
Brasil entra en la recta final con Lula primero y Flávio Bolsonaro cada vez más cerca: qué dicen las encuestas y qué se juega el 4 de octubre
Alejandro CabreraDentro de exactamente tres semanas, Brasil volverá a encontrarse frente a una elección que tiene enormes posibilidades de terminar reproduciendo la fractura política que domina al país desde hace casi una década, aunque con una modificación fundamental en los protagonistas. Jair Bolsonaro ya no está en la boleta: se encuentra preso, fue condenado por el Supremo Tribunal Federal por su participación en la trama golpista posterior a las elecciones de 2022 y continúa inelegible. Sin embargo, el bolsonarismo no desapareció con él. Su hijo Flávio Bolsonaro consiguió quedarse con una porción enorme de aquel electorado y llega a octubre convertido en el único candidato que actualmente posee posibilidades reales de impedir la reelección de Lula. Incluso después de meses fuera de cualquier posibilidad jurídica de candidatura, Jair continúa siendo mencionado espontáneamente por alrededor del 2% de los votantes, una cifra pequeña electoralmente pero simbólicamente extraordinaria: demuestra hasta qué punto su figura todavía estructura la identidad política de una parte de la derecha brasileña. La transferencia hacia Flávio, que durante buena parte del año parecía incompleta, terminó acelerándose en las últimas semanas hasta convertir una elección que algunos sondeos de comienzos de 2026 mostraban relativamente cómoda para Lula en una carrera que hoy ningún instituto serio se anima a dar por definida.
El calendario ya no deja demasiado tiempo para grandes movimientos. El primer turno será el domingo 4 de octubre y, si ningún candidato supera el 50% de los votos válidos, la segunda vuelta se realizará el 25 de octubre. Están habilitados para participar 158.765.543 electores y el Tribunal Superior Electoral confirmó finalmente doce candidaturas presidenciales. Las principales son las de Lula y Geraldo Alckmin por la coalición encabezada por el PT; Flávio Bolsonaro y Alfredo Gaspar por el PL; Augusto Cury y Júlio Delgado por Avante; Ronaldo Caiado y Gilberto Kassab por el PSD; Renan Santos y Aroldo Medina por Missão; y Romeu Zema junto a Eduardo Girão por Novo. Completan la boleta candidaturas menores de izquierda y pequeños partidos. Pablo Marçal intentó volver a irrumpir en la competencia, pero el TSE rechazó definitivamente su candidatura el 11 de septiembre por problemas con su afiliación partidaria y porque continúa inelegible hasta 2032. El escenario que durante 2025 parecía ofrecer una derecha fragmentada entre Tarcísio de Freitas, Michelle Bolsonaro, Caiado, Zema y distintos herederos del bolsonarismo terminó simplificándose: Tarcísio compite por la reelección en São Paulo y Flávio logró ocupar el lugar de principal candidato nacional de ese espacio.
Lo primero que muestran los sondeos es que Lula continúa siendo el favorito para terminar primero el 4 de octubre, pero ya no es un favorito claro para ganar la elección completa. El último Datafolha, realizado entre el 8 y el 10 de septiembre con 2.002 electores, ubica al presidente en 39% y a Flávio Bolsonaro en 35%, seguidos muy lejos por Augusto Cury con 6%, Ronaldo Caiado con 4%, Renan Santos con 3% y Romeu Zema con 2%. La fotografía de BTG/Nexus es prácticamente idéntica: Lula 39%, Flávio 35% y Cury 9%, mientras ninguno de los demás supera el 4%. AtlasIntel/Bloomberg registra una ventaja algo mayor pero confirma la misma estructura: Lula 43%, Flávio 37,4%, Cury 6,6%, Renan 6,5%, Zema 2,1% y Caiado 1,1%. Meio/Ideia estrecha todavía más la diferencia y coloca a Lula en 38,4% y a Flávio en 37,3%, mientras Palver directamente los muestra virtualmente empatados, con escenarios de 40%-40% o 40%-39% dependiendo de la composición de la boleta utilizada en la pregunta. Quaest es el instituto que actualmente marca una ventaja algo más confortable para el presidente, con 36% frente a 29%, pero tampoco encuentra ningún tercer candidato cerca de disputar la clasificación al balotaje.
La lectura correcta de esas cifras no consiste en realizar un promedio matemático simple, porque los institutos utilizan técnicas distintas —entrevistas presenciales, telefónicas o reclutamiento digital— y cada metodología captura de manera ligeramente diferente a determinados segmentos del electorado. Lo significativo es la coincidencia general. Todos colocan a Lula y Flávio muy por encima del resto; casi todos ubican al presidente primero en el primer turno y absolutamente ninguno muestra hoy una segunda vuelta cómoda para cualquiera de los dos. Además, el margen que separa a ambos se redujo durante agosto y comienzos de septiembre. En el caso de BTG/Nexus, Flávio pasó de 33% a 35% mientras Lula permaneció en 39%, y el 81% de quienes ya eligieron algún candidato asegura que su decisión está tomada. Entre los votantes de Lula esa fidelidad llega al 90% y entre los de Flávio al 84%. Eso reduce el tamaño del electorado realmente disponible para producir una transformación espectacular durante las últimas tres semanas y aumenta la importancia de dos cuestiones: quién consigue movilizar mejor a su propia base y hacia dónde terminan moviéndose los votantes de Cury, Caiado, Renan y Zema cuando llegue una segunda vuelta.
La segunda vuelta está hoy completamente abierta y el mapa explica por qué
Si se pasa del primer turno a una confrontación directa, desaparece incluso la pequeña ventaja que Lula todavía conserva. Datafolha coloca al presidente en 46% contra 44% de Flávio, una diferencia incluida dentro del margen de error de dos puntos. Quaest directamente los iguala en 41% a 41%. BTG/Nexus muestra la fotografía inversa, con Flávio 46% y Lula 45%, también técnicamente empatados. Palver registra 46% para Flávio y 44% para Lula y Meio/Ideia encuentra un empate exacto de 46% a 46%. El dato posiblemente más llamativo apareció en AtlasIntel/Bloomberg: Flávio alcanza 46,4% y Lula 46,2%, apenas dos décimas de diferencia con una margen de error de un punto. Hace menos de dos semanas el mismo Atlas colocaba a Lula 47,1% frente a 42,6%; el cierre de casi cinco puntos en pocos días explica por qué el clima político brasileño cambió tan rápido y por qué las dos campañas están actuando como si la elección estuviera efectivamente en un empate.
También importa observar qué ocurre cuando Lula es comparado con otros opositores. Atlas muestra un empate estadístico de 46% a 46,2% frente a Zema y un empate exacto de 45,7% con Caiado, mientras que BTG/Nexus llegó a colocar a Augusto Cury numéricamente por encima del presidente, aunque también dentro del margen de error. Esto no significa que alguno de ellos tenga actualmente una posibilidad comparable a la de Flávio de ingresar al balotaje; ninguno supera el 10% en las principales encuestas. Sí revela algo políticamente importante: una parte considerable del voto anti-Lula no depende estrictamente del apellido Bolsonaro. Existe un electorado de derecha, centroderecha y rechazo al oficialismo suficientemente grande como para hacer competitivos distintos candidatos en una hipótesis de segunda vuelta. La ventaja de Flávio es haber conseguido concentrar ese voto desde el primer turno y combinarlo con la extraordinaria fidelidad de la base que heredó de su padre. La debilidad es exactamente la misma: su apellido le entrega un piso elevadísimo, pero también genera uno de los techos de rechazo más altos del sistema.
La polarización queda todavía más clara cuando se pregunta a quién los brasileños jamás votarían. El último Datafolha encuentra una coincidencia casi perfecta: 46% rechaza a Lula y 46% rechaza a Flávio Bolsonaro. Atlas es incluso más duro con ambos y registra 52,5% de rechazo para Lula y 49,6% para Flávio. Los candidatos que hoy tienen muy pocas posibilidades de llegar a segunda vuelta presentan, paradójicamente, niveles mucho menores: Augusto Cury tiene 25,6% de rechazo en Atlas, Caiado 28,1% y Zema 31,6%. Es una explicación del extraño equilibrio electoral brasileño: Lula y Flávio poseen los electorados más grandes y organizados, pero también concentran casi toda la resistencia. Quien gane probablemente no lo hará solamente convenciendo a ciudadanos de que representa el mejor proyecto, sino consiguiendo que suficientes votantes consideren al otro una alternativa peor.
El mapa territorial reproduce en buena medida las divisiones que Brasil mostró en 2022, aunque existen movimientos importantes. En São Paulo, el mayor colegio electoral del país, Datafolha coloca a Flávio 47% contra 42% de Lula en una eventual segunda vuelta y 35% a 33% en el primer turno. En Rio de Janeiro, territorio original de la familia Bolsonaro, la ventaja es mayor: 49% a 41%. En el Distrito Federal, Flávio llega a 51% frente a 39%. Lula compensa con una superioridad gigantesca en el Nordeste: en Pernambuco, por ejemplo, alcanza 61% frente a 30% de su rival. Y una vez más aparece Minas Gerais como uno de los lugares donde puede decidirse el país: Lula marca 46% y Flávio 45%, una igualdad prácticamente absoluta. El presidente necesita que su extraordinaria ventaja nordestina compense las derrotas en buena parte del Sur, Centro-Oeste y los grandes centros del Sudeste; Flávio, en cambio, necesita ampliar suficientemente sus márgenes en São Paulo, Rio y los estados conservadores sin permitir que Lula vuelva a construir una diferencia descomunal en los territorios de menores ingresos.
Las diferencias sociales también son claras. Lula continúa teniendo sus mejores resultados entre mujeres, hogares de menores ingresos, católicos, votantes negros y habitantes del Nordeste, mientras Flávio se fortalece entre sectores de ingresos más altos, evangélicos y una parte considerable del electorado masculino y del Sur. BTG/Nexus registró recientemente a Lula con 54% en el Nordeste frente a 23% de Flávio y con una ventaja importante entre las familias de menores recursos; Datafolha volvió a encontrar que el presidente encabeza la preferencia entre quienes reciben hasta dos salarios mínimos, mientras su adversario pasa al frente a medida que aumenta el nivel de ingresos. Es un fenómeno que convierte a la elección también en una confrontación entre dos experiencias sociales diferentes: el oficialismo intenta reconstruir la coalición popular que llevó a Lula nuevamente al poder en 2022, mientras la derecha busca consolidar a las clases medias, empresarios, evangélicos y electores preocupados por seguridad, impuestos, corrupción y funcionamiento del Estado.
La gran dificultad de Lula es que llega a la elección liderando las encuestas mientras su gobierno llega con números de evaluación considerablemente peores. El último Datafolha señala que 42% considera su gestión mala o pésima, 32% buena u óptima y 25% regular, mientras la desaprobación personal del presidente se ubica en 50% frente a 47% de aprobación. En São Paulo solamente el 25% evalúa positivamente su administración y el 48% negativamente; en Rio la relación es 27%-50%, en el Distrito Federal 26%-51% y en Minas 34%-43%. Pernambuco vuelve a mostrar la otra cara, con 46% de evaluación positiva. Eso explica una de las características más extrañas de la campaña: Lula puede aparecer primero en todas las encuestas presidenciales y al mismo tiempo enfrentar una mayoría relativa que no está satisfecha con su gobierno. Su capacidad para ganar dependerá de conseguir que parte de quienes lo evalúan con reservas terminen votándolo para bloquear a Bolsonaro, exactamente el mecanismo que ayudó a construir su mayoría cuatro años atrás.
La economía ofrece al presidente argumentos y problemas simultáneamente. La inflación de agosto sorprendió favorablemente al caer 0,32% mensual y bajar al 4,22% interanual, dentro del rango de tolerancia del Banco Central, lo que abrió espacio para discutir otra reducción de la tasa Selic, actualmente en un todavía elevadísimo 14%. El PBI creció 0,5% durante el segundo trimestre y 2% respecto del mismo período del año anterior, mejor de lo esperado, pero claramente por debajo del crecimiento de 1,1% del primer trimestre; además, el consumo de los hogares cayó 0,4%. Es decir, Lula puede presentarse ante los votantes con una inflación mucho más controlada y una economía que todavía crece, pero Flávio puede señalar que el ciclo está perdiendo fuerza, el crédito continúa muy caro y la situación fiscal seguirá obligando al próximo gobierno a tomar decisiones difíciles. La propia campaña de Lula propone mantener el actual marco fiscal y combinarlo con nuevas inversiones públicas, infraestructura, concesiones y política industrial; Flávio promete un “tesouraço”, una poda profunda del aparato estatal que incluiría reducción de ministerios y cargos, un nuevo techo para el gasto, rebajas impositivas y otra etapa de privatizaciones y concesiones. La disputa económica, por lo tanto, no es solamente sobre quién administró mejor los últimos años, sino sobre dos visiones significativamente diferentes del Estado brasileño.
Banco Master, el Supremo y una elección que puede definir mucho más que la Presidencia
Hasta hace pocas semanas parecía probable que la recta final estuviera dominada por economía y seguridad. Sin embargo, el gigantesco escándalo del Banco Master terminó colonizando la campaña. La investigación sobre el colapso de la entidad, las relaciones del banquero Daniel Vorcaro con dirigentes políticos y miembros del Poder Judicial y la guerra interna que desató dentro del Supremo generaron una crisis institucional que atraviesa a los dos principales candidatos. Flávio Bolsonaro está formalmente bajo investigación por presunta corrupción y lavado de dinero vinculados con operaciones relacionadas con fondos asociados al proyecto cinematográfico “Dark Horse”, sobre la figura de su padre; él y su hermano Eduardo niegan cualquier irregularidad. Al mismo tiempo, las revelaciones sobre contactos de Vorcaro con el ministro Alexandre de Moraes permitieron al bolsonarismo recuperar una de sus banderas históricas: denunciar una supuesta politización del STF y presentar al sistema judicial como parte de una estructura que persiguió a Jair Bolsonaro. Lula intenta ubicarse afuera de ese choque y reclama transparencia total, aunque la oposición busca asociarlo con Moraes y con el establishment institucional que gobierna junto al PT.
La paradoja es que el mismo escándalo puede perjudicar a ambos polos. Flávio obtiene políticamente una oportunidad extraordinaria cuando los cuestionamientos alcanzan a Moraes, una figura detestada por el electorado bolsonarista, pero queda expuesto cuando aparecen sus propias relaciones con Vorcaro. Lula puede intentar explotar las sospechas económicas sobre el candidato del PL, pero también debe soportar el desgaste institucional de un Supremo con el que buena parte de la opinión pública identifica a su gobierno, además de las investigaciones y polémicas relacionadas con su propio entorno familiar. Datafolha ofrece una pista interesante: pese a la enorme repercusión periodística, entre 85% y 86% de los consultados dice que las acusaciones contra Moraes o André Mendonça no modificaron su voto. Eso no significa que el episodio sea irrelevante. En una competencia definida por dos o tres puntos, alcanza con alterar una fracción muy pequeña de votantes moderados para modificar el resultado, y todavía pueden aparecer nuevas revelaciones antes de octubre.
Seguridad pública constituye el otro gran campo donde Flávio intenta recuperar el lenguaje que llevó a su padre al poder en 2018. El crimen organizado, el avance de las facciones, la violencia urbana y la relación entre fuerzas federales y estaduales aparecen constantemente en campaña. Lula propone crear un Ministerio de Seguridad Pública después de la reforma constitucional del área, fortalecer la coordinación nacional, inteligencia y persecución financiera de las organizaciones criminales, junto con políticas de control de armas y prevención. La derecha cuestiona que el PT tenga credibilidad suficiente para imponer autoridad y plantea una estrategia más represiva, fortalecimiento policial y endurecimiento del sistema penal. Al mismo tiempo, el gobierno enfrenta el problema de que la seguridad en Brasil es en gran medida competencia de los estados, lo que convierte el tema en una discusión institucional además de ideológica. La elección de los gobernadores será, por esa razón, mucho más importante de lo que suele verse desde afuera del país.
También hay una elección internacional en juego. Lula promete preservar la política exterior que reconstruyó durante su tercer mandato: BRICS, fortalecimiento del Mercosur, relación estratégica con China, autonomía frente a Washington y mayor peso del Sur Global. Flávio Bolsonaro representa un giro muy profundo: plantea estrechar la alianza con Estados Unidos e Israel, reactivar el proceso de ingreso a la OCDE y ha defendido incluso la salida brasileña del BRICS. El contraste adquiere una importancia especial con Donald Trump nuevamente en la Casa Blanca y con Javier Milei en Argentina. Un triunfo de Flávio podría construir un eje político Washington-Buenos Aires-Brasilia mucho más alineado ideológicamente, mientras una victoria de Lula mantendría a Brasil como principal contrapeso regional a la estrategia hemisférica de Trump y reforzaría su relación con China. Brasil no está votando solamente impuestos o seguridad: también decidirá dónde pretende colocarse en la reorganización geopolítica que atraviesa al mundo.
Pero incluso concentrarse únicamente en Lula y Flávio puede hacer perder una parte decisiva de lo que ocurrirá el 4 de octubre. Los brasileños elegirán además 27 gobernadores, los 513 diputados federales y 54 de los 81 senadores, porque este año se renuevan dos tercios de la Cámara Alta. Cada elector podrá votar a dos candidatos al Senado y los dos más votados de cada estado ingresarán directamente, sin segunda vuelta. Esa renovación puede alterar durante ocho años el equilibrio institucional brasileño. El Senado confirma ministros del Supremo, aprueba autoridades y posee constitucionalmente la potestad de procesar políticamente a integrantes de la Corte. Después de años de guerra entre el bolsonarismo y el STF, la elección senatorial se convirtió casi en una segunda elección nacional paralela. El PL actualmente tiene 15 senadores y, según un relevamiento de Folha basado en encuestas estaduales, aparece competitivo por hasta 24 de las 54 bancas en disputa, lo que en un escenario extraordinariamente favorable podría llevarlo cerca de 34 miembros. No sería suficiente para alcanzar por sí solo la mayoría absoluta de 41, pero junto con aliados de derecha modificaría radicalmente el equilibrio de fuerzas.
Por eso una eventual victoria de Lula con un Congreso desplazado hacia la derecha produciría un cuarto mandato muy diferente a sus gobiernos anteriores. El presidente podría conservar el Planalto y, simultáneamente, enfrentar un Senado mucho más hostil, una Cámara fragmentada, mayores dificultades fiscales y una derecha con capacidad institucional suficiente para condicionar nombramientos, presupuesto y reformas. Lo contrario también es cierto: Flávio podría ganar la Presidencia pero necesitar construir una mayoría legislativa suficientemente amplia para ejecutar el recorte estatal y la transformación institucional que promete. Brasil posee un presidencialismo de coalición donde ningún mandatario gobierna solamente con su partido, y la fuerza del denominado Centrão seguirá siendo decisiva cualquiera sea el resultado. El hecho de que Gilberto Kassab acompañe a Ronaldo Caiado como candidato a vicepresidente también muestra que el centro tradicional continúa buscando preservar capacidad de negociación aunque su fórmula presidencial aparezca lejos de la segunda vuelta.
La pregunta que queda es si algún tercero todavía puede romper la polarización. Augusto Cury es quien mostró el crecimiento más interesante y aparece entre 6% y 9% en varios relevamientos, llegando a dos dígitos en algunos sondeos anteriores. Su bajo rechazo le permite imaginar un recorrido de crecimiento y su discurso menos agresivo intenta capturar a votantes agotados de Lula y del bolsonarismo. Renan Santos busca una derecha más joven y liberal; Caiado apuesta a seguridad, experiencia ejecutiva y el electorado conservador; Zema intenta representar una derecha económica más ortodoxa y menos dependiente de la familia Bolsonaro. Sin embargo, a tres semanas de las urnas existe una diferencia demasiado grande entre cualquiera de ellos y los dos punteros. Para que alguno llegara al balotaje tendría que producirse simultáneamente una caída abrupta de Lula o Flávio y una concentración extraordinaria de voto útil sobre un único tercer candidato, algo que hoy ninguna encuesta permite considerar probable. El papel más realista de esos nombres será decidir el resultado de la segunda vuelta mediante sus apoyos y, sobre todo, mediante la conducta de sus electores.
La elección, por lo tanto, parece encaminada hacia una situación paradójica. Lula es hoy el candidato con más posibilidades de terminar primero el 4 de octubre, pero Flávio Bolsonaro tiene prácticamente las mismas posibilidades de ser presidente el 25. El mandatario conserva un piso gigantesco en el Nordeste, entre los sectores de menores ingresos y en una parte del voto femenino, pero carga con una evaluación gubernamental negativa, alta tasa de rechazo y una economía que está perdiendo velocidad. Flávio logró heredar casi completamente al electorado de su padre, creció en las últimas semanas y obtiene ventajas importantes en São Paulo, Rio y buena parte del electorado conservador, pero llega a la recta final investigado dentro del escándalo financiero más explosivo de la campaña y con un rechazo casi idéntico al de Lula. Entre ambos existe un país dividido que parece dispuesto a repetir una elección de márgenes mínimos.
En 2022, Lula derrotó a Jair Bolsonaro por apenas 1,8 puntos porcentuales, la elección presidencial más ajustada desde el retorno de la democracia brasileña. Cuatro años después, Brasil corre el riesgo de producir una segunda vuelta incluso más estrecha, esta vez entre el presidente de 80 años que busca otro mandato y el hijo del hombre al que venció, convertido en heredero político de un movimiento que sobrevivió a la derrota, la inhabilitación y la prisión de su fundador. Los sondeos de septiembre no permiten decir quién será el próximo presidente. Sí permiten afirmar algo con bastante seguridad: el bolsonarismo volvió a llegar competitivo hasta el final, Lula ya no tiene margen para confiar solamente en su ventaja inicial y, salvo un terremoto político durante las próximas tres semanas, Brasil volverá a decidir su futuro en una segunda vuelta prácticamente voto por voto


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