
Baja la pobreza, pero no repunta el bolsillo: la paradoja de una Argentina con salarios estancados y consumo en caída
Alejandro CabreraHay una pregunta cada vez más difícil de responder solamente con los grandes indicadores que celebra el Gobierno: si la pobreza y la indigencia bajaron con tanta fuerza, ¿por qué buena parte de la economía cotidiana sigue transmitiendo una sensación tan diferente? Los salarios reales no muestran un crecimiento sostenido, el consumo interno continúa ofreciendo señales de debilidad, comercios y pymes describen un mercado retraído y millones de hogares parecen haber reducido sus gastos a pesar de la desaceleración inflacionaria.
La contradicción es más aparente que real. La pobreza puede bajar al mismo tiempo que el consumo permanece estancado o retrocede porque ambos indicadores miden fenómenos diferentes. Un hogar deja de ser considerado pobre cuando sus ingresos superan determinado valor de la Canasta Básica Total. No necesita recuperar el nivel de consumo que tenía años atrás, volver a ahorrar, comprar ropa, cambiar un electrodoméstico o salir a comer. Basta con que cruce esa línea.
Ese detalle metodológico permite comprender buena parte de la Argentina actual. El último dato oficial disponible corresponde al segundo semestre de 2025 y ubicó la pobreza en el 28,2% de las personas y la indigencia en 6,3%. Es una caída muy significativa y sería incorrecto desconocerla. En el primer semestre de 2024, después de la devaluación inicial del gobierno de Javier Milei y del salto inflacionario posterior, la pobreza había llegado al 52,9% y la indigencia al 18,1%.
Pero también hay que mirar desde dónde comenzó la recuperación. El 52,9% fue un pico extraordinariamente alto provocado en buena medida por una licuación abrupta de ingresos durante los primeros meses de la administración libertaria. Cuando la inflación empezó a desacelerarse y los ingresos comenzaron a recuperar parcialmente lo perdido, millones de personas volvieron a atravesar hacia arriba la línea estadística de pobreza. Por lo tanto, una parte de la mejora posterior representa la recuperación del enorme deterioro ocurrido al comienzo del propio programa económico.
Esto no significa que la baja sea ficticia. El 28,2% también está claramente por debajo del 41,7% que se registraba durante el segundo semestre de 2023. Hay una mejora real que necesita ser reconocida. La discusión más interesante empieza después: cuánto de esa mejora representa una transformación estructural de las condiciones de vida y cuánto corresponde a hogares que consiguieron quedar apenas por encima de una línea estadística mientras continúan atravesando enormes restricciones económicas.
Existe además un problema temporal fundamental. Todavía no conocemos la pobreza correspondiente al primer semestre de 2026. El INDEC recién publicará ese informe el 24 de septiembre. Es decir que cuando el Gobierno utiliza actualmente el 28,2% como demostración del éxito social del modelo está mostrando una fotografía que termina en diciembre de 2025, mientras que buena parte de los indicadores que generan preocupación —salarios, consumo, actividad comercial y empleo— corresponden ya a 2026.
Salir de la pobreza no significa recuperar el nivel de vida
La forma más sencilla de entenderlo es imaginar una familia cuya Canasta Básica Total cuesta $1,4 millones y tiene ingresos mensuales por $1,35 millones. Para el INDEC esa familia es pobre. Si unos meses después la canasta pasa a $1,5 millones pero sus ingresos aumentan a $1,52 millones, estadísticamente dejó de serlo.
La diferencia, sin embargo, es mínima. Esa familia probablemente continúa sin capacidad de ahorro, puede seguir endeudándose para afrontar gastos extraordinarios, reduciendo consumos, postergando arreglos en la vivienda, evitando salidas, comprando segundas marcas o dejando para más adelante la renovación de ropa y electrodomésticos.
La pobreza es una medición de umbral. El consumo, en cambio, refleja cuánto efectivamente pueden gastar las personas después de pagar el conjunto de obligaciones que enfrentan todos los meses.
Y esas obligaciones no están representadas de igual manera por la Canasta Básica Total. Alquileres, expensas, electricidad, gas, transporte, comunicaciones, prepagas, colegios, medicamentos, cuotas, tarjetas y deudas pueden absorber una proporción creciente del presupuesto familiar aunque técnicamente ese hogar haya conseguido superar la línea de pobreza.
En ese contexto también resulta fundamental distinguir salario de ingreso familiar. El INDEC no calcula la pobreza mirando únicamente el recibo de sueldo de un trabajador privado registrado. Considera todos los ingresos de las personas que viven en un hogar: salarios registrados e informales, jubilaciones, pensiones, trabajo por cuenta propia, transferencias sociales y otros ingresos.
Durante el primer trimestre de 2026, aproximadamente el 77,7% de los ingresos totales de los hogares relevados por la Encuesta Permanente de Hogares correspondía a ingresos laborales y el 22,3% restante a ingresos no laborales. En los sectores más pobres la importancia de estos últimos es todavía mayor.
Ahí aparece uno de los factores decisivos para explicar especialmente la caída de la indigencia: el fortalecimiento de determinadas transferencias focalizadas, particularmente la Asignación Universal por Hijo. La Oficina de Presupuesto del Congreso estimó que la AUH, la Prestación Alimentar y el Plan 1000 Días evitaron que alrededor de 1,5 millones de personas permanecieran debajo de la línea de pobreza y que aproximadamente 2,6 millones quedaran debajo de la línea de indigencia.
Por eso también es demasiado simplista atribuir toda la reducción de la pobreza exclusivamente al funcionamiento del mercado. Una parte relevante se explica por transferencias estatales dirigidas precisamente a los hogares ubicados en la parte inferior de la distribución de ingresos.
Incluso la evolución de las propias canastas resulta determinante. Un reciente trabajo del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA analizó el fenómeno utilizando una metodología alternativa, con una canasta más actualizada y correcciones sobre la captación de ingresos. El resultado no elimina la caída de la pobreza, pero la muestra como un proceso más acotado y menos lineal.
La investigación identifica dos grandes componentes detrás de la mejora registrada entre 2024 y 2025: una recuperación parcial de los ingresos laborales después del desplome inicial y una evolución de las canastas básicas más favorable que la inflación general. En otras palabras, durante determinados períodos el costo de la canasta utilizada para determinar si alguien es pobre aumentó menos que el conjunto de los precios de la economía.
Esto permite otra situación que parece paradójica: una persona puede mejorar respecto de la línea de pobreza sin recuperar completamente su poder adquisitivo frente al conjunto de bienes y servicios que consume.
Los salarios muestran precisamente esa fragilidad. Un informe del Instituto Interdisciplinario de Economía Política de la UBA, basado en los registros del SIPA, estimó que en mayo de 2026 la remuneración promedio real de los trabajadores privados registrados se encontraba aproximadamente 3% por debajo de noviembre de 2023. Había conseguido superar ese nivel entre junio de 2025 y febrero de este año, pero volvió a perforarlo durante los meses siguientes.
Eso significa que, según esta medición, después de más de dos años de gobierno de Milei el salario privado registrado promedio no había logrado consolidar una mejora respecto del punto de partida.
La micro sigue sin acompañar el relato de la estabilización
El consumo ayuda a completar el panorama. Las ventas de supermercados medidas a precios constantes acumularon una caída del 2,8% durante los primeros cinco meses de 2026 y las de los autoservicios mayoristas retrocedieron 3%. El consumo masivo medido por la consultora Scentia registró en junio una baja interanual del 2,7% y terminó el primer semestre aproximadamente 2,9% debajo del mismo período del año anterior.
Los números más recientes de las pymes tampoco modificaron la tendencia. En julio las ventas minoristas pyme cayeron 3,8% interanual, retrocedieron 2,1% frente a junio y acumularon una disminución del 2,7% durante los primeros siete meses del año.
Es difícil caracterizar semejante escenario como una recuperación sólida del mercado interno. Puede existir estabilidad macroeconómica y simultáneamente una economía doméstica extremadamente ajustada.
La explicación es bastante sencilla: cuando los ingresos apenas alcanzan para acompañar determinados gastos esenciales, una familia puede dejar estadísticamente la pobreza pero no generar prácticamente ninguna demanda adicional. Primero paga comida, alquiler, tarifas, transporte, medicamentos, educación y deudas. Lo que queda después de esos gastos es lo que determina buena parte del movimiento de la economía real.
Por eso los comerciantes pueden vender menos aun cuando haya menos pobres.
La situación también pone en perspectiva la celebración del Gobierno por el 0,8% de inflación mayorista de julio. El dato es positivo y fue efectivamente el registro mensual más bajo en catorce meses. Javier Milei lo festejó inmediatamente con una publicación en redes sociales en la que afirmó que julio finalmente había “empezado con cero”.
Pero el número requiere contexto.
En el mismo mes, la inflación que efectivamente enfrenta el consumidor fue del 2,1%. La Canasta Básica Total que determina la línea de pobreza aumentó 2,2% y la Canasta Básica Alimentaria, utilizada para establecer la indigencia, avanzó 2,6%.
Es decir que mientras el Gobierno celebraba un 0,8% de inflación mayorista, los alimentos y productos esenciales que forman la línea de indigencia aumentaban a un ritmo más de tres veces superior.
Además, el resultado mayorista estuvo fuertemente influenciado por el comportamiento del petróleo y el gas. Los precios de ese componente retrocedieron 9,2% durante julio y restaron alrededor de 0,9 puntos porcentuales al índice general. Sin esa caída, distintos cálculos privados sobre los propios componentes del índice ubican la inflación mayorista cercana al 1,7%.
Nada de esto invalida que el 0,8% sea una buena noticia. Lo que invalida es utilizarlo como una descripción completa de la inflación que enfrentan los hogares.
El éxito principal del programa económico de Milei hasta ahora es haber logrado desacelerar de manera contundente una inflación que amenazaba con entrar en una dinámica todavía más peligrosa. También es cierto que la pobreza retrocedió fuertemente desde el dramático pico alcanzado durante los primeros meses de su administración y terminó 2025 incluso por debajo del nivel heredado.
Pero esos resultados conviven con otra Argentina.
La del trabajador privado cuyo salario real todavía no consigue separarse claramente del nivel de noviembre de 2023. La del jubilado que concentra cada vez más recursos en medicamentos, alimentos y servicios. La del comerciante que encuentra menos clientes. La del supermercado que vende menos unidades. La del hogar que dejó estadísticamente de ser pobre pero continúa utilizando la tarjeta para llegar a fin de mes. La del consumidor que dejó de comprar aquello que no considera imprescindible.
Por eso la verdadera pregunta ya no debería ser solamente cuántas personas salieron de la pobreza, sino en qué condiciones quedaron después de atravesar esa frontera.
Una economía puede reducir la pobreza monetaria sin crear todavía una clase media más fuerte. Puede mejorar la estabilidad de precios sin recuperar el consumo. Puede ordenar variables macroeconómicas mientras mantiene deprimida la demanda doméstica. Puede incluso exhibir crecimiento en algunos sectores exportadores mientras el comercio barrial continúa sufriendo.
El desafío para el Gobierno empieza precisamente ahí. Después de la estabilización, debe demostrar que puede transformar la desaceleración inflacionaria en crecimiento del salario real, la mejora del salario en consumo, el consumo en ventas, las ventas en inversión y la inversión en empleo.
De lo contrario, la Argentina podría consolidar una situación bastante particular: menos personas oficialmente pobres, pero una enorme cantidad de trabajadores y familias viviendo apenas por encima de esa frontera, sin ahorro, con menor consumo y con una sensación cotidiana de fragilidad económica.
El próximo dato de pobreza, que se conocerá el 24 de septiembre y corresponderá al primer semestre de 2026, será por eso mucho más importante que una nueva celebración por un índice aislado. Permitirá saber si la mejora social consiguió sostenerse cuando la recuperación salarial perdió fuerza y la microeconomía volvió a mostrar señales de agotamiento.
Hasta entonces, el 28,2% es un dato verdadero, pero pertenece a una fotografía del año pasado. Y el 0,8% mayorista también es verdadero, pero no representa la inflación que paga una familia.
Entre ambos números está la economía que todavía falta explicar.


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