De la Rerum Novarum a la inteligencia artificial: la indiferencia como amenaza de nuestro tiempo

Carta abierta sobre el progreso, la dignidad humana y el futuro del trabajo
Investigación08 de noviembre de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

Hace 135 años, un hombre llamado Gioacchino Pecci, conocido por el mundo como León XIII, observaba con preocupación las consecuencias de una revolución que estaba transformando para siempre la historia de la humanidad. Las fábricas crecían, las máquinas multiplicaban la producción y una nueva organización económica prometía una prosperidad hasta entonces desconocida. Sin embargo, detrás de aquellas extraordinarias transformaciones aparecía una contradicción difícil de ignorar: mientras la riqueza aumentaba, millones de trabajadores permanecían sumidos en la pobreza, la explotación y la incertidumbre.

En 1891, León XIII publicó Rerum Novarum, una encíclica que marcaría el nacimiento de la moderna doctrina social de la Iglesia. Su importancia no residía en rechazar el progreso industrial ni en pretender detener las transformaciones económicas, sino en plantear una pregunta que, más de un siglo después, conserva una vigencia extraordinaria: ¿de qué sirve una sociedad capaz de producir cada vez más riqueza si no consigue garantizar una vida digna a quienes la construyen?

Hoy, cuando la inteligencia artificial comienza a modificar el trabajo, la educación, la economía y nuestra manera de relacionarnos, aquella pregunta vuelve a aparecer. Y no parece casual que el actual pontífice haya elegido llamarse León XIV.

Leon 14León XIV llega a Argentina tras su paso por Uruguay: su mensaje social y el esperado encuentro con Milei



Dos revoluciones separadas por más de un siglo

La Revolución Industrial transformó la relación entre las personas y el trabajo. La producción dejó de depender exclusivamente de las capacidades individuales para organizarse alrededor de grandes estructuras industriales, nuevas tecnologías y formas cada vez más complejas de acumulación de capital.

León XIII comprendió que aquellas transformaciones no podían evaluarse únicamente por sus resultados económicos. Reconoció el derecho a la propiedad privada, pero también defendió el salario justo, la asociación de los trabajadores y la responsabilidad de los poderes públicos frente a las desigualdades.

Su pensamiento no proponía eliminar el mercado ni sustituirlo completamente por el Estado. Buscaba establecer principios de justicia capaces de impedir que el crecimiento económico se construyera sobre la degradación de la persona humana.

En mayo de 2026, León XIV retomó aquella tradición mediante Magnifica Humanitas, una encíclica dedicada a la dignidad humana en tiempos de inteligencia artificial. La comparación histórica resulta significativa porque la revolución tecnológica actual puede modificar no solamente la manera en que producimos, sino también nuestra relación con el conocimiento, las decisiones y el poder.

En el siglo XIX, la pregunta era cómo impedir que el trabajador terminara subordinado a la máquina. En el siglo XXI, debemos preguntarnos cómo evitar que la persona termine subordinada al algoritmo.

No estamos frente a procesos idénticos, pero ambos comparten una característica: la extraordinaria capacidad de transformar nuestras sociedades antes de que sus instituciones hayan desarrollado todas las herramientas necesarias para administrar sus consecuencias.

La indiferencia: el problema que ninguna máquina puede resolver

Durante su visita al barrio de Casavalle, en Montevideo, León XIV recurrió a la parábola del buen samaritano para hablar de la pobreza, la inseguridad y la responsabilidad colectiva.

Su mensaje contenía una advertencia que debería trascender cualquier pertenencia religiosa: no podemos acostumbrarnos al sufrimiento ajeno ni convertir las dificultades de los demás en un elemento más del paisaje cotidiano.

La indiferencia aparece cuando dejamos de reconocer al otro como una persona cuya vida nos concierne. Cuando la pobreza se convierte exclusivamente en una estadística, el desempleo en una variable económica y la exclusión en un costo inevitable de nuestras decisiones.

Esta reflexión adquiere una profundidad particular en una sociedad que comienza a delegar cada vez más responsabilidades en sistemas automatizados.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a diagnosticar enfermedades, mejorar la educación, desarrollar nuevos conocimientos y aumentar la productividad. Sus posibilidades son extraordinarias y sería un error desconocerlas.

Pero también puede utilizarse para decidir quién accede a un empleo, quién recibe un crédito o qué personas quedan excluidas de determinados servicios, muchas veces mediante procedimientos difíciles de comprender o cuestionar.

El peligro no está solamente en que un algoritmo pueda equivocarse, sino en que los seres humanos dejemos de sentirnos responsables por sus decisiones.

Cuando una persona pierde una oportunidad por una evaluación automatizada, siempre debería existir alguien capaz de explicar, revisar y eventualmente corregir lo ocurrido.

De lo contrario, corremos el riesgo de construir una nueva forma de indiferencia: aquella en la que nadie asume las consecuencias porque todos aseguran que la decisión fue tomada por un sistema.

La nueva cuestión social

En 1891, Rerum Novarum cuestionaba una organización económica que podía convertir al trabajador en un simple instrumento de producción. En 2026, Magnifica Humanitas advierte sobre la concentración de datos, infraestructura tecnológica y capacidad de decisión en manos de un número reducido de actores.

Esta preocupación no implica que la innovación sea perjudicial ni que todas las empresas tecnológicas persigan los mismos objetivos. Señala, en cambio, la necesidad de discutir cómo se distribuyen sus beneficios, quién establece sus reglas y qué posibilidades tienen los ciudadanos de participar en esas decisiones.

El crecimiento de la inteligencia artificial podría liberar a millones de personas de tareas repetitivas, facilitar investigaciones científicas y mejorar numerosos servicios. También podría transformar ocupaciones, reducir la demanda de determinadas habilidades y aumentar las diferencias entre quienes disponen de herramientas tecnológicas y quienes carecen de acceso a ellas.

La cuestión fundamental consiste en determinar si esos cambios ampliarán las oportunidades humanas o profundizarán desigualdades preexistentes.

Una sociedad puede aumentar su productividad y, al mismo tiempo, deteriorar las condiciones de vida de una parte de sus trabajadores. Puede desarrollar tecnologías cada vez más sofisticadas y mantener instituciones incapaces de proteger a quienes quedan desplazados.

El progreso tecnológico no garantiza por sí mismo el progreso social. Para lograrlo hacen falta educación, oportunidades, reglas transparentes, instituciones responsables y una distribución razonable de los beneficios que produce el conocimiento.

Una responsabilidad que también pertenece al Estado y a las empresas

El mensaje de León XIV en Uruguay no se limitó a convocar a la solidaridad individual. También recordó la necesidad de que las comunidades religiosas, las organizaciones civiles y el Estado trabajen conjuntamente para enfrentar los problemas sociales.

Allí aparece una continuidad fundamental con León XIII: la dignidad humana no puede depender exclusivamente de la buena voluntad de las personas, porque también necesita instituciones capaces de protegerla.

En la era de la inteligencia artificial, esa responsabilidad involucra a los gobiernos, las empresas, las universidades y los propios ciudadanos.

Los Estados deben desarrollar capacidades para comprender y supervisar sistemas que influyen sobre derechos fundamentales. Las empresas tienen que asumir las consecuencias de las tecnologías que implementan, y los sistemas educativos necesitan preparar a las nuevas generaciones para un mundo laboral en transformación.

Pero también existe una responsabilidad colectiva que ninguna ley puede reemplazar: conservar la capacidad de reconocer al otro, escuchar sus dificultades y comprender que el bienestar individual está relacionado con las condiciones de vida de la comunidad.

La tecnología puede ofrecernos herramientas extraordinarias para enfrentar problemas históricos. Lo que no puede hacer es decidir por nosotros qué sociedad queremos construir.

El progreso necesita una conciencia

Quizás la enseñanza más importante que une a León XIII con León XIV sea que ninguna transformación económica o tecnológica debería quedar fuera del examen de la ética.

La humanidad ha demostrado una capacidad formidable para inventar herramientas, multiplicar la producción y ampliar las fronteras del conocimiento. Sin embargo, esa misma historia demuestra que el desarrollo de nuestras capacidades técnicas no siempre estuvo acompañado por un crecimiento equivalente de nuestra responsabilidad social.

La indiferencia que León XIV cuestionó en Uruguay es, en cierto sentido, una de las expresiones más peligrosas de esa distancia. Podemos disponer de información inmediata sobre el sufrimiento de millones de personas y continuar nuestras vidas como si nada ocurriera.

Podemos desarrollar sistemas capaces de procesar cantidades inmensas de información y, sin embargo, perder la capacidad de escuchar a quien tenemos enfrente.

Por eso, la gran discusión sobre la inteligencia artificial no debería reducirse a cuántos empleos reemplazará, cuántas empresas transformará o cuánto dinero permitirá producir. También debería abordar cómo preservaremos nuestra humanidad en una sociedad cada vez más automatizada.

La pregunta que León XIII planteó frente a las fábricas es la misma que León XIV recupera frente a los algoritmos: qué lugar ocupa la persona dentro de las transformaciones que ella misma produce.

No necesitamos elegir entre el progreso y la dignidad humana. Necesitamos comprender que un progreso incapaz de reconocer esa dignidad permanece incompleto.

Tal vez el verdadero desafío de nuestro tiempo no sea construir máquinas cada vez más inteligentes, sino evitar que, mientras ellas avanzan, nosotros nos volvamos cada vez más indiferentes.

Porque una sociedad puede aprender a automatizar casi todo, pero jamás debería automatizar su conciencia.

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