Estados Unidos golpea a Irán mientras Israel escala en Líbano: la guerra vuelve a poner al límite las negociaciones de paz

Washington atacó objetivos iraníes en el sur de Irán mientras seguían abiertas las conversaciones para intentar cerrar un acuerdo de alto el fuego y reabrir el estrecho de Ormuz. Al mismo tiempo, Israel lanzó una ofensiva de gran escala sobre Líbano contra posiciones de Hezbolá, con más de un centenar de bombardeos, avance terrestre y un nuevo deterioro de una tregua que ya estaba al borde del colapso.
Medio Oriente26 de mayo de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

La guerra en Medio Oriente volvió a entrar en una fase de altísimo riesgo. Estados Unidos atacó objetivos iraníes en el sur de Irán en plena negociación diplomática para intentar cerrar un acuerdo de paz, mientras Israel intensificó su ofensiva contra Hezbolá en Líbano con una de las jornadas de bombardeos más fuertes de las últimas semanas. La combinación de ambos movimientos deja a Donald Trump en una posición contradictoria: por un lado, intenta mostrarse como el presidente capaz de forzar un pacto con Teherán; por otro, autoriza ataques militares que Irán denuncia como violaciones del alto el fuego.

El Comando Central estadounidense justificó los ataques como acciones de “legítima defensa” para proteger a sus tropas frente a amenazas iraníes. Según la versión difundida por funcionarios norteamericanos, los blancos incluyeron sitios de lanzamiento de misiles y embarcaciones iraníes que intentaban colocar minas en zonas cercanas al estrecho de Ormuz, una de las rutas energéticas más sensibles del planeta. Washington sostuvo que la operación ya había concluido “por el momento” y que no significaba el fin del alto el fuego vigente.

El problema es que la explicación militar no elimina el impacto político. El ataque ocurrió cuando negociadores iraníes viajaban a Qatar para continuar las conversaciones sobre un posible acuerdo que permita poner fin a tres meses de guerra, aliviar sanciones y reabrir plenamente el estrecho de Ormuz. Esa vía marítima concentra alrededor del 20% del petróleo mundial y su bloqueo o militarización puede disparar el precio del crudo, encarecer el transporte internacional y aumentar el riesgo de una recesión global.

Washington negocia y bombardea al mismo tiempo

La Casa Blanca intenta sostener una línea difícil: presentar los ataques como una acción defensiva limitada, sin romper la negociación con Irán. Pero Teherán tiene margen para usar el episodio como prueba de mala fe estadounidense. Según reportes internacionales, Irán denunció que Washington violó el alto el fuego al golpear objetivos cerca del estrecho de Ormuz, aunque por ahora no habría abandonado completamente las conversaciones.

El punto central de las negociaciones parece estar dividido en dos planos. El primero es inmediato: reabrir y garantizar el tránsito marítimo por Ormuz, liberar fondos congelados y aliviar parcialmente sanciones sobre Irán. El segundo quedaría para una etapa posterior: el programa nuclear iraní, que según las versiones diplomáticas podría discutirse en una segunda fase de alrededor de 60 días. Ese esquema permite avanzar sobre la urgencia económica y militar sin resolver todavía la disputa estratégica de fondo.

Trump, además, busca sumar una dimensión regional al pacto. Según la cobertura de El País, el presidente estadounidense presiona a países árabes y musulmanes para que normalicen relaciones con Israel bajo la lógica de los Acuerdos de Abraham. La jugada intenta compensar a Benjamín Netanyahu, que mira con desconfianza cualquier acuerdo con Irán que implique levantar sanciones o congelar temporalmente el conflicto sin desmantelar capacidades iraníes.

La tensión interna para Trump es evidente. Necesita un acuerdo para evitar que la guerra se prolongue, sostener la estabilidad energética y mostrar liderazgo internacional. Pero también necesita demostrar fuerza ante Irán, contener a Israel y evitar que los sectores más duros del Partido Republicano lo acusen de negociar desde la debilidad. Esa contradicción explica por qué la diplomacia y el uso de la fuerza avanzan al mismo tiempo.

Israel abre otro frente de presión en Líbano

Mientras Estados Unidos golpeaba objetivos iraníes, Israel intensificó su ofensiva contra Hezbolá en Líbano. Reuters informó que Israel realizó más de 120 ataques aéreos en el sur y el este libanés, en una jornada que dejó al menos 31 muertos y 40 heridos, según el Ministerio de Salud libanés. Los bombardeos alcanzaron, entre otros puntos, Burj al-Shamali, zonas cercanas al castillo de Beaufort y áreas próximas a la represa de Qaraoun.

La ofensiva no fue solamente aérea. Netanyahu confirmó que el ejército israelí expandió operaciones terrestres más allá de la llamada “zona de seguridad” en el sur del Líbano, avanzando sobre áreas situadas más allá de la línea que Israel venía ocupando después de la tregua de abril. Para Israel, el objetivo es empujar a Hezbolá, destruir infraestructura militar y reducir la amenaza de drones, cohetes y ataques transfronterizos. Para Líbano y Hezbolá, se trata de una violación de la tregua y de una expansión territorial de facto.

Netanyahu ya había anunciado la víspera que Israel intensificaría sus ataques contra Hezbolá. El primer ministro sostuvo que su país está “en guerra” con la milicia chiita y que no renunciará al derecho de actuar contra amenazas en todos los frentes. Esa frase muestra el corazón de la estrategia israelí: aunque Washington intente cerrar un acuerdo con Irán, Israel quiere conservar libertad de acción militar en Líbano, Gaza, Siria o cualquier frente vinculado al eje iraní.

Hezbolá respondió con drones explosivos, cohetes y artillería contra fuerzas israelíes en el norte de Israel y en posiciones cercanas a la frontera. La milicia libanesa insiste en que no aceptará desarmarse bajo presión israelí y que la discusión sobre sus armas debe darse dentro de un diálogo nacional libanés después de la guerra. Esa posición choca frontalmente con el reclamo israelí, que considera el desarme de Hezbolá una condición central para cualquier estabilización duradera.

Una tregua que existe en el papel, pero no en el terreno

El conflicto entre Israel y Hezbolá ya venía erosionando la tregua anunciada el 16 de abril. Reuters había informado la semana pasada que la guerra persistía pese a la extensión del alto el fuego, con nuevas acciones militares israelíes, ataques de Hezbolá y un saldo acumulado de más de 3.000 muertos en Líbano desde el inicio de la escalada de marzo, según autoridades libanesas.

La ONU también venía advirtiendo sobre posibles violaciones graves del derecho internacional humanitario. En abril, la oficina de derechos humanos documentó patrones de ataques contra civiles en zonas pobladas y edificios residenciales tanto en Líbano como en Israel, y señaló que los cohetes de Hezbolá carecen de precisión suficiente para distinguir objetivos militares de zonas civiles.

Esa dimensión humanitaria es clave. La discusión estratégica suele concentrarse en Irán, Israel, Estados Unidos, Ormuz, Hezbollah y la negociación diplomática, pero en el terreno el costo lo pagan civiles libaneses, comunidades del norte israelí, desplazados, hospitales, escuelas y familias que viven bajo bombardeos o amenazas de cohetes. La nueva ofensiva israelí profundiza ese deterioro y vuelve más difícil que una tregua formal se traduzca en calma real.

Israel sostiene que actúa para impedir que Hezbolá reconstruya capacidades militares y amenace su frontera norte. Líbano acusa a Israel de seguir atacando y demoliendo viviendas pese a los intentos de mediación. Estados Unidos aparece en una posición incómoda: es el principal aliado de Israel, pero al mismo tiempo necesita evitar que el frente libanés haga fracasar las conversaciones con Irán.

Irán, Hezbolá y el riesgo de una guerra encadenada

La clave regional es que los dos frentes están conectados. Hezbolá no es un actor aislado: forma parte del eje de aliados de Irán. Por eso, cada ataque israelí en Líbano impacta sobre las negociaciones entre Washington y Teherán, y cada golpe estadounidense contra objetivos iraníes aumenta la presión sobre los grupos aliados de Irán en la región. El riesgo es que la guerra deje de moverse por carriles separados y empiece a funcionar como una cadena de represalias.

La diplomacia intenta separar los expedientes. Por un lado, un acuerdo con Irán sobre Ormuz, sanciones, fondos congelados y programa nuclear. Por otro, una tregua entre Israel y Hezbolá. Pero en la práctica, las decisiones se contaminan. Si Israel escala en Líbano, Irán puede endurecer su posición. Si Estados Unidos ataca en territorio iraní, Hezbolá puede responder con más fuerza. Si Hezbolá golpea a Israel, Netanyahu puede usarlo para justificar una ofensiva aún más amplia.

Ahí aparece el dilema central de Trump. Su administración quiere cerrar un acuerdo que reabra Ormuz, estabilice el mercado energético y evite quedar atrapada en una guerra regional prolongada. Pero su aliado israelí sigue empujando una estrategia de presión militar sobre Hezbolá, mientras sectores iraníes y republicanos desconfían de cualquier pacto. La mesa de negociación en Qatar está rodeada de bombas, misiles, drones y cálculos internos.

Netanyahu presiona, Trump necesita un acuerdo e Irán gana tiempo

Netanyahu juega una partida propia. Para el primer ministro israelí, cualquier acuerdo con Irán que no limite de manera contundente su capacidad regional puede ser visto como una amenaza. Por eso necesita demostrar que Israel conserva libertad de acción militar, especialmente contra Hezbolá, el aliado iraní más poderoso en la frontera norte. La ofensiva sobre Líbano también responde a una demanda interna: los sectores de derecha israelí exigen más dureza y rechazan cualquier señal de concesión.

Trump, en cambio, necesita vender un eventual acuerdo como victoria. Su objetivo inmediato no parece ser una paz regional completa, sino una arquitectura mínima que permita reabrir Ormuz, contener el precio del petróleo y postergar la discusión nuclear. Esa estrategia puede ser pragmática, pero también frágil. Si Irán percibe que Washington no puede controlar a Israel o que el alto el fuego es usado para reposicionar fuerzas, tendrá menos incentivos para firmar.

Irán, por su parte, también calcula. El régimen necesita alivio económico, desbloqueo de fondos y alguna forma de mostrar que resistió la presión estadounidense e israelí. Pero tampoco quiere aparecer como derrotado. Por eso puede seguir negociando mientras denuncia los ataques, estira los tiempos y busca arrancar concesiones sobre sanciones, activos congelados y navegación en Ormuz.

La situación se parece cada vez más a una negociación bajo fuego. Nadie quiere cerrar completamente la puerta diplomática, pero todos quieren mejorar su posición antes de firmar. El problema es que cada movimiento militar puede ser leído por el otro lado como una ruptura, y en una región cargada de actores armados esa lectura puede disparar respuestas difíciles de contener.

El mercado energético mira a Ormuz

El estrecho de Ormuz es uno de los elementos que vuelve global esta crisis. No se trata solo de una disputa regional. Si Ormuz se cierra, se mina o queda bajo amenaza militar permanente, el impacto puede sentirse en los precios internacionales del petróleo, el transporte marítimo, la inflación global y la estabilidad de economías importadoras de energía. Por eso Washington quiere resolver esa dimensión con urgencia.

Los ataques estadounidenses contra embarcaciones que supuestamente intentaban colocar minas muestran que Ormuz ya no es solo una carta diplomática, sino un escenario militar activo. Si Irán o fuerzas vinculadas a Teherán amenazan la navegación, Estados Unidos responderá. Si Estados Unidos responde dentro o cerca del territorio iraní, Irán denunciará violación del alto el fuego. Ese círculo es extremadamente peligroso.

El precio del petróleo suele reaccionar de inmediato a cualquier señal de escalada en el Golfo. The Guardian reportó que el Brent subió 4% después de los ataques estadounidenses contra objetivos iraníes, una muestra de la sensibilidad del mercado ante cualquier amenaza sobre la ruta energética.

Para Trump, el costo político de una crisis petrolera sería enorme. Una guerra prolongada que suba combustibles, encarezca energía y golpee la economía puede erosionar su narrativa de control. Por eso necesita que la negociación avance. Pero cuanto más se militariza Ormuz, más difícil es vender la idea de que el acuerdo está cerca.

Una guerra que desafía todos los equilibrios

La jornada dejó una imagen precisa del momento: Estados Unidos bombardea objetivos iraníes mientras negocia con Irán; Israel lanza más de cien ataques sobre Líbano mientras Washington intenta sostener una tregua regional; Hezbolá responde con drones y cohetes; Netanyahu promete intensificar la ofensiva; Teherán acusa a Washington de violar el alto el fuego, pero no se retira completamente de la mesa.

Ese equilibrio puede durar poco. La diplomacia necesita silencio, previsibilidad y confianza mínima. La guerra produce exactamente lo contrario: ruido, incertidumbre y sospecha. Cada actor quiere evitar quedar como el que rompió la negociación, pero ninguno quiere aparecer débil ante su propia base política o militar.

Estados Unidos enfrenta el riesgo de quedar atrapado en una guerra que no puede cerrar solo. Israel enfrenta el riesgo de abrir demasiados frentes al mismo tiempo. Irán enfrenta el riesgo de perder la oportunidad de aliviar sanciones si responde con demasiada fuerza. Hezbolá enfrenta el riesgo de arrastrar a Líbano a una devastación mayor. Y la región entera enfrenta el riesgo de que una negociación imperfecta se derrumbe por un ataque, un dron, una mina o una decisión tomada bajo presión.

El conflicto entra así en una zona crítica. La paz todavía no está descartada, pero cada día se vuelve más difícil. Trump necesita un acuerdo para reabrir Ormuz y contener el impacto económico global. Netanyahu necesita mostrar que no se detendrá frente a Hezbolá. Irán necesita obtener alivio sin rendirse. Y Líbano vuelve a quedar convertido en el campo donde se descargan las tensiones de una guerra mucho más grande que su propio territorio.

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