La batalla por la paz en Ucrania: alianzas tensas, cálculos cruzados y un Occidente dividido ante la presión de Washington y Moscú

Mientras avanza en Ginebra un plan de paz impulsado por Estados Unidos y negociado indirectamente con Rusia, Europa busca blindar a Ucrania para evitar una imposición que comprometa su seguridad futura. En paralelo, Trump recrudece sus ataques contra Zelenski y reconfigura la narrativa global sobre el conflicto, generando un escenario diplomático inédito que podría redefinir la arquitectura estratégica del siglo XXI.

Mundo24 de noviembre de 2025Alejandro CabreraAlejandro Cabrera
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Trump Zelenski

Hay momentos en los que la diplomacia deja de ser una conversación técnica y pasa a convertirse en la radiografía de un sistema político global que se desacomoda. Eso está ocurriendo ahora, en simultáneo, en dos escenarios que parece que no se tocan pero que están totalmente conectados: Ginebra, donde negociadores occidentales y ucranianos trabajan sobre un plan de paz que podría definir el futuro de la guerra; y Estados Unidos, donde Donald Trump volvió a atacar a Volodímir Zelenski, debilitando la imagen de cohesión que Kiev necesita desesperadamente para negociar desde una posición de fuerza.

Esa tensión —entre la diplomacia silenciosa y el ruido político más estridente— revela algo decisivo: el conflicto en Ucrania ya no se juega únicamente en el campo de batalla, sino en los discursos, en las señales, en las percepciones de debilidad o fortaleza que circulan entre Washington, Bruselas y Moscú. Lo que Europa busca es sencillo y a la vez gigantesco: evitar que un acuerdo mal diseñado deje a Ucrania vulnerable a un nuevo ataque ruso. Lo que Estados Unidos busca es cerrar un frente que consume recursos. Lo que Rusia busca es consolidar su posición, aunque sea mediante un “acuerdo de paz” que solo congele la guerra en sus términos.

Y lo que Zelenski necesita es sobrevivir políticamente a un proceso de negociación que lo obliga a conciliar imposibles: no ceder demasiado, no romper con Occidente, no perder apoyo interno, no quedar atrapado entre dos potencias que tienen urgencias distintas a las de Ucrania.

Ese es el contexto. Un equilibrio delicadísimo. Y por eso la palabra “paz” no significa lo mismo para quienes la pronuncian. Para algunos, es un cierre. Para otros, una pausa. Para otros, una derrota maquillada. Para otros, el comienzo de una nueva etapa estratégica.

Europa quiere garantías y Estados Unidos quiere cerrar el frente: el desfasaje que reconfigura la guerra
 

Mientras las delegaciones avanzan en Ginebra, la Unión Europea vive una inquietud creciente. Lo que se discute no es solo un acuerdo para detener la guerra, sino un rediseño completo del mapa de seguridad europeo. El borrador de 28 puntos que surgió de conversaciones entre Washington y Moscú —aunque nadie lo admita abiertamente— plantea la posibilidad de concesiones muy duras para Kiev: límites a su ejército, renuncia provisoria al ingreso a la OTAN, reconocimiento de facto de algunas ocupaciones y un estatus indefinido para Crimea.

Europa, especialmente los países del este, considera esa hoja de ruta inaceptable sin blindajes adicionales. Su miedo es concreto y simple: que el acuerdo se convierta en un “respiro” para Rusia, que luego retome su ofensiva con mayor fuerza si percibe debilidad occidental.

Por eso exigen, casi de manera unánime, tres condiciones estructurales:

  1.  Garantías de seguridad equivalentes al artículo 5 de la OTAN.
    Aunque Ucrania no ingrese formalmente, debe existir un compromiso automático de defensa si es atacada nuevamente.
  2. Fortalecimiento del ejército ucraniano.
    Europa no quiere que Ucrania desmilitarice zonas críticas sin compensaciones claras.
  3. Un sistema de sanciones automáticas y supervisión permanente.
    Quieren evitar la repetición del escenario de 2014, cuando Rusia anexó Crimea sin una respuesta contundente.
     

Mientras tanto, Estados Unidos mira el tablero con otra lógica. La administración actual busca cerrar la guerra antes de que la erosión política interna aumente. Washington necesita liberar recursos militares y diplomáticos para concentrarse en China, que considera su desafío estratégico central. Para la Casa Blanca, poner fin al conflicto —aunque sea mediante un acuerdo imperfecto— es mejor que sostener un desgaste indefinido.

Esto genera un desfasaje estructural:
Europa piensa en el territorio.
Estados Unidos piensa en el equilibrio global.

Y entre esas dos miradas queda atrapada Ucrania.

Zelenski sabe que necesita garantías concretas, porque un acuerdo sin protección equivaldría a un suicidio estratégico. Pero también entiende que no puede darse el lujo de rechazar todo, porque su país no tiene recursos infinitos ni una economía capaz de sostener un conflicto eterno. Necesita ayuda militar, ayuda financiera y, sobre todo, unidad occidental.

Y es ahí donde los ataques de Trump complican todo el equilibrio. Su discurso erosiona la cohesión política que sostenía la ayuda a Ucrania. En una guerra que se ganó tanto por convicción moral como por logística militar, esa erosión no es un detalle: es una amenaza real.

Zelenski ha logrado sostener una narrativa poderosa —la de un país pequeño resistiendo a una potencia invasora—, pero esa narrativa necesita ser acompañada por señales claras desde Washington. Trump hace lo contrario: introduce dudas, genera desgaste, fomenta divisiones.

Europa observa ese fenómeno con alarma. Porque si Estados Unidos reduce su compromiso, la UE queda expuesta a absorber la mayor parte del esfuerzo sin tener una arquitectura de defensa preparada para eso. Y, más grave aún, quedaría sin un paraguas nuclear frente a una Rusia que se ha mostrado impredecible.

Por eso los europeos están más inquietos que nunca. Porque saben que un acuerdo mal diseñado puede ser peor que la guerra. Puede ser el prólogo de una agresión futura, no su cierre.

La discusión de fondo es monumental:
¿La paz en Ucrania debe responder a las urgencias de Estados Unidos o a las necesidades de Europa?

Ambas respuestas llevan a caminos distintos. Y las tensiones dentro de la OTAN revelan que no hay consenso claro.


Trump reescribe la narrativa mientras Zelenski intenta no perder la iniciativa
 
 

 

En paralelo a este proceso diplomático, Donald Trump lanzó una serie de ataques verbales contra Zelenski que no pasaron inadvertidos. Lo acusó de “perjudicar la paz”, criticó la estrategia militar ucraniana y sugirió que la guerra podría haberse evitado si Kiev hubiera aceptado concesiones al comienzo del conflicto.

Estas declaraciones tienen tres efectos estratégicos inmediatos:

1. Debilitan la autoridad diplomática de Zelenski.
Cada vez que un líder estadounidense cuestiona públicamente al presidente ucraniano, el Kremlin interpreta que la cohesión occidental se rompe. Y observa.

2. Generan incertidumbre dentro de la propia OTAN.
Los aliados europeos se preguntan si un retorno de Trump al poder o su influencia sobre el Congreso podría cambiar el apoyo a Ucrania.

3. Presionan a la administración actual.
Porque obligan a Washington a mostrar más dureza en la negociación para evitar la percepción de que están “entregando” a Ucrania.

Trump opera con lógica electoral, pero su discurso tiene impacto real. Influye en la opinión pública norteamericana, que ya comienza a mostrar signos de fatiga con la guerra. Influye en los republicanos del Congreso, que condicionan el financiamiento militar. E influye en Europa, que ve con preocupación la posibilidad de un giro abrupto en la política exterior estadounidense.

Zelenski intenta compensar ese desgaste mediante una estrategia dual:
reforzar su narrativa internacional —Ucrania como defensora del orden democrático— y mantener la resistencia militar en puntos clave del frente para mostrar que el país aún puede pelear. Para él, el peor escenario sería llegar a una mesa de negociación debilitado políticamente y desgastado militarmente.

Su dilema es casi imposible:
si acepta concesiones profundas, pierde legitimidad interna;
si las rechaza, pierde apoyo externo.

Y todo eso ocurre mientras la guerra ya no tiene el impulso inicial de 2022, pero sí mantiene su brutalidad, su costo humano y su desgaste económico.

Europa lo sabe. Y por eso presiona para que el plan de paz incluya compromisos concretos a largo plazo. No quieren que Ucrania firme un acuerdo que solo beneficie a Rusia o que permita a Trump presentarlo como una victoria personal. Los europeos necesitan estabilidad. Y esa estabilidad solo es posible si Ucrania queda extremadamente bien protegida.

Por eso el clima diplomático es una bomba.
Trump ataca.
Zelenski resiste.
Washington negocia.
Europa exige.
Moscú espera.

La paz, en este contexto, es un rompecabezas emocional y estratégico.

Ningún actor puede obtener todo lo que quiere.
Y cada gesto comunicacional puede mover el tablero militar.

La guerra en Ucrania está entrando en su fase más política. No es solo un conflicto territorial: es una disputa por quién define las reglas del futuro europeo. La paz no puede ser un acto de voluntad unilateral ni una concesión apresurada. Debe ser una arquitectura sólida que evite que Rusia vuelva a atacar y que Europa quede desprotegida.

El problema es que las urgencias de Estados Unidos, los temores de Europa, las necesidades de Ucrania y las ambiciones de Moscú son irreconciliables. El resultado será un acuerdo frágil o una negociación interminable. Pero lo que está claro es que la guerra ya transformó la política internacional. Y la paz —cuando llegue— lo hará aún más.

 
 


 

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