
Estados Unidos destruyó cinco petroleros iraníes y la guerra entró de lleno en la batalla por el petróleo de Ormuz
Alejandro CabreraDurante meses, la guerra entre Estados Unidos e Irán avanzó mediante una sucesión de ataques, treguas parciales y nuevas represalias que parecía mantener cierto límite tácito: golpear objetivos militares sin provocar una interrupción completa del sistema energético del Golfo. Ese equilibrio empezó a romperse esta semana. El Comando Central estadounidense confirmó que sus fuerzas destruyeron este martes cinco petroleros iraníes en el golfo de Omán y en las proximidades de la isla de Jarg, el corazón de las exportaciones de crudo de la República Islámica. La operación fue presentada como respuesta a dos intentos de la Guardia Revolucionaria de alcanzar con misiles balísticos a un buque de guerra norteamericano durante las jornadas anteriores. Ningún militar estadounidense resultó herido.
Los barcos alcanzados fueron el Kaviz, Charminar, Horizon 1 y Riesco, atacados en el golfo de Omán, y el Derya, localizado cerca de Jarg. Según el CENTCOM, las tripulaciones recibieron órdenes de abandonar los buques antes de los bombardeos y las embarcaciones quedaron inutilizadas. Washington sostiene que las cinco formaban parte de una red clandestina multimillonaria utilizada para comercializar petróleo y financiar a la Guardia Revolucionaria y a las organizaciones que Irán respalda en Medio Oriente. El mensaje estadounidense fue especialmente directo porque no se trata de un episodio aislado: el 5 de septiembre sus fuerzas ya habían destruido otros tres cargueros después de nuevos intentos iraníes de atacar un portaaviones y un destructor. En apenas cuatro días, Estados Unidos atacó ocho petroleros vinculados con Teherán.
Ese salto es importante porque transforma la naturaleza económica de la guerra. Destruir una plataforma de misiles, un radar o una instalación militar afecta la capacidad inmediata de combate de Irán. Destruir sistemáticamente los barcos con los que comercializa petróleo busca además deteriorar los ingresos necesarios para financiar al Estado y prolongar el conflicto. Washington venía intentando desde julio asfixiar nuevamente las exportaciones iraníes mediante un bloqueo y sanciones sobre la denominada “flota fantasma”, pero los ataques de los últimos días muestran que la estrategia dejó de depender exclusivamente de instrumentos financieros: Estados Unidos comenzó a destruir físicamente parte de la infraestructura utilizada para colocar el crudo iraní en los mercados internacionales.
La respuesta iraní fue casi inmediata y confirmó precisamente el riesgo de semejante estrategia. La Guardia Revolucionaria aseguró haber atacado durante las últimas horas a una decena de embarcaciones alrededor del estrecho de Ormuz y afirmó haber disparado contra dos destructores norteamericanos. El CENTCOM negó que sus barcos hubieran sido alcanzados. Más grave aún para Washington, Teherán lanzó misiles balísticos contra una base estadounidense cerca de Al Azraq, en Jordania. Las autoridades jordanas informaron haber interceptado 18 de los 20 proyectiles, mientras los otros dos cayeron en zonas despobladas sin provocar víctimas.
Irán llevó además la amenaza hacia los aliados regionales de Estados Unidos. La Guardia Revolucionaria advirtió que petroleros ubicados en puertos de Kuwait y Baréin podían convertirse en objetivos y pidió a sus tripulaciones abandonar esas terminales. En paralelo, distintos buques comerciales fueron atacados durante la madrugada de este miércoles en el Golfo. Uno de ellos, el New Andros, con bandera de Panamá y unas dos millones de barriles de fuel oil iraquí, fue alcanzado por un dron en aguas territoriales de Irak y sufrió un incendio, aunque sus 22 tripulantes resultaron ilesos. La agencia británica UKMTO informó también de otras embarcaciones afectadas por fuego durante actividad militar en el norte del Golfo y el golfo de Omán.
La consecuencia es que la frontera entre guerra militar y guerra comercial empieza a desaparecer. Un petrolero iraní atacado por Estados Unidos puede ser considerado por Washington parte de la estructura económica de la Guardia Revolucionaria; un carguero de otro país alcanzado como represalia introduce inmediatamente aseguradoras, navieras, productores de petróleo y gobiernos neutrales dentro del conflicto. Cuanto más se amplíe esa lógica, menor será la posibilidad de limitar la guerra exclusivamente a Washington y Teherán.
Ormuz dejó de ser solamente una amenaza y empieza a convertirse en el campo de batalla
El estrecho de Ormuz es el punto en el que una guerra regional puede transformarse en un problema global. La franja marítima que separa Irán de Omán es la salida natural del golfo Pérsico y concentra aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado comercializados mundialmente por vía marítima. Antes del actual conflicto podían circular por la zona alrededor de 125 embarcaciones comerciales diarias. Durante los últimos días, ese tráfico se redujo de manera extraordinaria: los datos de Kpler mostraron solamente seis buques de materias primas atravesando el estrecho durante el martes, frente a un promedio reciente de doce y muy lejos de los niveles normales anteriores a la guerra.
Ese retroceso importa tanto como los barcos efectivamente hundidos. Para interrumpir el comercio mundial no es necesario bloquear físicamente Ormuz durante meses. Alcanza con elevar suficientemente el riesgo para que compañías navieras, aseguradoras y armadores comiencen a evitarlo. Cada dron contra un carguero incrementa las primas de seguro; cada amenaza sobre una terminal obliga a modificar rutas y cada barco destruido genera dudas sobre si una tripulación está dispuesta a ingresar en la zona. El efecto económico de la guerra puede, por eso, multiplicarse mucho más rápido que el daño estrictamente militar.
Los mercados comenzaron a reaccionar. El Brent superó este miércoles los US$100 por barril por primera vez desde julio, después de acumular un avance aproximado del 25% desde comienzos de agosto. El petróleo había rondado inicialmente los US$99 durante las primeras operaciones, pero nuevos ataques empujaron finalmente el precio por encima de la barrera psicológica de los tres dígitos. El WTI estadounidense se acercó a US$95. La preocupación ya no se concentra solamente en cuánto petróleo puede dejar de vender Irán, cuyo peso sobre el abastecimiento global es limitado comparado con décadas anteriores, sino en que el enfrentamiento termine comprometiendo las exportaciones de Arabia Saudita, Irak, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos y Qatar.
Ese escenario comenzó a materializarse por otro frente. Los hutíes de Yemen, aliados de Teherán, lanzaron una ofensiva de drones y misiles contra ciudades del sur de Arabia Saudita y alcanzaron instalaciones relacionadas con el sector petrolero. Los ataques dejaron 73 heridos, entre ellos mujeres y niños, y provocaron incendios en infraestructura de la petrolera estatal Saudi Aramco en Jazan y otras zonas. Las imágenes satelitales mostraron columnas de humo sobre instalaciones energéticas. Arabia Saudita, que durante años intentó reducir su enfrentamiento directo con los hutíes, vuelve así a quedar involucrada en una guerra que ya no se limita geográficamente a Irán.
La expansión hacia territorio saudita cambia también los cálculos estadounidenses. Washington intenta simultáneamente dos políticas que empiezan a entrar en tensión: estrangular económicamente a Irán y garantizar suficiente petróleo disponible para impedir que los precios mundiales se disparen. Para conseguir lo segundo necesita que Arabia Saudita y otros productores del Golfo incrementen exportaciones. Pero si las instalaciones sauditas se convierten en objetivos de represalia y los barcos dudan en atravesar Ormuz, una parte importante de esa capacidad adicional pierde utilidad.
Ahí aparece la estrategia iraní. Teherán tiene una inferioridad militar convencional evidente frente a Estados Unidos y ha sufrido durante seis meses la degradación de radares, sistemas defensivos, instalaciones militares y parte de sus capacidades ofensivas. Pero conserva suficientes misiles, drones y aliados regionales para elevar el costo del conflicto. Su objetivo no necesita ser derrotar militarmente a la flota estadounidense. Puede consistir simplemente en demostrar que si Estados Unidos intenta impedir que Irán venda petróleo, ningún productor de la región tendrá garantizado vender el suyo con normalidad.
Esa doctrina explica las amenazas contra Kuwait y Baréin, los ataques sobre Arabia Saudita y el creciente riesgo alrededor del transporte marítimo. Irán necesita internacionalizar el costo económico de las sanciones y convertir el bloqueo estadounidense en un problema para Washington, Europa y especialmente Asia. China, India, Japón y Corea del Sur dependen mucho más que Estados Unidos de la energía importada desde Medio Oriente, por lo que una crisis prolongada alrededor de Ormuz tendría consecuencias especialmente fuertes sobre sus economías.
La guerra económica puede terminar siendo más peligrosa que la propia guerra militar
La administración de Donald Trump viene intentando desde comienzos del conflicto combinar presión militar y asfixia económica. Este martes agregó sanciones contra 36 entidades e individuos vinculados con la aviación iraní, incluidas 27 compañías aéreas que todavía operan en el país y estructuras relacionadas con Mahan Air, dentro de la denominada “Operación Paria Económico”. La estrategia consiste en cortar simultáneamente petróleo, aviación, finanzas y cadenas de aprovisionamiento para reducir la capacidad de resistencia del régimen.
Marco Rubio sintetizó esa lógica con una frase que explica perfectamente el nuevo estadio de la confrontación. El secretario de Estado advirtió durante una visita a Colombia que cada intento iraní de atacar barcos estadounidenses provocará la pérdida de más petroleros. La amenaza establece una relación directa entre una acción militar y un castigo económico: Irán dispara un misil contra una unidad naval y Washington destruye un activo utilizado para generar divisas. El CENTCOM fue todavía más explícito después de los ataques del 5 de septiembre y advirtió que podría destruir la limitada flota petrolera iraní si continuaban las ofensivas contra unidades norteamericanas.
Eso podría convertirse en uno de los puntos de inflexión de la guerra. Mientras Washington atacaba bases, misiles o instalaciones militares, Teherán podía responder utilizando su propio arsenal y mantener una lógica relativamente reconocible de represalia. La destrucción sistemática de petroleros amenaza directamente la capacidad del Gobierno iraní de financiarse y puede empujarlo a utilizar como respuesta precisamente el arma que durante décadas mantuvo como amenaza: convertir a Ormuz en una zona demasiado peligrosa para el tráfico energético internacional.
Hay además una cuestión que recién comienza a aparecer: el daño ambiental. Destruir grandes petroleros en un espacio marítimo tan reducido aumenta la posibilidad de derrames importantes, contaminación costera y afectación de ecosistemas del Golfo. El CENTCOM sostiene que las tripulaciones de los cinco barcos fueron evacuadas antes de los ataques y no informó bajas, pero todavía no existe una evaluación independiente completa sobre la cantidad de combustible transportado, los posibles vertidos ni las consecuencias ambientales de los ataques. UKMTO también reconoció que todavía no podía establecer la magnitud de los daños provocados en los últimos incidentes contra buques comerciales.
La escalada encuentra además a la economía mundial en un momento incómodo. Un petróleo sostenidamente por encima de US$100 vuelve a introducir presiones inflacionarias precisamente cuando los principales bancos centrales discuten tasas de interés. En Estados Unidos, Europa y Japón los mercados empezaron a recalcular las posibilidades de nuevas subas. Para países importadores de energía, el efecto llega rápidamente al combustible, transporte, alimentos y producción industrial. India ya sufrió este miércoles una fuerte caída bursátil, mientras el aumento del crudo se convirtió en una de las principales preocupaciones para su economía.
Para Argentina el escenario es más ambiguo. Vaca Muerta puede beneficiarse de precios internacionales elevados y mejorar el saldo energético, pero una escalada prolongada también encarece combustibles internacionales, transporte marítimo e importaciones y puede trasladarse a la inflación mundial. Además, cualquier desorganización significativa del comercio internacional termina afectando indirectamente exportaciones, tasas internacionales y precios de insumos. El petróleo caro puede representar una oportunidad para los productores argentinos y simultáneamente un shock negativo para el resto de la economía.
El conflicto entra así en una etapa en la que cada movimiento militar puede provocar consecuencias económicas desproporcionadas. Estados Unidos puede destruir cinco petroleros sin sufrir bajas; Irán puede responder sin necesidad de hundir un portaaviones. Le alcanza con demostrar que barcos comerciales, refinerías sauditas y terminales del Golfo pueden ser alcanzados. Esa asimetría vuelve mucho más difícil controlar la escalada porque ambos bandos poseen formas diferentes de infligir costos.
Después de seis meses de guerra, el mayor peligro ya no parece ser únicamente un enfrentamiento directo entre fuerzas norteamericanas e iraníes. El riesgo es que petróleo, navegación comercial y países que hasta ahora intentaban permanecer relativamente al margen terminen transformándose en instrumentos de represalia. Si eso ocurre, el conflicto dejará definitivamente de ser una guerra contra Irán para convertirse en una crisis energética internacional.
Por ahora, los cinco petroleros destruidos constituyen el episodio más visible de esa transformación. Pero los acontecimientos posteriores pueden terminar siendo mucho más importantes: Irán atacó barcos, disparó contra una base estadounidense, amenazó terminales de Kuwait y Baréin, sus aliados golpearon instalaciones sauditas y el Brent volvió a superar los US$100. La batalla ya no se libra solamente por quién controla militarmente el Golfo. Empieza a librarse sobre quién puede seguir vendiendo petróleo y quién está dispuesto a arriesgar un barco para transportarlo.


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