
Malvinas vuelve al centro de la geopolítica: Trump dijo que podría mediar entre Argentina y Reino Unido
Alejandro CabreraDurante décadas, el mayor problema argentino en la cuestión Malvinas no fue conseguir declaraciones internacionales favorables. Buenos Aires obtuvo resoluciones de Naciones Unidas, pronunciamientos latinoamericanos, respaldo de China y apoyos recurrentes del Sur Global para que el Reino Unido vuelva a negociar. El verdadero problema siempre estuvo en conseguir que alguna potencia con capacidad efectiva de influir sobre Londres tuviera suficientes incentivos como para involucrarse. Este sábado, Donald Trump dio un paso que no resuelve ese problema pero que, por primera vez desde que comenzó la actual escalada, permite imaginar que Washington podría intentar ocupar ese lugar.
Después de reunirse en Dublín con el primer ministro irlandés Micheál Martin, Trump fue consultado nuevamente por la disputa. Dijo que las Malvinas le parecían “muy interesantes”, describió a la Argentina y al Reino Unido como dos países actualmente “enfadados” y calificó una eventual confrontación como un “desastre potencial”. Luego agregó la frase políticamente más importante: estaba seguro de que las partes terminarían involucrándolo y que “probablemente” sería capaz de solucionarlo. No anunció una conferencia internacional, no dijo que Javier Milei o Andy Burnham le hubieran pedido formalmente una mediación y tampoco reconoció el reclamo argentino. Pero pasó de insinuar que podía revisar la política estadounidense a colocarse públicamente como posible árbitro entre Buenos Aires y Londres.
La secuencia permite medir cuánto cambió el clima en apenas dos semanas. El 31 de agosto, Trump había respondido desde la Casa Blanca que “siempre” revisa todas sus posiciones cuando le preguntaron específicamente si reconsideraba la postura de Estados Unidos sobre Malvinas. El 3 de septiembre, entrevistado por la cadena británica GB News, fue todavía más lejos: cuando le preguntaron si Washington ayudaría al Reino Unido frente a un hipotético nuevo conflicto, recordó la guerra de 1982, destacó la enorme distancia entre Gran Bretaña y las islas y evitó comprometer apoyo estadounidense. Inmediatamente después reprochó a Londres no haber acompañado suficientemente a Estados Unidos durante la guerra contra Irán. Ahora, el 12 de septiembre, ya no habla solamente de retirarse de un eventual conflicto: se coloca como potencial mediador.
Eso constituye una novedad política importante, pero hace falta colocar una línea muy clara para no convertir una oportunidad diplomática en una conclusión que todavía no existe. Estados Unidos no reconoció la soberanía argentina sobre las Malvinas. La posición formal comunicada hasta ahora por el Departamento de Estado continúa siendo que Washington reconoce la administración británica de facto pero no toma partido entre los reclamos de soberanía de la Argentina y del Reino Unido. La Casa Blanca tampoco anunció oficialmente que abandone esa neutralidad. Trump abrió la puerta a una intervención; no decidió todavía en qué dirección cruzaría esa puerta.
El matiz es especialmente importante para la Argentina porque Milei presentó las primeras declaraciones del mandatario estadounidense como un cambio de época. En su cadena nacional del 3 de septiembre sostuvo que “corren vientos de cambio” favorables al reclamo y afirmó que la revisión estadounidense era producto de que Washington ahora considera a la Argentina un socio occidental confiable. Una parte de esa lectura acaba de fortalecerse: una semana después, Trump efectivamente sigue hablando de Malvinas y ya imagina un papel personal en la controversia. Pero otra parte continúa pendiente: no existe todavía una sola declaración formal de Estados Unidos que diga que las islas son argentinas o que obligue al Reino Unido a discutir soberanía.
Y Londres no está dando señales de estar dispuesto a hacerlo. El primer ministro Andy Burnham afirmó esta semana ante el Parlamento que su Gobierno será “implacable” en la defensa de los isleños y que respetará su voluntad de permanecer británicos. La ministra británica Kirsty McNeill fue todavía más directa: dijo que “no hay ninguna duda” sobre la soberanía británica y aseguró que esa posición ya fue transmitida a Washington. Desde Downing Street insisten además en que sus Fuerzas Armadas están disponibles las 24 horas para proteger los territorios y los intereses británicos.
La novedad, por lo tanto, no consiste en que las posiciones de fondo se hayan acercado. Argentina reclama soberanía; Londres se niega a negociarla. Lo nuevo es que la potencia que durante décadas permitió que esa incompatibilidad permaneciera relativamente congelada empezó a insinuar que podría intervenir.
Por qué Trump habla ahora de Malvinas y cómo Milei convirtió el petróleo en el centro de la disputa
El giro estadounidense no nació por un repentino interés histórico de Trump en el Atlántico Sur. Nació fundamentalmente de una pelea entre Washington y Londres que no tenía originalmente ninguna relación con la Argentina. Durante la guerra contra Irán, la administración norteamericana se irritó por la resistencia británica a acompañar determinadas operaciones estadounidenses y por las restricciones vinculadas con instalaciones estratégicas como Diego García. A eso se sumó la presión de Trump para que los aliados europeos aumenten drásticamente su gasto militar. En abril ya había trascendido un correo interno del Pentágono en el que se analizaba la posibilidad de utilizar la posición estadounidense sobre Malvinas como instrumento de presión sobre el Reino Unido.
Ese origen debería generar entusiasmo y precaución al mismo tiempo en Buenos Aires. El entusiasmo es evidente: por primera vez en décadas, Malvinas se convirtió en una ficha dentro de una negociación entre Estados Unidos y el Reino Unido. Eso significa que Washington encontró una cuestión suficientemente sensible para Londres como para utilizarla como herramienta de presión. Pero precisamente por la misma razón aparece el riesgo: si Malvinas es una palanca para conseguir otra cosa, Trump puede volver a guardarla en cuanto consiga esa otra cosa.
La política internacional de Trump es extraordinariamente transaccional. Hoy puede utilizar la cuestión para castigar a Burnham por Irán, por la OTAN o por Oriente Medio; mañana podría recuperar una relación fluida con Londres y considerar satisfechos sus reclamos. Para la diplomacia argentina, la diferencia entre una oportunidad histórica y una ilusión consiste justamente en conseguir que el tema deje de depender del humor bilateral entre Washington y Londres y se transforme en un proceso institucional concreto.
La Casa Rosada parece haber entendido al menos una parte de esa necesidad y reaccionó con una velocidad que sorprendió incluso dentro del oficialismo. Milei pasó de una posición mucho más cuidadosa —marcada durante años por su admiración por Margaret Thatcher y por referencias a respetar la voluntad de los isleños— a colocar Malvinas en el centro de su agenda. Su cadena nacional declaró la recuperación de la soberanía como una “causa nacional”, pidió un frente político unido y anunció una ofensiva jurídica, económica, diplomática y estratégica.
El detonante material fue Sea Lion, el gigantesco proyecto petrolero ubicado al norte de las islas. Navitas Petroleum posee el 65% y la británica Rockhopper Exploration el 35%. El desarrollo demandaría aproximadamente US$2.200 millones, contiene recursos estimados en torno a 1.700 millones de barriles y pretende comenzar producción en 2028 con alrededor de 50.000 a 55.000 barriles diarios en la primera etapa. Para Buenos Aires, permitir que una explotación de esa escala avance bajo licencias otorgadas por las autoridades isleñas consolidaría económica y políticamente la administración británica durante décadas.
Por eso Milei dejó de tratar la explotación como un problema exclusivamente diplomático. El Gobierno inició procedimientos sancionatorios primero contra 45 personas y empresas vinculadas con actividades hidrocarburíferas y después sumó otras 15. También presentó una denuncia penal contra Navitas y distintas compañías relacionadas con el proyecto, está preparando una reforma de la ley 26.659 para endurecer sanciones y pretende extender las restricciones a proveedores financieros, logísticos y de servicios.
La herramienta económicamente más potente quizá no sea la amenaza de ejecutar sanciones argentinas fuera del territorio nacional, sino obligar a las compañías globales a elegir entre Sea Lion y Vaca Muerta. El yacimiento neuquino produce actualmente más de 600.000 barriles diarios y aspira a superar ampliamente el millón durante la próxima década. Participar de un proyecto de 50.000 barriles en Malvinas puede resultar poco atractivo si el precio es quedar afuera de uno de los mayores desarrollos no convencionales del mundo. SLB, Halliburton y Baker Hughes ya aseguraron que no participarán del proyecto isleño, una primera demostración de que esa capacidad de presión no es puramente retórica.
El Gobierno agregó además una dimensión institucional. El 10 de septiembre creó dentro de Cancillería el Sistema de Articulación de la Política Exterior, destinado específicamente a coordinar las decisiones estatales que puedan afectar el reclamo sobre Malvinas, Georgias del Sur, Sandwich del Sur y los espacios marítimos correspondientes. Defensa trabaja paralelamente para acelerar una base naval integrada y un polo logístico en Tierra del Fuego. Milei también anunció la intención de crear un Consejo de Seguridad Nacional.
Nada de esto significa que Argentina esté preparando una guerra. El propio Gobierno lo descartó expresamente. El vocero Adrián Ravier afirmó esta semana que el camino es “diplomático, pacífico y no militar”. La Constitución argentina, además, establece que la recuperación del ejercicio pleno de soberanía debe realizarse respetando el modo de vida de los habitantes y de conformidad con el derecho internacional. La nueva base y el fortalecimiento de la presencia naval tienen una lectura estratégica inevitable, pero hasta ahora la Casa Rosada ha mantenido explícitamente fuera de discusión cualquier opción de fuerza.
La referencia de Trump a un “desastre potencial” resulta por eso algo extraña. Hoy no existe ningún indicio serio de una invasión argentina. Y la situación militar tampoco se parece a 1982. Entonces, las fuerzas argentinas ocuparon unas islas defendidas por una guarnición británica reducida y Londres tuvo que desplazar una fuerza de tareas a miles de kilómetros. Actualmente el Reino Unido ya posee una estructura militar permanente alrededor de Mount Pleasant y mantiene aproximadamente un millar de efectivos en el archipiélago, además de capacidades aéreas, navales, radares y logística preposicionada. La pregunta ya no sería solamente si Londres puede “volver” a conquistar las islas, como parece sugerir Trump, sino si alguien podría tomarlas primero.
También existe un punto técnico que ayuda a entender por qué las palabras estadounidenses pesan tanto. Malvinas queda fuera del área geográfica donde el artículo 5 de la OTAN genera automáticamente la obligación de defensa colectiva, porque el tratado limita esa protección a islas del Atlántico Norte situadas al norte del Trópico de Cáncer. Eso no impediría que los aliados ayuden voluntariamente al Reino Unido, pero significa que Londres no dispone simplemente de un botón jurídico capaz de obligar a toda la OTAN a intervenir. La conducta de Estados Unidos podría volver a ser decisiva, igual que en 1982.
Y allí aparece una de las ironías históricas más grandes de la situación actual. Ronald Reagan comenzó aquella guerra intentando precisamente lo que Trump insinúa ahora: mediar. Envió al secretario de Estado Alexander Haig a Londres y Buenos Aires para intentar evitar el enfrentamiento. Documentos oficiales norteamericanos muestran que Washington estaba dividido porque consideraba al Reino Unido un aliado estratégico esencial pero tampoco quería destruir su relación con la Argentina ni empujar a América Latina hacia la Unión Soviética. Cuando la Junta rechazó la propuesta final de Haig y continuó la guerra, Estados Unidos abandonó la equidistancia práctica y pasó a respaldar militar, diplomática y logísticamente al Reino Unido.
Trump conoce al menos superficialmente aquel episodio y lo menciona reiteradamente. La diferencia es que Milei gobierna una democracia, renuncia explícitamente a la utilización de la fuerza y posee una relación personal extraordinariamente estrecha con Washington. Es decir, los factores que en 1982 terminaron inclinando a Reagan hacia Londres —una invasión realizada por una dictadura militar— hoy no existen.
Eso no significa que Estados Unidos vaya automáticamente a ponerse del lado argentino. El Reino Unido continúa siendo uno de sus principales socios militares, de inteligencia y nucleares. Miles de soldados estadounidenses están desplegados en territorio británico, ambos países integran la alianza Five Eyes y cooperan en prácticamente todos los escenarios estratégicos relevantes. Una ruptura real sobre Malvinas sería muchísimo más profunda que una mala relación personal entre Trump y Burnham.
El problema británico es que Trump parece dispuesto a poner incluso vínculos históricos bajo presión cuando considera que un aliado no responde suficientemente a sus demandas. Su visita a Irlanda produjo este sábado otra señal espectacular: expresó que le “encantaría” ver una Irlanda unificada y dijo que cree que ocurrirá eventualmente. En pocas horas cuestionó indirectamente dos de los asuntos territoriales más sensibles del Reino Unido: Irlanda del Norte y Malvinas.
Eso vuelve más difícil para Londres tratar las declaraciones sobre las islas como una mera improvisación.
Qué podría conseguir realmente una mediación de Trump y cuáles serían los escenarios para la Argentina
La primera cuestión es definir qué significaría exactamente “resolver” Malvinas. Para la Argentina, la solución definitiva significa recuperar el ejercicio de la soberanía. Para el Reino Unido, la cuestión está resuelta mientras los habitantes de las islas quieran continuar bajo soberanía británica. Para Trump, por ahora, “resolver” puede significar simplemente evitar que aumente la tensión.
Esas son tres cosas muy diferentes.
Naciones Unidas ofrece una base jurídica desde la cual podría comenzar una negociación. La Resolución 2065 de 1965 reconoce expresamente la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido e invita a ambos gobiernos a negociar una solución pacífica teniendo en cuenta los intereses de la población de las islas. El territorio continúa además incluido por Naciones Unidas en la lista de territorios no autónomos y el Comité de Descolonización sigue reclamando negociaciones bilaterales.
Londres interpreta la situación desde el principio de autodeterminación. En 2013 realizó un referéndum en el que el 99,8% de los participantes votó por mantener el estatus de territorio británico de ultramar. La Argentina rechaza que esa votación pueda decidir la soberanía porque considera que no se trata de un pueblo colonizado al que corresponda autodeterminación sino de una población implantada después de la ocupación de 1833. Esa diferencia jurídica es el corazón del bloqueo: ambos países ni siquiera aceptan que la cuestión deba resolverse mediante el mismo principio.
Una mediación estadounidense seria podría no comenzar por la soberanía sino por algo mucho más manejable: congelar la escalada actual. Trump podría pedir a Londres que suspenda temporalmente determinadas decisiones petroleras mientras Argentina modera nuevas sanciones; podría intentar recuperar mecanismos de cooperación sobre pesca, vuelos, recursos naturales y cuestiones humanitarias; podría impulsar reuniones de cancilleres bajo un paraguas que expresamente no perjudique las posiciones jurídicas de ninguna parte; y eventualmente podría tratar de obtener de Burnham algún compromiso de retomar conversaciones sobre el conjunto de la disputa.
Hay antecedentes. Durante los años noventa, Buenos Aires y Londres utilizaron una fórmula de “paraguas de soberanía” para cooperar sin que ninguna parte renunciara a sus derechos. Incluso existió en 1995 un acuerdo específico sobre hidrocarburos en determinadas áreas del Atlántico Sur. Ese esquema terminó deteriorándose y el petróleo volvió a convertirse en uno de los factores de mayor enfrentamiento. Una mediación de Estados Unidos podría intentar reconstruir algo semejante, aunque Milei está utilizando precisamente Sea Lion para argumentar que las fórmulas de cooperación sin discusión de soberanía ya no resultan suficientes.
El escenario más favorable para la Argentina sería mucho más ambicioso: que Trump transforme su disposición personal a intervenir en una propuesta formal de buenos oficios y que condicione aspectos de la relación estadounidense con Londres a que el Reino Unido acepte sentarse a discutir soberanía. Eso sería un cambio histórico incluso sin que Washington reconociera inmediatamente la posición argentina. Durante décadas, Londres pudo negarse a negociar sin pagar un costo significativo ante su principal aliado. Si Estados Unidos empezara a exigir negociación, esa ecuación cambiaría.
El escenario siguiente, todavía más fuerte, sería que Washington modificara oficialmente su neutralidad y reconociera la soberanía argentina. Eso tendría un enorme valor diplomático, pero incluso semejante decisión no “devolvería” automáticamente las islas. Estados Unidos no dispone jurídicamente de la soberanía para transferirla. El Reino Unido podría mantener su posición, su administración y su presencia militar. Lo que cambiaría sería el costo internacional y estratégico de seguir negándose a negociar.
Ese punto suele perderse en las lecturas demasiado entusiastas. Un reconocimiento de Trump sería extraordinariamente importante; no equivaldría a una recuperación territorial.
También existe un escenario mucho menos favorable: que todo quede en declaraciones. Es perfectamente posible que Trump utilice Malvinas durante algunas semanas para presionar a Burnham, que Londres haga alguna concesión sobre gasto militar o cooperación en Oriente Medio y que el asunto vuelva a desaparecer de Washington. Esa posibilidad explica por qué la estrategia argentina no puede consistir únicamente en esperar otro comentario presidencial.
Milei tiene en este momento una oportunidad que ninguno de sus antecesores recientes tuvo, pero también corre un riesgo político considerable. El 61,1% de los argentinos consultados en una encuesta reciente dijo creer que su giro sobre Malvinas responde a conveniencia política. Esa percepción se alimenta de contradicciones reales: el Presidente elogió durante años a Thatcher, llegó al poder con una política de acercamiento a Londres y solamente adoptó una línea confrontativa cuando Trump empezó a cuestionar a los británicos y su aprobación doméstica atravesaba un deterioro.
Eso no convierte automáticamente sus medidas actuales en equivocadas. De hecho, algunas pueden constituir las herramientas más concretas utilizadas en años para aumentar el costo económico de explotar recursos en las aguas disputadas. Que un dirigente descubra tardíamente una política de Estado no invalida necesariamente esa política. El problema aparecería si Malvinas se transforma en una escenografía electoral y la diplomacia argentina termina dependiendo de una relación personal entre Milei y Trump.
La causa sobrevivió a gobiernos argentinos y británicos durante casi dos siglos. Una estrategia seria necesita sobrevivir también a Trump.
Ahí es donde la creación de una estructura permanente en Cancillería, la coordinación entre organismos y una eventual ley aprobada con una mayoría amplia pueden resultar más importantes a largo plazo que cualquier cadena nacional. Si el Gobierno consigue convertir el giro actual en una política respaldada por oficialismo y oposición, el próximo presidente heredará herramientas. Si queda reducido al vínculo entre dos mandatarios, puede desaparecer cuando uno de ellos salga del poder.
El componente geopolítico añade otra oportunidad. China sostiene oficialmente el reclamo argentino y volvió a hacerlo este año ante el Comité de Descolonización. Para Washington, una Argentina alineada con Estados Unidos pero que encuentra su principal respaldo internacional sobre Malvinas en Beijing resulta estratégicamente incómoda. Trump podría utilizar una aproximación al reclamo argentino como una forma de impedir que China monopolice una bandera enormemente popular en América Latina y de consolidar a Buenos Aires dentro del espacio occidental.
Ese argumento quizás sea más duradero que el enojo con Burnham. Estados Unidos tiene un interés creciente en el Atlántico Sur, donde confluyen rutas marítimas, acceso a la Antártida, pesca, hidrocarburos, infraestructura submarina y competencia con China. Argentina posee Tierra del Fuego, Vaca Muerta, litio, puertos y una posición geográfica excepcional. Desde una lógica puramente estratégica, Washington puede considerar que fortalecer a un aliado argentino tiene un valor que hace unos años no veía con la misma claridad.
Pero nuevamente aparece una tensión. Malvinas también proporciona a Washington una presencia occidental y aliada en el Atlántico Sur mediante el Reino Unido. Estados Unidos no necesita elegir necesariamente entre Buenos Aires y Londres. Precisamente por eso una fórmula negociada puede resultarle más atractiva que reconocer unilateralmente a uno.
La declaración de este sábado debe leerse entonces en su medida correcta. Es más importante que las anteriores, pero todavía no es la mediación que la Argentina espera. Trump no sólo dijo que revisa posiciones ni insinuó que podría dejar solo al Reino Unido: dijo ahora que imagina que terminarían llamándolo para intervenir y que cree poder resolver la disputa.
Hace una semana, una nota de LA NACION revelaba que dentro de ámbitos vinculados con el Gobierno argentino existía precisamente una expectativa de máxima: conseguir que Trump anunciara su voluntad de intervenir entre Buenos Aires y Londres. Esa posibilidad era presentada entonces como una aspiración reservada de canales informales. Siete días después, el presidente estadounidense pronunció públicamente una frase extraordinariamente cercana a ese objetivo.
Eso explica por qué lo ocurrido hoy no debería minimizarse.
Pero tampoco debería exagerarse.
Para hablar de un verdadero punto de inflexión harán falta hechos: una comunicación formal de la Casa Blanca, una propuesta dirigida a ambos gobiernos, una aceptación británica de los buenos oficios estadounidenses o algún cambio explícito en la posición del Departamento de Estado. Todavía no ocurrió ninguna de esas cosas.
Hasta este sábado al mediodía tampoco apareció una respuesta oficial argentina específica a estas últimas palabras de Dublín ni una nueva declaración británica posterior a ellas. Londres llega al episodio con una posición inequívoca de rechazo a cualquier negociación sobre soberanía; Buenos Aires, con la ofensiva más intensa de los últimos años y preparando nuevas medidas para la próxima semana.
Por eso las próximas jornadas pueden ser mucho más importantes que la frase de Trump.
Si Milei consigue transformar ese comentario en una invitación formal a mediar, la Argentina habrá logrado algo que buscó durante décadas: poner a la principal potencia occidental entre las dos partes de la disputa y no simplemente observándolas desde afuera.
Si Trump no avanza más allá de las palabras, quedará demostrado que la Casa Rosada confundió una pelea coyuntural entre Washington y Londres con una modificación estructural del orden diplomático.
La ventana existe. Pero una ventana no es todavía una puerta abierta.
Y esa es probablemente la conclusión más importante de todo lo ocurrido desde finales de agosto. Por primera vez en muchos años, Malvinas dejó de ser solamente un reclamo repetido cada 2 de abril y en los organismos internacionales. El petróleo convirtió al tiempo en un factor urgente, Milei decidió aumentar el costo económico de la ocupación y Trump introdujo incertidumbre dentro de la alianza que durante décadas garantizó a Londres que Washington nunca pondría realmente en discusión el statu quo.
Hoy esa certeza británica es un poco menor.
Para la Argentina, eso ya es una novedad.
Convertirla en soberanía será muchísimo más difícil.


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