
¿Se derrumba la pobreza o solo juega la estadística? Menor inflación podría llevar la pobreza a su mínimo desde 2022, pero el alivio es de papel
Alejandro Cabrera
Inflación a la baja: efecto directo en la canasta
La línea oficial que fija el INDEC para medir la pobreza se basa en el costo de una Canasta Básica Total (CBT) que suma alimentos, vestimenta y servicios. Cuando la inflación frena, ese costo crece más lento y automáticamente reduce la proporción de hogares cuyos ingresos no alcanzan para cubrirla. Así, una desaceleración mensual de precios del 3% en lugar del 6% puede hacer caer un par de puntos la pobreza sin que los bolsillos hayan recibido un alivio equivalente.
Este mecanismo explica por qué, en un contexto en que la suba de salarios y jubilaciones también es moderada, el indicador puede mostrar “menos pobres” solo porque la canasta sube menos. En otras palabras, se trata de un dato contable: si el umbral de pobreza avanza más despacio, menos gente queda debajo de él.
¿Mejor ingreso real o pausa momentánea?
Para que la caída de pobreza sea genuina, no alcanza con que la CBT se modere: hace falta que los hogares vean un aumento real de sus ingresos, es decir, que los salarios, planes sociales y jubilaciones ganen terreno frente al valor de los bienes. Hasta ahora, hay sectores en los que eso no sucede: para muchos trabajadores informales o de bajos ingresos, la suba de ingresos estuvo en torno al 4–5% real interanual, mientras la inflación acumulada fue del 90% el año pasado y se modera apenas al 70% interanual.
Existe un pequeño alivio para quienes tienen salarios indexados o actualizaciones trimestrales, pero la mayoría de los trabajadores privados negocian aumentos anuales o semestrales que llegan tarde y en porcentajes que apenas empatan la inflación.
Impacto desigual según nivel socioeconómico
La baja de la pobreza estadística tiende a reflejar más un impacto en los sectores medios bajos que en los más vulnerables. Las familias que dependen exclusivamente de transferencias sociales o de empleos precarios ven su poder de compra comprimido hasta que cambian sus ingresos nominales. Si bien la desaceleración inflacionaria reduce el costo de la canasta, esas familias no capturan el 100% de esa mejora: siguen ajustando consumo, postergando gastos y aumentando su endeudamiento en cuotas o compras mínimas.
En cambio, para hogares de nivel medio, donde un salario mínimo o jubilación es solo una parte del ingreso familiar, el freno inflacionario permite recomponer el poder adquisitivo de algunos bienes y servicios, empujando la línea de pobreza hacia abajo.
¿Una baja sostenible o un rebote incierto?
Si el escenario de inflación controlada se confirma y se acompaña de políticas de impulso al empleo formal, suba real de salarios y mejora en la inversión productiva, entonces la pobreza podría bajar de forma consistente. Pero, si la desaceleración es solo transitoria —por efecto de licuación de precios de alimentos estacionales o por base de comparación alta—, la medición podría repuntar tan rápido como cayó.
La variable clave no es solo la inflación, sino la dinámica de los ingresos y del empleo. Sin crecimiento económico claro, sin un piso de poder real para el ingreso más bajo, el dato de pobreza quedará atado a ciclos de precios, no a un cambio estructural en la calidad de vida.
Conclusión implícita: leer más allá del número
El anuncio de una pobreza en baja es simbólicamente positivo, pero corre el riesgo de convertirse en un récord efímero. Los medios y la opinión pública suelen celebrar la caída del indicador, sin preguntar si hay hogares que realmente aumentaron sus oportunidades de consumo, ahorro y acceso a servicios.
Para entender si la pobreza realmente retrocede, es necesario observar simultáneamente:
Evolución del salario real: su comparación con la CBT y con el promedio de precios.
Calidad del empleo: cuántos trabajadores salen de la informalidad y acceden a mejores condiciones.
Endeudamiento y consumo: si las familias reducen su precariedad financiera o simplemente postergan compras esenciales.
Solo cuando esos tres pilares muestren mejoras, se podrá hablar de una baja sostenida de la pobreza y no de un alivio meramente estadístico.


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