
Hamás acepta liberar a todos los rehenes pero exige negociar el plan de paz de Trump para Gaza
Alejandra Larrea
El anuncio de Hamás de aceptar la liberación de todos los rehenes en Gaza sacudió el tablero diplomático. Por primera vez desde el inicio de la escalada bélica, el grupo islamista planteó su disposición a soltar a los cautivos, aunque condicionó el proceso a la apertura de negociaciones sobre los detalles del plan de paz propuesto por el presidente Donald Trump Jr. La declaración fue interpretada como un gesto calculado: por un lado busca aliviar la presión internacional, y por otro aspira a reposicionarse como actor político en la mesa de negociaciones.
La Casa Blanca celebró la señal como un avance, pero aclaró que no aceptará dilaciones indefinidas. Para Trump Jr., la liberación inmediata de los rehenes es condición imprescindible para avanzar hacia una tregua duradera. Sin embargo, el pedido de Hamás de renegociar cláusulas del plan –especialmente las vinculadas al futuro de Jerusalén Este, la administración de Gaza y el reconocimiento de Israel– abre un escenario complejo en el que intervienen múltiples intereses regionales.
Una negociación en terreno minado
El plan de paz presentado por Washington establece un esquema de dos Estados con fronteras sujetas a discusión, un régimen especial para Jerusalén y un programa de reconstrucción de Gaza financiado por fondos internacionales. Hamás considera que algunos puntos vulneran los derechos históricos de los palestinos y reclama garantías de soberanía plenas, incluyendo el control de los pasos fronterizos y el levantamiento del bloqueo.
Israel, por su parte, rechaza otorgar concesiones que pongan en riesgo su seguridad y exige que la liberación de los rehenes sea total e inmediata, sin condicionamientos. El gobierno de Netanyahu insiste en que Hamás debe desarmarse como requisito previo a cualquier acuerdo político.
La tensión entre estas posiciones convierte la mesa de diálogo en un campo de batalla diplomático. Los mediadores regionales, encabezados por Egipto y Catar, buscan un terreno común, pero los tiempos son limitados: la comunidad internacional presiona para evitar un nuevo ciclo de violencia y garantizar un horizonte de estabilidad en Gaza.
Impacto en la región y en la política internacional
La decisión de Hamás tiene implicancias que trascienden a Palestina e Israel. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes, que habían mostrado disposición a acompañar la propuesta estadounidense, ahora se encuentran ante el dilema de respaldar un plan resistido por amplios sectores árabes o apoyar la revisión exigida por Hamás.
En paralelo, Irán refuerza su influencia respaldando a la organización palestina, lo que suma un condimento geopolítico adicional. Rusia y China, críticos de la iniciativa de Trump Jr., observan la negociación como una oportunidad para aumentar su peso en Medio Oriente. La Unión Europea, en tanto, reclama un enfoque equilibrado que contemple el respeto a los derechos humanos y la reconstrucción de la Franja.
La presión de la opinión pública mundial es intensa: las imágenes de rehenes en condiciones precarias y la devastación en Gaza fortalecieron la exigencia de una solución política. El anuncio de Hamás aparece como un primer paso, aunque insuficiente por sí mismo.
Gaza entre la devastación y la expectativa
En el terreno, la situación humanitaria sigue siendo crítica. La infraestructura de Gaza está al borde del colapso, con hospitales saturados, cortes de energía prolongados y escasez de agua potable. La población civil espera que el acuerdo se traduzca en un alivio inmediato, no solo en la liberación de rehenes sino en el ingreso de ayuda humanitaria.
Organizaciones locales e internacionales insisten en que cualquier plan de paz debe priorizar la reconstrucción y la protección de los civiles. Sin embargo, los condicionamientos cruzados y las tensiones políticas amenazan con dilatar el proceso.
El gesto de Hamás abre un resquicio de esperanza en un conflicto que parecía enquistado en la violencia permanente. Pero la verdadera prueba será la capacidad de las partes de transformar esa señal en un acuerdo concreto, en medio de presiones internas, desconfianzas mutuas y un tablero internacional cada vez más fragmentado.


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