La encuesta que desnuda el vacío opositor: Schiaretti ordena el centro y Villarruel incomoda a todos

La medición de DC Consultores que ubica a Juan Schiaretti con 45,6% como referencia del peronismo de centro y a Victoria Villarruel con 29,8% como figura transversal no debe leerse como una foto electoral definitiva, sino como un síntoma político. El dato muestra que una parte de la sociedad busca orden, moderación y previsibilidad, mientras el sistema partidario sigue atrapado entre liderazgos desgastados, sellos viejos y una demanda de representación que ya no entra cómoda en las categorías tradicionales.
Opinión29 de abril de 2026Alejandra LarreaAlejandra Larrea

La encuesta que pone a Juan Schiaretti al frente del peronismo de centro y ubica a Victoria Villarruel como figura transversal dice bastante más que lo que muestran sus porcentajes. El 45,6% del exgobernador cordobés y el 29,8% de la vicepresidenta no son, por sí solos, una proyección electoral cerrada ni una garantía de futuro. Pero sí funcionan como una señal política potente: hay una parte importante del electorado que parece cansada de la épica permanente, del grito ideológico, de la grieta como negocio y de la política convertida en espectáculo de trincheras. La medición fue presentada como un estudio nacional de DC Consultores y difundida este 29 de abril con ese eje: Schiaretti liderando el espacio del peronismo de centro y Villarruel apareciendo como una figura capaz de cruzar fronteras partidarias. 

El primer dato fuerte es Schiaretti. Su aparición arriba en un escenario de peronismo moderado no sorprende tanto por su volumen como por lo que representa. Schiaretti no encarna la novedad disruptiva ni la rebeldía estética. Representa otra cosa: gestión provincial, discurso productivo, distancia del kirchnerismo duro, vínculo con sectores empresariales y una idea de Estado menos mesiánica. En una Argentina acostumbrada a liderazgos que prometen refundaciones cada dos años, que una figura de ese perfil aparezca competitiva muestra que la moderación, lejos de estar muerta, puede estar esperando una traducción política más ordenada.

El problema es que el centro argentino siempre tuvo una dificultad estructural: existe en las encuestas, aparece en las conversaciones privadas, seduce a empresarios, gobernadores y votantes cansados, pero muchas veces se desarma cuando tiene que convertirse en poder. El centro suele ser más fácil de diagnosticar que de organizar. Tiene demanda, pero le falta liturgia. Tiene votantes, pero no siempre tiene militancia. Tiene razonabilidad, pero muchas veces carece de épica. Schiaretti puede ser el nombre que mejor exprese ese espacio, pero la pregunta sigue abierta: si ese peronismo de centro puede construir una identidad nacional o si volverá a quedar encerrado en la etiqueta de “alternativa razonable” sin músculo suficiente para disputar el poder.

Schiaretti y el regreso de una palabra incómoda: normalidad

La fortaleza de Schiaretti en la encuesta habla de una palabra que la política argentina suele subestimar: normalidad. Después de años de crisis, inflación, peleas institucionales, acusaciones cruzadas y liderazgos extremos, una parte de la sociedad empieza a valorar menos la promesa de épica y más la idea de administración. No necesariamente enamora, pero tranquiliza. Y en una Argentina agotada, tranquilizar puede ser una virtud electoral.

El peronismo, especialmente después del colapso del Frente de Todos y de la derrota cultural frente a Javier Milei, quedó sin una respuesta clara. El kirchnerismo conserva identidad, militancia y capacidad de daño, pero su techo social aparece cada vez más marcado. El peronismo territorial conserva poder, pero muchas veces no logra convertir ese poder en una narrativa nacional. Y los sectores más ideológicos de la oposición suelen hablarle más a los convencidos que a los desencantados.

Ahí entra Schiaretti. Su valor no está solo en su apellido ni en Córdoba. Está en que representa una salida posible para un peronismo que quiere discutir producción, federalismo, obra pública, equilibrio fiscal y gobernabilidad sin quedar pegado al imaginario kirchnerista. La encuesta no lo convierte en candidato inevitable, pero sí muestra que hay una avenida para un peronismo menos emocional y más administrativo. La pregunta es si ese camino alcanza en un país donde muchas veces gana quien mejor administra el enojo, no quien mejor promete equilibrio.

El antecedente de otras mediciones de DC Consultores ya venía mostrando una búsqueda parecida: cuando se preguntó qué tipo de peronismo debía emerger, el 51,3% eligió una versión de centro, por encima del 27,8% que prefirió una derecha peronista y del 20,9% que optó por una izquierda peronista. Ese dato ayuda a entender por qué Schiaretti aparece competitivo: no crece desde la nostalgia, sino desde la demanda de un peronismo menos encerrado en su propia identidad.

b0298f1e-3159-4af0-9be7-0c4459cf4247_16-9-discover-aspect-ratio_default_0Adorni defendió la gestión de Milei en Diputados y negó delitos por su patrimonio: “Voy a probarlo en la Justicia”

Villarruel, la figura que desordena los mapas

El segundo dato fuerte es Victoria Villarruel. Que una dirigente surgida del universo libertario, enfrentada políticamente con el corazón del mileísmo y asociada a un discurso de orden, Fuerzas Armadas, institucionalidad conservadora y seguridad pueda aparecer como figura transversal es una señal de época. Villarruel incomoda porque no encaja del todo en ninguna caja. No es peronista, pero puede captar votantes peronistas conservadores. No es macrista, pero puede dialogar con sectores del PRO. No es mileísta pura, pero conserva parte del voto que llegó con Milei buscando autoridad y ruptura. No es opositora clásica, pero hace tiempo dejó de funcionar como una vicepresidenta subordinada.

Esa es su potencia y también su límite. Villarruel puede resultar atractiva para sectores que buscan orden sin el vértigo permanente de Milei. Puede seducir a votantes que quieren autoridad, pero no necesariamente motosierra eterna. Puede hablarle a una Argentina conservadora, nacional, institucionalista y crítica del progresismo cultural. Pero todavía le falta demostrar si esa transversalidad es capital político real o apenas una acumulación de simpatías dispersas.

La relación rota con Milei ayuda a explicar su lugar actual. Distintas coberturas políticas ya vienen describiendo una convivencia fría entre el Presidente y la vicepresidenta, marcada por gestos de autonomía, distancia institucional y falta de coordinación política. Ese desgaste abrió la posibilidad de que Villarruel construya un perfil propio fuera del ecosistema libertario tradicional.

La medición también se conecta con otro dato previo: DC Consultores ya había incluido a Villarruel en un escenario vinculado al peronismo de derecha y allí alcanzó 35,6%, apenas por debajo de Schiaretti, que registró 39,1% en ese segmento. Más allá de la etiqueta, el dato sugería que la vicepresidenta podía captar una sensibilidad que no se siente representada por la izquierda peronista ni por el liberalismo económico más duro.

El riesgo para Villarruel es que la transversalidad se vuelva indefinición. Para crecer, necesita sostener una identidad propia sin quedar reducida a “la que se peleó con Milei”. Si su capital político depende solo de la tensión con el Presidente, puede convertirse en una figura de coyuntura. Si logra construir un discurso más amplio, con programa económico, armado territorial y una idea clara de país, puede transformarse en una amenaza real para varios espacios al mismo tiempo.

El dato de fondo: la política vieja ya no ordena

La encuesta no debe leerse como una carrera presidencial anticipada. Sería un error. Faltan tiempos, candidaturas, alianzas, crisis, economía, gestión y calle. Pero sí debe leerse como un síntoma de reorganización. El electorado argentino parece estar buscando algo que los partidos no terminan de ofrecer: orden sin dogmatismo, autoridad sin caos, cambio sin improvisación y representación sin los apellidos de siempre.

Schiaretti aparece como la respuesta moderada a esa demanda. Villarruel aparece como la respuesta conservadora y transversal. Ambos, desde lugares muy distintos, expresan una misma crisis: el sistema político tradicional ya no alcanza para ordenar las identidades como antes. El votante puede ser peronista cultural, liberal económico, conservador en valores, crítico del kirchnerismo, desconfiado de Milei y, aun así, no encontrar una boleta que lo represente de manera completa.

Ese es el gran problema para el peronismo. Durante décadas, el movimiento tuvo una capacidad extraordinaria para absorber contradicciones. Podía contener izquierda, derecha, sindicatos, empresarios, gobernadores, movimientos sociales, caudillos territoriales y votantes conservadores. Pero esa elasticidad se fue desgastando. El kirchnerismo intensificó la identidad, pero redujo la amplitud. Milei explotó el enojo, pero ahora enfrenta el desafío de gobernar sin perder apoyo. Y en el medio queda un electorado que no necesariamente quiere volver al pasado, pero tampoco quiere vivir en estado de demolición permanente.

La encuesta, entonces, no anuncia un ganador. Anuncia una demanda. Y esa demanda es peligrosa para todos los espacios que crean que alcanza con repetir fórmulas. Para el kirchnerismo, porque confirma que el peronismo de izquierda no parece ser el único camino competitivo. Para Milei, porque muestra que puede aparecer una derecha o una centroderecha más institucional que le dispute parte de su electorado sin hablar el mismo idioma extremo. Para el PRO, porque Villarruel y Schiaretti pueden ocupar el lugar que alguna vez soñó el macrismo moderado. Y para el propio centro, porque vuelve a tener una oportunidad, pero también la obligación de no diluirse en acuerdos sin alma.

Schiaretti y Villarruel son nombres distintos para una misma incomodidad nacional. Uno representa la administración, la experiencia y el peronismo que intenta despegarse del kirchnerismo. La otra representa orden, identidad conservadora y una autonomía que empieza a incomodar al oficialismo. El dato electoral todavía es prematuro. El dato político, no. La Argentina está buscando una tercera gramática entre la nostalgia y la motosierra. La pregunta es quién tendrá la capacidad de convertir esa búsqueda en poder real.

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