
Silencio, desplante y un mensaje incómodo para el poder
Alejandro Cabrera
El Presidente entró a paso firme por la alfombra roja, entre cámaras, custodios y sonrisas. Al llegar al lugar donde lo esperaban Jorge Macri y Victoria Villarruel, ni los miró. Siguió de largo. Ella, de pie, apenas bajó la mirada. Él, rígido. El gesto fue público, deliberado, filmado: el jefe de Estado evitó saludar a su vicepresidenta en el Tedeum patrio.
La postal se completó con el mensaje del arzobispo Jorge García Cuerva. Desde el altar, y ante la primera plana del gobierno, el prelado habló sin rodeos: pidió humildad, denunció la exclusión, advirtió sobre el odio y cuestionó a quienes juegan a la política como si fuera una guerra. En menos de veinte minutos, la homilía fue una clase de política con sotana.
El contraste entre el altar y el poder
Mientras la tensión institucional se hacía visible en las formas, el arzobispo usó el Tedeum como púlpito para incomodar al poder. Habló de los que se creen “iluminados” y se desconectan de los dramas reales de la gente. Apuntó contra el desprecio por el otro, la violencia discursiva, la banalidad del insulto.
No mencionó nombres, pero nadie dudó de los destinatarios. Señaló que la política no puede ser un ring, que el país no se construye desde trincheras ideológicas, y que “los discursos de odio son siempre el atajo de los que no tienen ideas”. En los primeros bancos, Milei lo escuchaba en silencio. Villarruel también.
Fue una misa, pero también un mensaje. Y en esa dualidad se resumió el espíritu del acto: un Presidente confrontativo, una Vicepresidenta ignorada, y un arzobispo que los miró de frente para recordarles que la autoridad no es poder, sino servicio.
La grieta ya no se disimula
El oficialismo intentó mostrar unidad en un acto patriótico, pero el desplante fue demasiado evidente. La distancia entre Milei y Villarruel, que ya era política, se volvió gestual. Ninguna palabra, ningún saludo. Solo elocuente frialdad entre quienes deberían cogobernar.
Al salir del templo, los micrófonos esperaban. Villarruel respondió con una frase simple, casi resignada. El Presidente se limitó a celebrar el acto. Pero lo que se vio fue más fuerte que lo que se dijo. En una jornada que históricamente busca la concordia, el Gobierno exhibió su división sin filtros.
El contraste con el mensaje eclesiástico no pudo ser más marcado. En el altar se habló de unidad, de respeto, de empatía. En la nave central, en cambio, se vio indiferencia, cálculo y tensión contenida. El Tedeum, lejos de ser un gesto republicano, fue un espejo incómodo para el poder.


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