
Trump pone a prueba a la OTAN: Estados Unidos evalúa la “lealtad” de sus aliados antes de redefinir su presencia militar en Europa
Alejandro CabreraEstados Unidos comenzó a evaluar no solamente cuánto gastan sus aliados de la OTAN en defensa, sino también hasta qué punto acompañan políticamente a la Administración de Donald Trump. Washington remitió un cuestionario a los países miembros de la Alianza en el marco de la revisión de su despliegue militar europeo y preguntó expresamente si los gobiernos respaldaron públicamente la política exterior estadounidense, qué restricciones aplican a las bases norteamericanas instaladas en sus territorios y si se opusieron a regulaciones que puedan perjudicar a las empresas de defensa de Estados Unidos.
La iniciativa representa un cambio importante porque introduce un criterio político dentro de una discusión tradicionalmente militar. Estados Unidos continúa siendo la principal potencia de la OTAN y mantiene decenas de miles de militares, bases, aviones, sistemas de defensa antiaérea, capacidades logísticas y recursos de inteligencia en Europa. El Comando Europeo estadounidense informó este año que cuenta con más de 65.000 militares permanentes, a los que deben agregarse fuerzas rotativas y personal civil, mientras que la estructura completa del comando supera las 80.000 personas entre militares y civiles.
Lo que está en discusión no es, al menos por ahora, la desaparición inmediata de Estados Unidos de Europa ni el abandono de la OTAN. Lo que Washington está preparando es una redistribución de responsabilidades: que los países europeos aporten una proporción cada vez mayor de las tropas, armamento, defensa aérea, municiones y logística necesarios para contener a Rusia, permitiendo que Estados Unidos libere recursos para otras prioridades estratégicas. El Pentágono inició formalmente una revisión de su postura militar en Europa y viene sosteniendo que el objetivo es avanzar hacia una Alianza en la que Europa asuma la responsabilidad principal por su defensa convencional.
El cuestionario que inquieta a Europa
La particularidad del nuevo movimiento estadounidense está en las preguntas enviadas a sus aliados. Según la información publicada por El País, Washington quiere saber, entre otras cosas, si cada Gobierno manifestó públicamente apoyo a la política exterior estadounidense y qué limitaciones impuso al uso de instalaciones militares norteamericanas dentro de su territorio.
También se consulta si los países europeos se opusieron públicamente a regulaciones que dificultan los contratos con compañías estadounidenses de defensa y si demostraron estar alineados con el enfoque internacional que propone el secretario de Defensa, Pete Hegseth. La Administración Trump viene cuestionando especialmente la decisión de algunos gobiernos europeos de favorecer a fabricantes del continente cuando destinan miles de millones de euros a la modernización de sus fuerzas armadas.
El problema es que Estados Unidos parece comenzar a mezclar dos conceptos que históricamente habían estado separados dentro de la OTAN: el compromiso con la defensa colectiva y la coincidencia con la política exterior del presidente estadounidense de turno.
Un país puede ser un miembro plenamente comprometido con la OTAN y, al mismo tiempo, discrepar con Washington sobre Irán, América Latina, comercio internacional o política migratoria. Sin embargo, el cuestionario enviado por la Administración Trump incluye precisamente algunos de esos puntos entre los elementos que Estados Unidos pretende considerar al evaluar su relación militar con los aliados. Entre las áreas de desacuerdo mencionadas aparecen la guerra contra Irán, la operación estadounidense contra el expresidente venezolano Nicolás Maduro y las políticas europeas para privilegiar a fabricantes del continente en los contratos de defensa.
Ese enfoque genera inquietud porque podría transformar el despliegue estadounidense en Europa en una herramienta de presión política. Si la ubicación de tropas, sistemas antiaéreos o capacidades logísticas comienza a depender parcialmente del grado de alineamiento de cada gobierno con Washington, los países considerados más cercanos a Trump podrían terminar beneficiados frente a aquellos que sostengan posiciones más independientes.
La revisión todavía no terminó. De acuerdo con la información conocida hasta ahora, el proceso debería concluir hacia diciembre y el Pentágono analiza diferentes alternativas antes de tomar decisiones definitivas. Por eso todavía es prematuro determinar qué bases pueden reducirse, cuántos soldados podrían ser retirados o hacia dónde serían trasladados.
Europa debe prepararse para defenderse con menos Estados Unidos
La discusión viene desarrollándose desde hace meses y va bastante más allá del cuestionario. El mensaje estratégico de la Administración Trump es consistente: Estados Unidos considera que durante décadas asumió una proporción excesiva del costo de la defensa europea y pretende que los aliados se hagan cargo de una parte mucho mayor.
En la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara a comienzos de julio, los aliados reafirmaron el objetivo de invertir el equivalente al 5% de sus respectivos productos internos brutos en defensa y seguridad para 2035. El secretario general de la organización, Mark Rutte, afirmó antes de la reunión que Europa y Canadá ya estaban destinando alrededor del 4% de su PIB al conjunto de gastos de defensa y seguridad incluidos dentro del nuevo compromiso.
No todo ese 5% corresponde exclusivamente a armamento. El esquema acordado por la OTAN incluye gasto militar central y otras inversiones relacionadas con infraestructura, movilidad militar, resiliencia y seguridad. Pero el salto presupuestario es enorme y exige a países europeos incrementar considerablemente sus presupuestos durante los próximos años.
Trump convirtió durante años este reclamo en uno de sus principales cuestionamientos a Europa. Su argumento es sencillo: Estados Unidos no debería pagar una parte desproporcionada de la seguridad de países ricos que tienen capacidad económica para defenderse.
El planteo tiene un componente real. Europa redujo considerablemente sus capacidades militares después de la Guerra Fría y durante décadas pudo dedicar menos recursos a defensa precisamente porque contaba con la protección estratégica estadounidense. Estados Unidos proporcionó capacidades que los europeos todavía tienen dificultades para reemplazar completamente: inteligencia satelital, transporte estratégico, reabastecimiento aéreo, defensa antimisiles, logística de gran escala, mando y control y, fundamentalmente, el paraguas nuclear.
Por eso aumentar los presupuestos no significa que Europa pueda reemplazar inmediatamente a Estados Unidos. Fabricar nuevos sistemas antiaéreos, ampliar ejércitos, producir municiones, comprar aviones y reconstruir reservas militares requiere años.
La OTAN ya comenzó a adaptarse. En 2026 mantiene nueve grupos de combate multinacionales sobre su flanco oriental, desplegados en Bulgaria, Estonia, Finlandia, Hungría, Letonia, Lituania, Polonia, Rumania y Eslovaquia. Esas fuerzas constituyen la primera línea de disuasión frente a Rusia y pueden ampliarse rápidamente en caso de una crisis.
En Rumania, por ejemplo, Francia dirige el grupo multinacional; España encabeza la fuerza desplegada en Eslovaquia y diferentes aliados europeos participan de los contingentes distribuidos desde el mar Negro hasta Finlandia. La arquitectura defensiva europea es así cada vez más multinacional y no depende exclusivamente de unidades estadounidenses.
Pero Estados Unidos continúa aportando capacidades difíciles de sustituir. Esa es precisamente la razón por la cual las decisiones que surjan de la revisión del Pentágono pueden ser mucho más importantes que una simple reducción en la cantidad de soldados.
Rusia sigue siendo el gran problema de seguridad europeo
El momento elegido para modificar la arquitectura militar transatlántica agrega incertidumbre. La OTAN sigue considerando a Rusia como la amenaza más significativa y directa para la seguridad de sus miembros, mientras la guerra en Ucrania continúa obligando a Europa a destinar enormes cantidades de dinero, municiones y sistemas defensivos a Kiev.
Desde la invasión rusa a gran escala de Ucrania en febrero de 2022, la OTAN reforzó profundamente su frontera oriental. Los grupos de combate que inicialmente estaban concentrados en Estonia, Letonia, Lituania y Polonia se expandieron hacia Bulgaria, Hungría, Rumania y Eslovaquia, y posteriormente se incorporó Finlandia. La organización también amplió sus patrullas aéreas, ejercicios militares, vigilancia marítima y protección de infraestructura submarina.
Por eso el dilema estadounidense es complejo. Washington quiere obligar a Europa a asumir mayores responsabilidades, pero una retirada demasiado rápida podría ser interpretada por Moscú como una reducción de la capacidad de disuasión occidental.
La estrategia parece orientarse entonces hacia una transición progresiva y no hacia una retirada total. Estados Unidos podría disminuir determinadas unidades o capacidades mientras exige que otros países de la OTAN ocupen esos lugares. De hecho, algunas reasignaciones ya obligaron a europeos y canadienses a cubrir vacíos que anteriormente eran asumidos por fuerzas norteamericanas.
La otra dimensión es global. Estados Unidos ya no piensa su principal desafío estratégico exclusivamente en Europa. Washington necesita recursos para el Indo-Pacífico, donde considera prioritario mantener la capacidad de disuadir a China, especialmente alrededor de Taiwán, Japón, Filipinas y el mar de China Meridional. El subsecretario de Defensa para Política, Elbridge Colby, afirmó esta misma semana durante una gira por Asia que Estados Unidos busca construir una arquitectura regional basada en “socios, no protectorados”, y pidió también a los aliados asiáticos incrementar sus propias capacidades militares.
La lógica es prácticamente idéntica en ambos continentes: Washington quiere aliados fuertes capaces de asumir una porción creciente de su propia defensa mientras Estados Unidos conserva la capacidad de intervenir en los escenarios decisivos.
¿Estados Unidos puede abandonar la OTAN?
Por ahora no existe ninguna decisión anunciada para hacerlo y sería incorrecto interpretar esta revisión como una salida estadounidense de la Alianza.
El punto central es otro: la OTAN puede seguir existiendo con Estados Unidos dentro de ella y, al mismo tiempo, convertirse en una organización considerablemente más europea.
Trump ya utilizó durante la cumbre de Ankara la posibilidad de retirar tropas y cerrar instalaciones como instrumento para presionar a sus socios. Sin embargo, después del encuentro suavizó su discurso y calificó positivamente los compromisos asumidos.
Además, Estados Unidos tiene intereses propios para permanecer en Europa. Sus bases no existen exclusivamente para proteger a Alemania, Polonia o Italia. Constituyen plataformas logísticas fundamentales para operaciones estadounidenses hacia Oriente Medio, África y otras regiones. Ramstein, en Alemania, por ejemplo, cumple un papel estratégico que excede ampliamente la defensa territorial europea.
La presencia estadounidense proporciona también influencia política. Washington conserva mediante la OTAN una capacidad extraordinaria para coordinar las políticas de seguridad de más de treinta países desarrollados y proyectar poder sobre Eurasia.
Por eso probablemente el verdadero debate no sea Estados Unidos sí o Estados Unidos no, sino cuánto Estados Unidos habrá en Europa, dónde estarán sus fuerzas y qué deberá aportar cada europeo para mantener el sistema funcionando.
La novedad introducida por Trump es que esa negociación ya no parece depender solamente de cuánto invierte cada socio. Washington quiere saber también quién lo acompaña políticamente.
Y allí aparece el aspecto más polémico de toda la iniciativa: si pertenecer a la OTAN empieza a significar no solamente cumplir las obligaciones de defensa colectiva sino también demostrar afinidad con la política exterior de la Casa Blanca, la naturaleza de la alianza transatlántica podría comenzar a cambiar.
Durante más de siete décadas, la OTAN sobrevivió a presidentes estadounidenses y gobiernos europeos de orientaciones ideológicas muy diferentes porque la garantía de seguridad se asentaba sobre intereses estratégicos compartidos. La revisión impulsada por Trump introduce ahora una pregunta distinta: hasta qué punto esa protección estadounidense seguirá siendo automática y hasta qué punto dependerá de que cada aliado demuestre que está políticamente del lado de Washington.


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