Los BRICS buscan reducir la dependencia del dólar, pero las guerras de Irán y Ucrania exponen los límites del nuevo bloque global

Nueva Delhi recibe este fin de semana a un grupo que ya reúne a casi la mitad de la población mundial y pretende construir mecanismos financieros menos dependientes de Occidente. Sin embargo, detrás de la foto aparecen intereses profundamente diferentes: Irán está en guerra con Estados Unidos e Israel, Emiratos rompió vínculos financieros con Teherán, India mantiene su acercamiento a Washington y China y Rusia quieren acelerar un orden internacional más multipolar.
Mundo11 de septiembre de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Durante años, cada cumbre de los BRICS estuvo acompañada por alguna versión del mismo anuncio: el dólar estaría a punto de perder su lugar central en el sistema financiero mundial. Esta vez, sin embargo, la discusión llega en un contexto bastante más serio. Rusia lleva más de cuatro años de guerra en Ucrania y aprendió a operar bajo sanciones occidentales; Irán, incorporado al bloque en 2024, está directamente enfrentado militarmente con Estados Unidos e Israel; el petróleo volvió a superar los US$100 por la crisis en el estrecho de Ormuz; y Donald Trump profundizó el uso de aranceles y restricciones financieras como herramientas de política exterior. En ese escenario, los líderes de los BRICS se reunirán el 12 y 13 de septiembre en Nueva Delhi con una pregunta que dejó de ser puramente teórica: cómo comerciar entre ellos si alguno de sus miembros queda parcial o completamente afuera de las redes dominadas por el dólar.

La respuesta que prepara India es bastante menos espectacular que una nueva moneda mundial, pero posiblemente mucho más viable. Nueva Delhi quiere avanzar en la interconexión de las monedas digitales emitidas por los bancos centrales de los miembros, facilitar pagos directos entre sistemas nacionales y aumentar el comercio denominado en rupias, yuanes, rublos, reales, dirhams y otras monedas locales. La vieja idea de crear una “moneda BRICS” quedó prácticamente archivada. Lo que está sobre la mesa es construir una infraestructura que permita que una empresa india compre petróleo ruso o una compañía brasileña pague insumos chinos sin que cada operación deba transformarse primero en dólares y atravesar necesariamente bancos occidentales.

Esa diferencia es central porque permite separar dos discusiones que muchas veces se mezclan. Una cosa es reducir el uso del dólar en determinadas transacciones entre países BRICS y otra completamente distinta reemplazarlo como principal moneda de reserva mundial. Lo primero ya está ocurriendo. Rusia afirma que cerca del 90% de sus operaciones con integrantes del bloque se realizan en monedas nacionales, empujada además por las sanciones que limitaron su acceso a sistemas financieros occidentales. India mantiene mecanismos de liquidación en rupias, China lleva años internacionalizando progresivamente el yuan y Brasil impulsó durante su presidencia del bloque una mayor utilización de monedas nacionales. Lo segundo —desplazar globalmente al dólar— permanece todavía muy lejos. Hasta el propio Kremlin intenta moderar ahora el lenguaje: Dmitri Peskov aseguró esta semana que Rusia no busca una “desdolarización” formal y que está abierta a cualquier mecanismo de pago que funcione.

El cambio de vocabulario no es casual. India, anfitriona de la cumbre, no quiere convertir a los BRICS en una alianza abiertamente antiestadounidense. Narendra Modi mantiene una relación estratégica con Rusia, compra petróleo ruso y reivindica la autonomía de Nueva Delhi, pero simultáneamente desarrolla cooperación militar y tecnológica con Washington, participa del Quad junto con Estados Unidos, Japón y Australia y acaba de negociar una reducción de los aranceles norteamericanos que afectaban a sus exportaciones. Para India, los BRICS sirven para aumentar su margen de negociación frente a Occidente, no necesariamente para reemplazar a Occidente por un bloque dirigido desde Beijing.

Esa ambigüedad ayuda a entender qué son realmente los BRICS en 2026. Nacieron alrededor de Brasil, Rusia, India, China y posteriormente Sudáfrica, pero después de sucesivas ampliaciones incorporaron a Egipto, Etiopía, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Indonesia y Arabia Saudita. Los once países concentran cerca de la mitad de la población mundial y alrededor del 40% del PBI global medido por paridad de poder adquisitivo. Es una masa económica y demográfica demasiado grande para tratarla como una simple organización simbólica. Pero justamente la ampliación que les dio mayor peso también hizo mucho más difícil encontrar posiciones comunes.

El problema del dólar no se resuelve inventando otra moneda

El dólar mantiene una ventaja que no depende solamente del poder político estadounidense. Estados Unidos posee los mercados financieros más profundos y líquidos del planeta, una enorme disponibilidad de bonos del Tesoro considerados activos seguros, mercados de capitales abiertos y una moneda que puede comprarse y venderse prácticamente en cualquier lugar y en cualquier momento. Una empresa brasileña puede aceptar yuanes, pero después tiene que decidir qué hacer con ellos. Una compañía india puede cobrar rublos, pero necesita poder convertirlos, invertirlos o utilizarlos para comprar bienes rusos. Cuanto más desequilibrado sea el comercio bilateral, más evidente se vuelve ese problema.

Rusia lo descubrió en su relación con India. Después de las sanciones occidentales, Moscú comenzó a vender cantidades enormes de petróleo a Nueva Delhi y a aceptar más pagos en rupias. El inconveniente fue que Rusia terminó acumulando moneda india porque compraba mucho menos de India de lo que India compraba de Rusia. Es exactamente el tipo de desequilibrio que demuestra por qué una moneda internacional necesita algo más que voluntad política: necesita mercados suficientemente grandes donde esos excedentes puedan reinvertirse. El Kremlin afirma que el problema se está resolviendo progresivamente, pero la experiencia mostró los límites de reemplazar al dólar mediante acuerdos bilaterales aislados.

China podría ofrecer una respuesta porque posee, por enorme distancia, la mayor economía del bloque después de considerar el tamaño individual de sus miembros y su comercio exterior es gigantesco. El yuan ya representa una proporción creciente de las transacciones comerciales chinas. Pero allí aparece otra dificultad política: India no quiere que desdolarizar signifique simplemente pasar de depender de Washington a depender de Beijing. Ambos países mantienen disputas fronterizas, desconfianza estratégica y competencia por el liderazgo asiático. India incluso frenó anteriormente iniciativas destinadas a conectar directamente determinados sistemas de pagos chinos alegando preocupaciones de seguridad nacional.

Por eso la propuesta india intenta evitar una moneda central dominante. La idea es construir interoperabilidad: que distintos sistemas puedan comunicarse sin que necesariamente exista una unidad monetaria común. India aporta su gigantesca experiencia con UPI; China posee infraestructura digital propia; Brasil cuenta con Pix; Rusia construyó mecanismos alternativos después de las sanciones. Una red capaz de conectar esas plataformas podría abaratar las operaciones y disminuir la necesidad de bancos corresponsales estadounidenses sin obligar a todos los participantes a utilizar el yuan.

El Nuevo Banco de Desarrollo, actualmente presidido por Dilma Rousseff, forma parte de la misma estrategia. La institución fue creada en 2015 como una alternativa parcial al Banco Mundial y pretende aumentar progresivamente los préstamos realizados en monedas de los propios integrantes. El objetivo es que aproximadamente un tercio de su financiación pueda denominarse en monedas locales y prepara, entre otras iniciativas, emisiones de bonos en rupias. No va a sustituir al FMI ni al Banco Mundial en el corto plazo, pero representa la construcción gradual de una arquitectura financiera que no dependa exclusivamente de instituciones creadas bajo liderazgo occidental después de la Segunda Guerra Mundial.

Los ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales del bloque reclamaron además esta semana una reforma de las instituciones multilaterales existentes. Su argumento es sencillo: economías emergentes que hoy representan una proporción muchísimo mayor de la economía mundial siguen teniendo una capacidad de decisión en el FMI y el Banco Mundial que consideran inferior a su peso actual. La estrategia BRICS funciona entonces en dos niveles: presionar para modificar el orden existente y, al mismo tiempo, construir instituciones alternativas por si esa reforma nunca llega.

Es importante no exagerar los resultados. Los integrantes llevan años hablando de una infraestructura de pagos propia y gran parte del proyecto todavía permanece en fases experimentales. Ninguna de las grandes monedas digitales de los bancos centrales del grupo funciona aún plenamente como instrumento internacional generalizado. Crear interoperabilidad entre once sistemas financieros implica resolver regulación, ciberseguridad, controles de capital, tipos de cambio, liquidez y mecanismos para compensar desequilibrios comerciales. El salto entre una declaración de cumbre y millones de transacciones cotidianas continúa siendo enorme.

Por eso la posibilidad de que el dólar desaparezca del centro del sistema global en el corto plazo es muy reducida. Lo que sí está ocurriendo es algo más gradual y probablemente más importante: el dólar puede seguir siendo dominante mientras deja de ser indispensable para todas las operaciones. Rusia e Irán tienen razones evidentes para acelerar ese proceso porque las sanciones estadounidenses demostraron que controlar la moneda y parte de la infraestructura financiera global proporciona a Washington un instrumento geopolítico extraordinario. China comparte el interés estratégico de reducir esa vulnerabilidad. India, Brasil y los países del Golfo pueden beneficiarse de disponer de más opciones sin necesariamente querer destruir el sistema actual.

La tendencia, por lo tanto, probablemente no produzca un mundo “sin dólar”, sino uno con más yuanes, rupias, monedas locales y mecanismos regionales coexistiendo con un dólar todavía predominante. La transformación puede resultar menos espectacular que la creación de una moneda BRICS, pero sería mucho más profunda si consigue consolidarse durante una década.

Irán y Ucrania muestran la contradicción de un bloque que quiere cambiar el mundo sin ponerse de acuerdo sobre cuál

La cumbre de Nueva Delhi tiene un problema incluso más urgente que las monedas. Uno de sus integrantes está directamente involucrado en una guerra contra Estados Unidos e Israel. Irán llegará representado por Masoud Pezeshkian después de meses de ataques, sanciones, destrucción de infraestructura y enfrentamientos en torno al estrecho de Ormuz. El conflicto elevó nuevamente el petróleo por encima de los US$100 y perturbó las rutas energéticas que atraviesan el Golfo.

Pero del otro lado de la mesa estará Emiratos Árabes Unidos, también integrante de los BRICS y uno de los países que sufrió ataques iraníes durante la escalada. Abu Dhabi rompió relaciones financieras con Teherán y llega a la reunión representado por el príncipe heredero Khaled bin Mohamed. Es difícil imaginar una contradicción más clara: un organismo que pretende proyectarse como polo geopolítico común contiene simultáneamente a un país en guerra y a uno de los vecinos que considera amenazados por ese mismo país.

Algo parecido ocurre con Ucrania, aunque de forma menos directa. Rusia utiliza a los BRICS para demostrar que las sanciones occidentales no consiguieron aislarla. Vladimir Putin viajó a Nueva Delhi, se reunió con Narendra Modi y reclama que el grupo se convierta en una alianza económica cada vez más práctica en infraestructura, inversión, tecnología y pagos. El comercio bilateral ruso-indio se acerca a los US$70.000 millones y ambos dirigentes pretenden llevarlo a US$100.000 millones hacia 2030. India continúa comprando petróleo ruso pese a la presión estadounidense porque considera que hacerlo es indispensable para su seguridad energética.

Pero India tampoco reconoce automáticamente todas las posiciones de Moscú sobre la guerra. Modi cultivó durante años una política de equilibrio y ha insistido públicamente en que el conflicto debe resolverse mediante negociación. Brasil adoptó también posiciones que no coinciden completamente con las rusas y varios miembros mantienen excelentes relaciones con Europa y Estados Unidos. Los BRICS pueden cuestionar sanciones unilaterales occidentales sin convertirse necesariamente en una alianza militar que respalde cada operación del Kremlin.

Esa diferencia marca la principal distancia respecto de la OTAN. La alianza atlántica posee un tratado, obligaciones de defensa mutua, estructuras militares comunes y un enemigo estratégico claramente definido en diferentes momentos de su historia. Los BRICS no son una OTAN antioccidental. Ni siquiera son una Unión Europea emergente. No tienen política exterior unificada, moneda común, mercado común ni mecanismo de defensa colectiva. Son una plataforma en la que países muy diferentes intentan aumentar su capacidad de negociación frente a un sistema internacional que consideran demasiado concentrado alrededor de Washington y Europa.

China y Rusia preferirían que esa plataforma evolucionara más claramente hacia un contrapeso occidental. India intenta impedir que se convierta en un instrumento chino. Brasil la utiliza para reclamar reformas multilaterales y mayor representación del Sur Global. Los países del Golfo quieren diversificar sus alianzas sin abandonar su relación militar y financiera con Estados Unidos. Irán pretende romper su aislamiento. Indonesia busca ampliar mercados y autonomía. Esas agendas pueden coincidir en determinadas cuestiones —reforma del FMI, más comercio en monedas locales, rechazo a determinados aranceles— y entrar en contradicción completa en otras.

La presidencia india tendrá que conseguir una declaración conjunta precisamente en medio de esas fracturas. El comunicado final deberá hablar de Oriente Medio de una manera aceptable simultáneamente para Irán y Emiratos, referirse a Ucrania sin transformar a Rusia en acusado dentro de su propia cumbre y criticar determinadas herramientas económicas occidentales sin empujar a India y los países árabes hacia un enfrentamiento con Washington que no desean.

Eso explica por qué el lenguaje financiero puede terminar siendo el verdadero terreno de consenso. Es mucho más fácil acordar que los pagos internacionales deberían ser baratos y diversificados que ponerse de acuerdo sobre quién tiene razón en Ucrania, Irán o el Golfo.

Y allí aparece quizás la verdadera transformación de los BRICS. Su importancia no depende de convertirse mañana en un bloque cohesionado capaz de reemplazar al G7. Puede ser suficiente con funcionar como una estructura donde los países del Sur Global adquieren alternativas. Un Estado puede comerciar con China, financiar infraestructura a través del Nuevo Banco de Desarrollo, liquidar parte de sus operaciones en monedas locales y al mismo tiempo conservar relaciones con Estados Unidos, Europa, el FMI y el Banco Mundial.

La competencia geopolítica del siglo XXI puede terminar funcionando justamente así: menos como dos bloques herméticos al estilo de la Guerra Fría y más como una red de países que participan simultáneamente de varios sistemas y utilizan uno para negociar mejores condiciones con el otro.

Eso es especialmente evidente en India. Nueva Delhi compra armas y petróleo ruso, participa de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghái, pero simultáneamente integra el Quad con Estados Unidos y fortalece su cooperación militar con Washington para contener a China. Si existe un país que simboliza el mundo multipolar que los BRICS dicen querer construir, probablemente sea precisamente el anfitrión de esta cumbre.

La amenaza real para el dólar tampoco es una nueva moneda con un nombre exótico. Es que cada vez más países descubran que pueden realizar una proporción creciente de su comercio sin necesitarlo. El dólar podría continuar siendo la principal reserva mundial y perder al mismo tiempo pequeñas porciones de las funciones que monopolizó durante décadas. Si esas pequeñas pérdidas se acumulan durante veinte años, el cambio puede resultar considerable.

Pero para llegar hasta allí los BRICS necesitan demostrar algo que todavía no consiguieron plenamente: transformar peso demográfico y declaraciones políticas en instituciones que realmente funcionen.

El bloque ya reúne a algunas de las mayores potencias económicas, energéticas y demográficas del planeta. Tiene petróleo, fábricas, minerales, enormes mercados internos y dos gigantes como India y China. Lo que todavía no tiene es la confianza política, la integración financiera ni la cohesión estratégica que permiten convertir todos esos recursos en poder colectivo.

Ese será el verdadero examen de Nueva Delhi.

Porque el mayor obstáculo para que los BRICS construyan una alternativa al orden dominado por Estados Unidos no es necesariamente Washington. Son las profundas diferencias entre los propios países que pretenden construirla. Y las guerras de Irán y Ucrania están mostrando esa contradicción con una claridad que ninguna foto de familia podrá ocultar.

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