De “dinamitar” el Banco Central a reformarlo: el Milei pragmático que gobierna muy lejos del candidato incendiario

Javier Milei llegó a la Presidencia prometiendo dolarizar la economía, cerrar el Banco Central y terminar definitivamente con el peso. Dos años y medio después, el BCRA sigue funcionando y el Gobierno propone fortalecer su independencia mediante una nueva Carta Orgánica. El cambio puede ser razonable desde la gestión, pero expone una característica cada vez más evidente del Presidente: utiliza un discurso maximalista para conquistar poder y después gobierna con mucho más pragmatismo del que está dispuesto a admitir.
Opinión08 de agosto de 2026Alejandro CabreraAlejandro Cabrera

“Quiero dinamitar el Banco Central. Quiero que se rompa todo y queden todos los escombros”. No fue una exageración atribuida por sus adversarios ni una interpretación periodística del programa libertario. Javier Milei construyó durante años una parte sustancial de su identidad política alrededor de la idea de que el Banco Central era esencialmente una institución dañina, responsable de permitir que la política financiara sus déficits mediante emisión monetaria y, por esa vía, confiscara indirectamente los ingresos de los argentinos a través de la inflación. Tres años después de aquella consigna, el Presidente ya no pretende dinamitarlo: envió al Congreso un proyecto para reformarlo, fortalecer la estabilidad de sus autoridades, darle mayor independencia frente al Poder Ejecutivo y convertir la preservación del valor de la moneda en su misión central.

No se trata de una diferencia semántica menor. Cerrar un Banco Central y reformar su Carta Orgánica son proyectos conceptualmente distintos. Uno parte de la idea de que la institución es innecesaria o inherentemente perjudicial; el otro reconoce que debe existir, administrar funciones monetarias, proporcionar liquidez al sistema financiero, regular determinadas actividades y contar con autoridades protegidas frente a las presiones circunstanciales del poder político. El Milei candidato proponía eliminar la institución. El Milei presidente está intentando institucionalizarla.

Ese recorrido dice mucho más sobre Javier Milei que sobre el Banco Central. Muestra la enorme distancia que existe entre el dirigente que necesitaba diferenciarse de todos para alcanzar el poder y el Presidente que, una vez sentado en la Casa Rosada, debe convivir con restricciones jurídicas, económicas, políticas, sociales e internacionales que durante la campaña parecían irrelevantes. También demuestra que buena parte de aquella radicalidad funcionaba extraordinariamente bien como instrumento electoral, aunque mucho menos como manual literal de gobierno.

No era una metáfora: Milei prometió cerrar el Banco Central

Existe una tendencia comprensible dentro del oficialismo a reinterpretar retrospectivamente las consignas de 2023. Según esta nueva lectura, “dinamitar” el Banco Central nunca habría significado necesariamente eliminar físicamente la institución, sino quitarle la capacidad de emitir para financiar al Estado. Incluso desde la Casa Rosada se presentó ahora la reforma como algo “equivalente a cerrarlo”, porque reduciría drásticamente las posibilidades de utilizarlo para financiar al Tesoro.

El problema es que eso no coincide con lo que Milei decía cuando pedía el voto.

Durante el debate presidencial del 12 de noviembre de 2023, Sergio Massa le preguntó directamente si dolarizaría la economía. Milei respondió sin ambigüedades: “Sí, vamos a dolarizar la economía. Vamos a cerrar el Banco Central”. Después explicó nuevamente que pretendía “terminar” con la institución porque consideraba que era el origen de la inflación. No habló de modificar su mandato, independizar su directorio ni impedirle otorgar adelantos transitorios al Tesoro. Habló de cerrarlo.

La dolarización y la eliminación del Banco Central eran, además, dos partes de un mismo programa. Si Argentina abandonaba el peso y adoptaba otra moneda, el BCRA perdía una de sus razones fundamentales de existencia como autoridad emisora. Por eso ambas propuestas eran presentadas juntas y constituían uno de los rasgos que diferenciaban a Milei no solamente del peronismo, sino también de Mauricio Macri, Patricia Bullrich y el liberalismo económico tradicional.

No ocurrió ninguna de las dos cosas.

Argentina sigue teniendo peso. Sigue teniendo Banco Central. El BCRA sigue administrando reservas, interviniendo en el mercado cambiario, regulando bancos y actuando sobre la liquidez del sistema. Y la dolarización formal prometida durante la campaña fue transformándose gradualmente en conceptos mucho menos rupturistas como “competencia de monedas”, “dolarización endógena” o libertad contractual para utilizar distintas divisas. El Gobierno habilitó mecanismos que permiten una mayor utilización del dólar, pero eso no equivale a reemplazar el peso por la moneda estadounidense, como se prometió explícitamente en 2023.

La discusión, entonces, no debería consistir en negar esa transformación. Está a la vista. La pregunta más interesante es si ese cambio constituye una traición al programa o una adaptación inevitable a la realidad.

El Banco Central que iba a desaparecer ahora debe ser independiente

La reforma anunciada el 30 de julio tiene varios componentes que podrían defender perfectamente economistas que jamás propusieron eliminar un Banco Central. El proyecto establece como misión fundamental preservar el valor de la moneda, prohíbe el financiamiento directo e indirecto del Tesoro, busca eliminar las letras intransferibles, restringe la posibilidad de distribuir utilidades contables que no representen ganancias genuinas y endurece las condiciones para remover a las autoridades del organismo. Para desplazar al presidente o al directorio se pretende exigir mayorías de dos tercios en ambas cámaras del Congreso.

Es decir: el hombre que sostenía que un Banco Central era esencialmente una máquina mediante la cual los políticos robaban a la población ahora pretende construir un Banco Central mejor protegido de esos políticos.

Y quizás sea una buena idea.

La prohibición de financiar directamente al Tesoro es habitual en bancos centrales de la región. El establecimiento de una prioridad clara sobre la estabilidad de precios también tiene antecedentes internacionales, aunque existen modelos diferentes: el Banco Central Europeo prioriza la estabilidad de precios mientras que la Reserva Federal estadounidense combina objetivos como estabilidad de precios y máximo empleo. Brasil, Chile y Uruguay también complementan el objetivo inflacionario con otras responsabilidades vinculadas con la estabilidad financiera.

Incluso el FMI recomendó fortalecer la independencia, la gobernanza y los resguardos institucionales del Banco Central argentino. Es difícil encontrar algo particularmente anarcocapitalista en esa recomendación. De hecho, se parece bastante más al consenso tradicional de la ortodoxia económica internacional que a la propuesta revolucionaria con la que Milei irrumpió en la política argentina.

Ahí aparece la paradoja.

El Milei que llegó para destruir el Banco Central está proponiendo algo que muchos economistas convencionales llevan décadas reclamando: un Banco Central independiente, limitado en su capacidad de financiar al Gobierno y concentrado en controlar la inflación.

Eso no vuelve mala a la reforma. Pero vuelve imposible sostener seriamente que nada cambió.

El pragmatismo puede ser una virtud; negar el pragmatismo es el problema

Gobernar obliga a cambiar. Todos los presidentes descubren que algunas propuestas que parecían posibles desde una tribuna electoral se vuelven impracticables cuando deben administrar reservas, vencimientos de deuda, bancos, importaciones, contratos, legislación, relaciones exteriores y millones de decisiones económicas individuales.

En ese sentido, que Milei haya moderado algunas de sus posiciones no necesariamente debe ser leído como un defecto. Podría interpretarse exactamente al revés: como la adquisición de una dosis de pragmatismo que suele ser indispensable para gobernar.

El problema aparece cuando ese pragmatismo convive con una retórica que continúa presentando cada decisión como si fuera exactamente la aplicación del programa original.

Si cerrar el Banco Central era imprescindible para terminar con la inflación, ¿por qué ahora alcanza con reformarlo? Si dolarizar era la solución definitiva para impedir que los políticos manipularan la moneda, ¿por qué resulta aceptable conservar el peso bajo una autoridad monetaria reformada? Si el Banco Central era intrínsecamente perverso, ¿cómo puede convertirse en una institución aceptable simplemente mediante una modificación legislativa?

Son preguntas legítimas porque la radicalidad inicial fue utilizada precisamente para descalificar las posiciones intermedias.

Milei no decía en 2023 que había dos caminos razonables para solucionar el problema monetario argentino y que prefería uno. Sostenía que quienes defendían el Banco Central eran funcionales a un mecanismo de robo inflacionario. No proponía una reforma gradual. Prometía eliminar la institución.

Cuando el discurso convierte cualquier alternativa en inmoral, corrupta o absurda, después resulta mucho más difícil explicar que esa alternativa terminó siendo la que uno mismo eligió.

El método Milei: empezar en cien para terminar negociando en cincuenta

La transformación del Banco Central puede leerse dentro de un fenómeno más amplio de su presidencia. Milei suele comenzar las discusiones desde una posición maximalista y después retroceder hasta encontrar un punto políticamente ejecutable, pero conserva durante todo el proceso una retórica que presenta el resultado final como una victoria absoluta.

Se vio con numerosas reformas legislativas. Proyectos originalmente enormes terminaron siendo recortados para construir mayorías. Capítulos que el Gobierno consideraba fundamentales fueron retirados cuando los votos no alcanzaron. Reformas que iban a transformar completamente determinadas áreas terminaron convertidas en modificaciones parciales.

Eso no es necesariamente incompetencia. En política se llama negociar.

Lo llamativo es que Milei construyó buena parte de su ascenso denunciando justamente ese comportamiento como una característica de “la casta”. La política tradicional era para él el territorio del acuerdo, la transacción, el gradualismo y el intercambio de concesiones. El libertario llegaba supuestamente para romper ese mecanismo mediante convicciones que no serían negociadas.

La experiencia de gobierno demostró algo bastante más convencional: Milei también negocia, retrocede, espera, modifica proyectos, prioriza objetivos y abandona otros cuando la correlación de fuerzas lo obliga.

La diferencia sigue estando fundamentalmente en el lenguaje.

Donde otros presidentes hablan de una negociación, Milei puede describir una victoria histórica. Donde una promesa fue modificada, el relato oficial puede sostener que simplemente cambió el mecanismo para alcanzar el mismo objetivo. Donde originalmente iba a desaparecer una institución, ahora puede afirmarse que reformarla es “equivalente” a cerrarla.

Ese procedimiento mantiene cohesionada a su base, pero tiene un costo: vuelve cada vez más difícil distinguir entre una promesa concreta y una metáfora electoral.

Dolarización: de promesa central a horizonte indefinido

La dolarización es probablemente el mejor ejemplo junto con el Banco Central.

No fue una propuesta secundaria de la campaña de 2023. Fue una de las razones principales por las que Milei se convirtió en una figura internacional. Argentina podía convertirse en uno de los experimentos monetarios más radicales del mundo: eliminar el peso como moneda dominante y renunciar a la capacidad estatal de emisión.

Más de dos años y medio después, eso no ocurrió.

El Gobierno fue reemplazando gradualmente aquel objetivo por la idea de permitir que argentinos elijan en qué moneda realizan sus operaciones. Esa competencia de monedas puede aumentar el uso cotidiano del dólar y reducir voluntariamente la demanda de pesos, pero conceptualmente no es lo mismo que una dolarización formal.

La diferencia importa porque el mecanismo también modifica los riesgos.

Una dolarización completa elimina la capacidad de emitir pesos porque directamente elimina o vuelve residual la moneda local. La competencia de monedas mantiene el peso y mantiene al Banco Central, aunque intenta disciplinar a ambos mediante restricciones fiscales, monetarias y la posibilidad de que los ciudadanos utilicen otras divisas.

Paradójicamente, esa arquitectura es más flexible y probablemente más políticamente viable que la propuesta original.

Es también bastante menos revolucionaria.

Milei consiguió resultados que explican por qué puede permitirse cambiar

La crítica a las promesas incumplidas tampoco debería llevar a negar los resultados que el Gobierno utiliza para justificar su evolución.

Milei recibió una economía con una inflación anual de 211% en 2023 y consiguió reducir sustancialmente el ritmo inflacionario durante su administración. Reuters señala que las proyecciones para 2026 ubican la inflación anual alrededor del 30%, todavía elevada según cualquier parámetro internacional, pero enormemente inferior a la dinámica heredada.

Ese resultado le permite argumentar algo políticamente poderoso: pudo reducir drásticamente la inflación sin cerrar el Banco Central y sin dolarizar.

Pero justamente allí reside una contradicción todavía más interesante.

Si el éxito antiinflacionario del Gobierno se produjo con peso y Banco Central, entonces la experiencia de su propia administración parece demostrar que aquellas dos medidas no eran condiciones indispensables para estabilizar la economía.

La explicación libertaria sería que el elemento esencial nunca fue el edificio del Banco Central sino la emisión para financiar el déficit. Si se elimina el déficit fiscal y se impide que la autoridad monetaria financie al Tesoro, sostiene el Gobierno, desaparece el mecanismo que genera inflación.

Es un argumento intelectualmente defendible.

Pero es un argumento diferente del que se utilizó para hacer campaña.

El candidato decía: hay que cerrar el Banco Central.

El Presidente parece estar concluyendo: hay que impedir que el Banco Central financie al poder político.

La segunda formulación es mucho más moderada, institucional y convencional. Quizás también sea mejor. Pero habría sido muy difícil construir alrededor de ella la épica antisistema que llevó a Milei a la Presidencia.

La exageración como estrategia política

Milei comprendió antes que muchos dirigentes que en la Argentina de 2023 las propuestas técnicamente moderadas tenían una enorme dificultad para atravesar el ruido político.

Decir “quiero fortalecer la independencia de la autoridad monetaria y prohibir los adelantos transitorios al Tesoro” difícilmente hubiera llenado estadios.

Decir “voy a dinamitar el Banco Central” sí.

La exageración no fue entonces simplemente un rasgo temperamental. Fue una tecnología electoral.

Permitió convertir conceptos económicos relativamente abstractos —emisión, déficit, dominancia fiscal, independencia monetaria— en imágenes comprensibles para cualquier ciudadano. El Banco Central dejó de ser una institución compleja y pasó a representar físicamente al responsable de la inflación. La motosierra representó el ajuste del Estado. La casta representó a la clase política. La dolarización representó la imposibilidad futura de que un gobierno volviera a imprimir dinero.

Esa simplificación fue extraordinariamente eficaz.

El problema aparece cuando llega el momento de gobernar.

Las sociedades pueden aceptar que un Presidente cambie. Lo que resulta más complicado es aceptar que una promesa explícita sea posteriormente reinterpretada como si nunca hubiera significado lo que todos escucharon.

Milei podría defender la reforma diciendo algo bastante sencillo: cerrar el Banco Central no resultó necesario ni viable; encontramos un mecanismo institucional diferente para atacar el mismo problema.

Sería una admisión de pragmatismo.

Hasta ahora, el Gobierno prefiere otra construcción: asegurar que reformarlo equivale, en términos funcionales, a haber cumplido aquella promesa.

Es mucho más conveniente políticamente, pero bastante menos convincente intelectualmente.

El libertario que descubrió las instituciones

Hay otra ironía especialmente interesante en el proyecto.

La nueva Carta Orgánica pretende aumentar la independencia del presidente del Banco Central respecto del propio Presidente de la Nación. También busca dificultar su remoción mediante mayorías especiales del Congreso y limitar las posibilidades futuras de que otro Gobierno utilice el organismo de manera diferente.

Eso significa que Milei, que construyó su carrera política cuestionando buena parte de las instituciones económicas del Estado, está intentando ahora crear instituciones más fuertes para limitar a quienes gobiernen después de él.

Es una transformación conceptual importante.

Ya no alcanza con confiar en que un buen Presidente no emita. Hay que diseñar reglas para impedir que uno malo pueda hacerlo.

Eso es exactamente lo que las democracias liberales tradicionales llaman institucionalidad: asumir que el problema no se resuelve esperando gobernantes virtuosos sino construyendo límites que funcionen independientemente de quién ocupe el poder.

Hay una evolución positiva en ese razonamiento.

Pero nuevamente aparece la contradicción con el discurso original. El libertario antisistema que prometía destruir la institución terminó descubriendo que quizás la solución era mejorar sus reglas.

Una ley tampoco garantiza que el problema esté resuelto para siempre

Existe además una debilidad concreta que el discurso presidencial tiende a minimizar.

La Carta Orgánica del Banco Central es una ley. Si el Congreso aprueba la reforma, otro Congreso futuro puede modificarla nuevamente. Reuters señaló precisamente que especialistas advierten que las restricciones pueden ser revertidas por una administración posterior si consigue las mayorías legislativas necesarias.

Por lo tanto, presentar la reforma como una garantía definitiva contra la emisión también resulta exagerado.

Puede ser una barrera institucional relevante. Puede elevar el costo político de financiar al Tesoro. Puede contribuir a aumentar la credibilidad del Banco Central. Puede incluso ayudar a consolidar un régimen monetario más estable.

Pero no vuelve irreversible ninguna política económica.

La única manera de garantizar realmente que jamás vuelva a existir financiamiento monetario sería una arquitectura jurídica mucho más difícil de modificar o, precisamente, eliminar la posibilidad de emitir moneda nacional mediante una dolarización completa.

Y eso es justamente lo que Milei ya no está proponiendo.

La contradicción que define al Milei presidente

La transformación desde “dinamitar el Banco Central” hasta reformar su Carta Orgánica resume quizás mejor que cualquier otra medida la evolución política de Javier Milei.

El Presidente conserva la estética del outsider, el vocabulario incendiario y la necesidad de presentar la política como una batalla moral entre quienes producen y quienes parasitan. Pero su práctica cotidiana se parece cada vez más a la de cualquier gobernante obligado a administrar restricciones.

Negocia con gobernadores. Modifica leyes para conseguir votos. Mantiene instituciones que prometió eliminar. Cambia instrumentos cuando las condiciones económicas lo requieren. Acepta recomendaciones del FMI. Construye mayorías parlamentarias. Conserva el peso. Conserva el Banco Central. Y ahora intenta fortalecerlo jurídicamente.

Eso no significa que Milei se haya convertido en un socialdemócrata ni que haya abandonado su orientación liberal. El rumbo general de su administración continúa siendo profundamente diferente al de los gobiernos anteriores: reducción del déficit, desregulación, apertura, menor intervención estatal y una concepción monetaria extremadamente restrictiva.

La transformación ocurrió en otro lugar.

Milei descubrió que entre una idea y su ejecución existe la política.

Y quizás esa sea la principal lección de sus primeros dos años y medio de Gobierno.

El candidato podía prometer que iba a destruir instituciones, dolarizar inmediatamente, derrotar a la casta y reconstruir de raíz el Estado argentino. El Presidente necesita presupuestos, votos, reservas, funcionarios, leyes, bancos, acuerdos internacionales y tiempo.

El pragmatismo no debería ser condenado automáticamente. En muchos casos es exactamente lo que evita que una administración convierta sus convicciones ideológicas en experimentos irresponsables.

Pero entonces también corresponde revisar el valor de las promesas.

Porque si después de llegar al poder cada afirmación extrema puede convertirse en una metáfora, cada promesa literal puede transformarse en “un horizonte” y cada retroceso puede ser presentado como una nueva forma de victoria, el problema deja de ser económico.

Pasa a ser político.

Milei puede tener buenos argumentos para conservar y reformar el Banco Central. Lo que ya no puede sostener con la misma facilidad es que eso sea lo mismo que aquello que prometió hacer.

Dinamitar una institución y fortalecer su independencia son dos cosas diferentes.

Que la segunda termine siendo más sensata que la primera quizás no sea una derrota para el Gobierno.

Pero sí es una derrota para la literalidad del Milei candidato.

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