidos, Asia y una África mucho más joven. El gran desafío europeo será sostener simultáneamente el Estado de bienestar y su regreso como potencia geopolítica.
 
Mundo09 de septiembre de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Europa está entrando silenciosamente en una transformación comparable, por sus consecuencias de largo plazo, con algunas de las grandes crisis que marcaron su historia reciente. No habrá un día concreto en el que comience ni un acontecimiento que pueda señalarse en un mapa, pero durante las próximas tres décadas el continente tendrá cada vez menos trabajadores jóvenes y cada vez más jubilados. El nuevo informe An Aging World: 2025 de la Oficina del Censo de Estados Unidos proyecta que la población europea de 65 años o más pasará del 21% en 2025 al 30,8% en 2060. Es decir, prácticamente uno de cada tres europeos estará por encima de esa edad. Le Grand Continent tomó ese dato para advertir sobre sus efectos políticos; cuando se lo cruza con las proyecciones de la Comisión Europea, el problema adquiere además una dimensión económica, militar y geopolítica mucho mayor.

La transformación no ocurre porque Europa esté sufriendo una mortalidad extraordinaria, sino precisamente por una combinación inicialmente positiva: las personas viven mucho más y tienen muchos menos hijos. La esperanza de vida en la Unión Europea alcanzó los 81,5 años en 2024, mientras la fecundidad se mantiene desde hace décadas por debajo de los aproximadamente 2,1 hijos por mujer necesarios para reemplazar generacionalmente a la población. La Comisión calcula que los actuales 450,6 millones de habitantes de la UE disminuirán hasta alrededor de 445 millones en 2050 y 398,8 millones en 2100, una reducción cercana al 12% respecto de la actualidad. Al mismo tiempo, las personas mayores vivirán durante más años y aumentará enormemente la población de más de 80 años.

Es un fenómeno mundial, pero Europa parte mucho más adelantada en la transición. Por primera vez en la historia, la proporción mundial de mayores de 65 años ya superó a la de niños de hasta cinco años. En 2060 habrá alrededor de 2.000 millones de personas mayores de 65 años, casi el doble que actualmente, y representarán cerca del 20% de la población global. Corea del Sur llegará a un extraordinario 41%; Taiwán, Japón y Hong Kong rondarán el 39%. La demografía, por lo tanto, tampoco garantiza automáticamente una futura superioridad china o asiática: China, Japón, Corea del Sur y Rusia enfrentan problemas similares o incluso más profundos que Europa.

La diferencia decisiva aparece al comparar Europa con Estados Unidos y especialmente con África. Estados Unidos también envejece, pero los mayores de 65 años representarán alrededor del 23,4% de su población en 2060, siete puntos menos que Europa. Washington continuará disponiendo además de una ventaja que durante décadas amortiguó su baja natalidad: inmigración. Naciones Unidas calcula que la llegada de extranjeros será el principal motor del crecimiento demográfico estadounidense durante las próximas décadas. África subsahariana, mientras tanto, recorrerá una trayectoria completamente diferente: su población podría aumentar un 79% hasta 2.200 millones de habitantes en 2054. Nigeria y la República Democrática del Congo podrían incluso superar algún día a Estados Unidos en población.

Es allí donde el dato demográfico deja de ser solamente social. La población no determina automáticamente el poder de un Estado, pero condiciona cuántos trabajadores produce una economía, cuántos soldados puede reclutar, cuánto mercado interno posee y cuántos impuestos pueden financiar el Estado. Una Europa con menos habitantes en edad activa tendrá que intentar mantener simultáneamente jubilaciones, salud, industria, transición energética, tecnología y un gigantesco programa de rearme frente a Rusia. Esa será probablemente una de las grandes tensiones políticas del continente durante la próxima generación.

Menos trabajadores para sostener a más jubilados: el Estado de bienestar entra bajo presión

Hoy la Unión Europea tiene menos de tres personas en edad laboral por cada persona de 65 años o más. En 2004 eran aproximadamente cuatro. Eurostat calcula que la relación de dependencia de la vejez pasó del 26,8% al 37% entre 2004 y 2024, y las proyecciones de la Comisión muestran que seguirá deteriorándose. Cuando además se considera cuántos adultos efectivamente trabajan, el problema es todavía mayor: en 2022 existían alrededor de 22 trabajadores por cada diez mayores económicamente inactivos; en 2070 serían solamente unos 14.

Esto no significa que el sistema de pensiones europeo vaya inevitablemente a quebrar. Los países pueden aumentar edades jubilatorias, subir aportes, reducir prestaciones relativas, aumentar la participación laboral femenina, conseguir que más personas mayores continúen trabajando o utilizar impuestos generales. Pero todas esas soluciones tienen costos políticos. La propia Comisión calcula que la participación laboral entre los 55 y 64 años aumentará fuertemente durante las próximas décadas, en buena medida como consecuencia de reformas previsionales que retrasan la salida del mercado de trabajo. Aun así, el número total de horas trabajadas en la UE podría disminuir alrededor de 9% entre 2022 y 2070. Desde finales de esta década, la cantidad de trabajadores dejaría de aportar al crecimiento y la productividad tendría que convertirse prácticamente en el único motor del aumento del PBI.

Esa es una de las implicancias geopolíticas menos evidentes. Europa no compite solamente con Estados Unidos y China por territorio o influencia diplomática. Compite por inteligencia artificial, semiconductores, biotecnología, defensa, energía y nuevas industrias. Si una proporción creciente del presupuesto debe financiar jubilaciones, hospitales y cuidados de larga duración, habrá relativamente menos margen para universidades, investigación, infraestructura y defensa. La Comisión ya calcula que solamente la cantidad de europeos que necesitarán asistencia de largo plazo podría pasar de 36 millones a 48 millones en 2070.

No se trata simplemente de enfrentar “jubilados contra jóvenes”. Los europeos que llegan a los 65 años viven mucho más tiempo, muchos permanecen activos y una longevidad mayor es uno de los mayores éxitos sociales del continente. La cuestión es financiera: un sistema construido cuando había muchos trabajadores por cada jubilado tendrá que funcionar con una estructura completamente diferente. Francia ofrece una muestra de esa tensión. Le Grand Continent señala que casi una cuarta parte del gasto público francés se encuentra ya asociado a las pensiones y que el 51,6% de los franceses en edad de votar tenía más de 50 años al comenzar 2025.

Y la política empieza a reflejar esa transformación. Los ciudadanos mayores no solamente representan una proporción creciente de la población: votan más que los jóvenes. Un estudio del Parlamento Europeo sobre las elecciones de 2024 encontró que la probabilidad de acudir a votar aumenta sistemáticamente con la edad. A medida que las sociedades envejezcan, los partidos tendrán cada vez mayores incentivos para proteger pensiones, patrimonio y servicios sanitarios, incluso cuando eso implique trasladar costos hacia trabajadores más jóvenes o reducir recursos destinados a educación, vivienda e inversión.

Le Grand Continent señala un fenómeno adicional en Francia: durante la última década aumentó el apoyo entre determinados grupos mayores hacia el Rassemblement National. Eso no permite concluir que el envejecimiento vaya a producir automáticamente una Europa de extrema derecha; las preferencias electorales de los mayores varían enormemente entre países. Pero sí permite anticipar algo distinto: la estructura etaria modificará quién tiene más poder electoral y, por lo tanto, qué políticas resultan políticamente posibles. Jubilaciones, seguridad, inmigración, propiedad y estabilidad pueden adquirir cada vez más peso frente a vivienda juvenil, educación o políticas climáticas de muy largo plazo.

Hay además una dimensión territorial. Los jóvenes tienden a concentrarse en grandes ciudades y regiones económicamente dinámicas mientras pequeñas localidades y áreas rurales envejecen y pierden población. Eso puede profundizar divisiones entre metrópolis cosmopolitas y territorios periféricos, alimentar sentimientos de abandono y fortalecer partidos antisistema. La crisis demográfica no necesariamente inventará esas fracturas, pero puede amplificarlas.

Rearmar Europa con menos jóvenes: la nueva contradicción entre pensiones y defensa

La dimensión militar quizás sea la más delicada. Europa decidió después de la invasión rusa de Ucrania volver a invertir en defensa a una escala que parecía imposible apenas una década atrás. En la cumbre de La Haya de 2025, los países de la OTAN se comprometieron a llevar hacia 2035 el esfuerzo total relacionado con seguridad y defensa hasta el 5% del PBI, incluyendo al menos 3,5% destinado específicamente a capacidades militares fundamentales. Los aliados europeos y Canadá ya incrementaron cerca de 20% su gasto real de defensa solamente durante 2025.

El problema es que el continente pretende realizar el mayor rearme desde la Guerra Fría exactamente cuando comienza a reducirse la población que podría fabricar esas armas, pagar los impuestos necesarios y utilizarlas.

El European Council on Foreign Relations lo define como una versión cada vez más dura del viejo dilema de “guns versus butter” —cañones contra bienestar—. Una sociedad envejecida exige más recursos para pensiones y salud al mismo tiempo que el deterioro del escenario internacional obliga a gastar más en Ejército, aviación, municiones y tecnología. Ambas demandas compiten por el mismo presupuesto.

Pero hay un problema que el dinero por sí solo tampoco resuelve: soldados. Muchos ejércitos europeos ya tienen dificultades para cumplir sus objetivos de reclutamiento. La OTAN reunió a sus responsables de personal a fines de 2025 precisamente para discutir cómo aumentar y regenerar las fuerzas activas y las reservas necesarias para una guerra de alta intensidad. Algunos países restablecieron o ampliaron mecanismos de servicio militar y el ECFR advierte que el envejecimiento puede terminar llevando a nuevas formas de conscripción incluso en tiempos de paz.

La guerra de Ucrania destruyó la idea de que la tecnología había vuelto irrelevante al número de soldados. Drones, inteligencia artificial y armas de precisión permiten hacer mucho más con menos personas, pero todavía se necesitan seres humanos para ocupar territorio, mantener sistemas, operar logística y reemplazar pérdidas. Una Europa con menos jóvenes tendrá inevitablemente un reservorio militar menor.

Eso acelerará otra tendencia: ejércitos mucho más automatizados. Drones autónomos, vehículos terrestres no tripulados, inteligencia artificial, robots logísticos y vigilancia mediante sensores no serán solamente innovaciones tecnológicas; pueden convertirse en una respuesta demográfica. El continente necesitará conseguir que cada soldado produzca muchísimo más poder militar que en generaciones anteriores.

La demografía puede incluso modificar la relación transatlántica. Estados Unidos también envejece, pero mucho más lentamente que Europa y mantiene mejores perspectivas demográficas gracias en parte a la inmigración. Si Europa dispone progresivamente de menos trabajadores y enfrenta mayores costos sociales, Washington podría volver a plantear una pregunta que ya atraviesa la OTAN: ¿qué porcentaje de la defensa europea seguirá financiando Estados Unidos cuando sus aliados tengan que elegir entre mantener jubilaciones generosas o aumentar todavía más sus presupuestos militares?

El envejecimiento se convierte así en un factor adicional de autonomía estratégica. Si la UE quiere depender menos de Washington, necesita no sólo fabricar más armas sino sostener la base fiscal y humana necesaria para utilizarlas.

La inmigración dejará de ser solamente una discusión cultural: Europa necesitará trabajadores extranjeros

La consecuencia más inmediata del envejecimiento probablemente será también la políticamente más explosiva: Europa necesita inmigración al mismo tiempo que una parte creciente de su electorado quiere reducirla.

Entre 2014 y 2024, la proporción de población de edad laboral nacida fuera de la Unión Europea pasó aproximadamente del 8% a más del 12%. Un estudio de la Comisión publicado en enero de 2026 concluye que la inmigración contribuyó significativamente al crecimiento reciente del empleo europeo y ayudó a aliviar la falta de trabajadores.

Hoy ya existen déficits persistentes de personal en salud, construcción, transporte, hotelería, ingeniería, tecnología y distintos oficios. A medida que millones de trabajadores europeos se jubilen, esa escasez aumentará. Las alternativas son pocas: elevar enormemente la productividad, conseguir que los europeos trabajen durante más años, aumentar la participación laboral de grupos actualmente subrepresentados, automatizar una enorme cantidad de tareas o importar trabajadores.

Lo más probable es que ocurra todo al mismo tiempo.

Y allí aparece una de las grandes contradicciones políticas de las próximas décadas. Muchos de los movimientos que más crecen electoralmente en Europa colocan la reducción de la inmigración entre sus principales objetivos. Pero las economías que gobernarían podrían necesitar precisamente cientos de miles de inmigrantes adicionales para sostener hospitales, residencias geriátricas, empresas y sistemas de jubilación.

Eso puede empujar a Europa hacia una política migratoria mucho más selectiva: fronteras más duras contra la inmigración irregular combinadas con competencia internacional feroz por médicos, ingenieros, técnicos, enfermeros y trabajadores especializados. En otras palabras, menos apertura indiscriminada y más inmigración laboral administrada.

Pero esa estrategia tendrá consecuencias fuera del continente. Si Europa resuelve su envejecimiento atrayendo médicos, enfermeros e ingenieros africanos, puede aliviar su propio problema mientras agrava la escasez de profesionales de los países de origen. La demografía puede convertirse así en otra fuente de tensión Norte-Sur.

Al mismo tiempo, África adquirirá mayor poder negociador. Un continente de más de 2.000 millones de personas tendrá mucho más peso como mercado, fuente de trabajadores, productor de minerales estratégicos y actor diplomático. Europa necesitará establecer relaciones mucho más equilibradas con gobiernos africanos que durante décadas consideró periféricos.

La política migratoria estará cada vez más conectada con acuerdos comerciales, inversiones, cooperación militar y acceso a materias primas. Demografía y geopolítica migratoria terminarán siendo prácticamente la misma discusión.

La ampliación de la Unión Europea también puede empezar a mirarse desde esa perspectiva. Incorporar Ucrania, Moldavia o los Balcanes occidentales significa ampliar territorio, mercado y población de la Unión. Sin embargo, tampoco es una solución automática: varios de esos países tienen tasas de natalidad incluso inferiores a las de Europa occidental y algunos ya sufren una fuerte emigración juvenil. Ampliar la UE puede retrasar parcialmente la pérdida de masa demográfica, pero no elimina el problema.

El centro demográfico del mundo se desplaza hacia el Sur

La consecuencia geopolítica más profunda aparece cuando se observa el mapa mundial hacia 2050 y 2060.

Durante los siglos XIX y XX, las grandes potencias europeas combinaban industrialización, riqueza, tecnología y una porción considerable de la población mundial. Esa última dimensión está desapareciendo progresivamente. Europa seguirá siendo rica, educada y tecnológicamente avanzada, pero representará una fracción cada vez menor de los habitantes del planeta.

África experimentará el proceso opuesto. Naciones Unidas calcula que su población subsahariana llegará a 2.200 millones hacia 2054, mientras numerosos países duplicarán su número de habitantes. En 2060 habrá incluso más personas mayores de 65 años viviendo en África —unos 249 millones— que en Europa —aproximadamente 214 millones—, simplemente porque la población africana será enormemente mayor.

Eso no significa que Nigeria vaya a convertirse automáticamente en una potencia superior a Alemania. La productividad, instituciones, educación, tecnología y capital continúan siendo decisivos. Un país joven sin suficiente empleo puede experimentar inestabilidad en lugar de prosperidad. Pero disponer de cientos de millones de jóvenes puede generar un dividendo demográfico si se acompaña con educación e inversión. Naciones Unidas señala precisamente que el fuerte crecimiento de la población en edad laboral africana puede convertirse en una oportunidad extraordinaria de crecimiento.

Europa tendrá entonces que competir con Estados Unidos, China, India y nuevas potencias del Sur por influencia sobre una región que tendrá cada vez más población y recursos.

Paradójicamente, China también enfrentará una crisis demográfica gigantesca. Naciones Unidas proyecta que podría perder aproximadamente 204 millones de habitantes solamente entre 2024 y 2054, mientras Japón perdería unos 21 millones y Rusia alrededor de diez millones. A finales de siglo, China podría haber perdido más de la mitad de su población actual si se mantienen las tendencias previstas.

Por eso el futuro no puede resumirse simplemente como “Europa vieja contra Asia joven”. Corea del Sur será probablemente el país más envejecido del planeta en 2060. Japón seguirá entre los primeros. China envejece a una velocidad enorme y Rusia también se contrae.

La ventaja relativa puede quedar en otra parte: Estados Unidos, India y determinados países africanos y del sudeste asiático.

Estados Unidos tiene particularmente una combinación que Europa observa con atención: una natalidad también baja, pero una capacidad histórica mucho mayor para absorber inmigrantes y transformarlos en población económicamente activa. El Census Bureau calcula que en 2060 Estados Unidos será relativamente más joven que casi la mitad de los países del mundo a pesar de que también envejezca.

Eso puede terminar ampliando una de las diferencias estructurales entre ambas orillas del Atlántico. Si Estados Unidos conserva una población más dinámica, mayor productividad tecnológica, más capital y un enorme mercado interno mientras Europa reduce simultáneamente trabajadores y habitantes, el peso relativo estadounidense dentro de Occidente puede aumentar todavía más.

La respuesta europea será inevitablemente tecnológica. Si hay menos trabajadores, cada uno tendrá que producir más. Inteligencia artificial, robotización y automatización dejarán de ser solamente instrumentos para competir con Silicon Valley y China: se convertirán en condiciones para sostener el nivel de vida europeo.

La propia Comisión afirma que, hacia el final de esta década, el crecimiento del PBI dependerá cada vez más de productividad porque la contribución demográfica del trabajo pasará a ser negativa. Eso convierte a la actual brecha tecnológica europea con Estados Unidos en un problema demográfico además de económico.

Europa podría incluso descubrir una ventaja inesperada. Las sociedades envejecidas serán gigantescos laboratorios para robótica asistencial, inteligencia artificial médica, tratamientos contra enfermedades relacionadas con la edad, automatización del hogar y nuevas tecnologías sanitarias. La llamada “silver economy” puede transformarse en un enorme sector industrial. Vivir más no es únicamente un costo: también crea mercados nuevos.

Pero nada de eso elimina el núcleo político del problema.

Durante los próximos treinta años Europa deberá financiar más jubilaciones y salud mientras invierte más en defensa; necesitará inmigrantes mientras crecen partidos que prometen reducir la inmigración; deberá aumentar productividad mientras pierde trabajadores; intentará recuperar autonomía frente a Estados Unidos cuando su peso demográfico relativo disminuye; y necesitará construir nuevas relaciones con África precisamente cuando ese continente gane una importancia que Europa durante mucho tiempo subestimó.

Esa es la verdadera dimensión geopolítica del envejecimiento.

La demografía no dicta quién será poderoso en 2060, pero determina buena parte de las condiciones bajo las cuales cada potencia tendrá que competir. Europa seguirá disponiendo de algunas de las sociedades más ricas, educadas y estables del mundo. Tiene un mercado de cientos de millones de consumidores, universidades, industrias avanzadas, capacidad militar y una extraordinaria acumulación de capital.

Pero tendrá cada vez menos jóvenes para sostener todo eso.

El gran interrogante europeo será entonces si puede convertir la longevidad —uno de sus mayores éxitos históricos— en una fortaleza o si termina atrapada por sus costos. Para conseguir lo primero tendrá que hacer algo políticamente muy difícil: combinar más productividad, vidas laborales más largas, inmigración seleccionada, automatización, reformas previsionales y mayor gasto militar sin romper el contrato social que convirtió a Europa en uno de los lugares con mejores niveles de vida del planeta.

Porque el dato de que casi uno de cada tres europeos tendrá más de 65 años en 2060 no habla solamente de jubilados. Habla de fábricas, soldados, elecciones, migraciones, presupuestos y poder internacional. Y, detrás de todos ellos, de una pregunta decisiva para el resto del siglo: qué lugar puede conservar Europa en el mundo cuando la riqueza permanece en el Norte, pero cada vez una proporción mayor de la población y del futuro se concentra en el Sur.

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