
La advertencia de Laje y el dilema de la unidad: el oficialismo frente a su propio espejo
Alejandro Cabrera
El llamado a la coherencia
En declaraciones recientes, el ensayista Agustín Laje —referente intelectual de La Libertad Avanza— sostuvo que “la unidad hacia adentro es clave para poder avanzar con las reformas estructurales”. Planteó que el equipo de gobierno debe actuar con una “columna vertebral ideológica clara” y sin fisuras visibles, tanto en su conducción política como en su articulación legislativa y territorial.
Su mensaje apuntó a algo más que una cuestión táctica: fue un recordatorio sobre la fragilidad de un proyecto que, a pesar de su triunfo electoral, aún busca consolidar una identidad. Laje habló de una “unidad doctrinaria”, un concepto que tiene resonancias profundas en el entorno de Milei. Esto implica sostener un rumbo filosófico, no solo político, en medio de un escenario donde la gestión enfrenta las demandas del poder.
La respuesta desde adentro
Dentro del ámbito libertario, la reflexión se interpretó como una autocrítica. Quienes analizan el proceso interno admiten que la coalición gobernante no cuenta con una “doctrina Milei” definida, sino con una amalgama de ideas liberales, conservadoras, técnicas y pragmáticas. La composición del gabinete lo demuestra: conviven economistas ortodoxos, liberales clásicos, exfuncionarios macristas, libertarios puros y dirigentes provinciales con anclaje propio.
Esta heterogeneidad es tanto una fortaleza como una debilidad del proyecto. El llamado de Laje a la unidad ideológica pone de relieve lo segundo: la falta de un eje doctrinario que oriente las decisiones y evite contradicciones entre los distintos espacios que integran el oficialismo.
Como señaló en su editorial el analista, la unidad absoluta dentro de un grupo de poder es imposible sin caer en el pensamiento único. En todo equipo político, las tensiones son inevitables. El problema no es la diferencia, sino la ausencia de mecanismos claros para procesarla.
La fractura legislativa como síntoma
El ejemplo más visible de esa falta de cohesión fue la división del bloque del PRO, donde siete diputados decidieron integrarse formalmente a La Libertad Avanza. La decisión, celebrada por algunos como un paso hacia la consolidación del oficialismo, generó malestar en otros sectores que vieron en el movimiento un intento de cooptar aliados sin una negociación política clara.
El reordenamiento parlamentario dejó un Congreso más fragmentado y expuso una paradoja: para ampliar su base legislativa, el Gobierno terminó evidenciando sus límites internos. La convivencia entre libertarios, macristas y provinciales se convirtió en un desafío mayor que la oposición formal.
En el plano político, la situación abrió interrogantes sobre quién define la estrategia del oficialismo. ¿El presidente y su círculo económico? ¿Los asesores ideológicos que apelan a la pureza doctrinaria? ¿O los operadores legislativos que deben conseguir los votos día a día?
El equilibrio entre doctrina y gestión
El mismo editorial señalaba un punto de fondo: la tensión entre la doctrina Milei y la gestión Milei. Si la doctrina se vuelve demasiado rígida, la práctica política se paraliza; si se vuelve demasiado flexible, pierde identidad. El Gobierno enfrenta esa disyuntiva cada semana. Las negociaciones con gobernadores, los acuerdos fiscales, las designaciones en áreas técnicas y los cambios en el gabinete muestran un pragmatismo que choca con la idea de pureza ideológica.
Laje, al plantear la necesidad de una “columna vertebral ideológica”, advierte contra esa deriva pragmática. Sin embargo, el editorial subrayaba que tal coherencia es difícil de lograr en un espacio que se construyó a partir de la diversidad y del arrastre personal de Milei, más que de una estructura partidaria formal.
En otras palabras, no existe aún una “doctrina Milei” sistematizada. Hay, en cambio, una narrativa —la libertad, el antiestatismo, la meritocracia— que funciona como motor simbólico, pero que no alcanza para ordenar la complejidad del gobierno.
La unidad posible
El pedido de unidad, en ese marco, se enfrenta a una realidad: La Libertad Avanza no es un partido homogéneo, sino una coalición en construcción. Conviven dirigentes del PRO, peronistas libertarios, independientes y referentes provinciales con visiones distintas sobre el Estado, la economía y el rol social del gobierno.
La unidad que plantea Laje —de base ideológica— es más difícil de alcanzar que la unidad política, que se construye sobre acuerdos circunstanciales. La primera requiere coincidencias doctrinarias profundas; la segunda, apenas objetivos comunes.
Por eso el editorialista advirtió que la petición de Laje “es complicada por la dinámica misma del Gobierno”: los equilibrios se sostienen en acuerdos de coyuntura y en la figura presidencial como centro de gravedad.
El rol del PRO y la incógnita legislativa
Otro punto señalado en la reflexión fue el rol del PRO dentro del esquema oficialista. El traspaso de legisladores del macrismo a La Libertad Avanza fue interpretado como un intento de reconstruir una mayoría funcional en la Cámara Baja. Sin embargo, también generó incertidumbre: ¿el PRO es parte de la unidad libertaria o un aliado circunstancial? La respuesta, por ahora, es ambigua. Los gobernadores de ese espacio mantienen posiciones diversas: algunos se acercan al Ejecutivo por conveniencia presupuestaria; otros marcan distancia y defienden autonomía política.
Esta situación obliga al Gobierno a realizar un doble esfuerzo: construir cohesión interna y tejer alianzas externas. En ambos frentes, la falta de previsibilidad genera ruido.
La política del ensayo y error
Desde la asunción de Milei, el oficialismo ha ensayado distintos modos de relacionarse con el poder legislativo. Primero apostó a una agenda de shock; luego moderó el tono y buscó acuerdos parciales. Ese zigzag —entre ortodoxia y pragmatismo— refleja la tensión que Laje intentó sintetizar en su reclamo de coherencia.
En términos políticos, el problema no es solo la falta de unidad, sino la dificultad para sostener un rumbo discursivo coherente. Las internas ministeriales, los cambios en el gabinete y las contradicciones entre declaraciones de distintos funcionarios erosionan la imagen de orden que el gobierno intenta proyectar.
A esto se suma un desafío más profundo: la falta de estructuras partidarias sólidas que sirvan de soporte a la gestión. En ese vacío, las decisiones dependen de círculos pequeños y relaciones personales más que de consensos institucionales.
La paradoja del poder libertario
El oficialismo gobierna con una mezcla de fuerza presidencial y debilidad estructural. Tiene la centralidad del poder ejecutivo, pero no cuenta con una maquinaria partidaria ni territorial que respalde sus decisiones. Por eso, el reclamo de Laje sobre la “unidad hacia adentro” adquiere una dimensión práctica: sin cohesión, las reformas corren el riesgo de quedarse en el papel.
El editorial apuntaba a esta paradoja con claridad: “El pedido de unidad de Laje es lógico, pero difícil de cumplir por la dinámica que lleva el Gobierno”. La falta de coordinación legislativa, las tensiones entre ministros y la competencia entre figuras dentro del espacio libertario son señales de esa dificultad.
Lo que está en juego
Más allá de los matices ideológicos, la unidad del oficialismo es clave para sostener la gobernabilidad. Las reformas económicas, la reorganización del Estado y los acuerdos con las provincias requieren una base política sólida. Sin ella, el gobierno dependerá cada vez más del liderazgo personal del presidente y de su capacidad para mantener la iniciativa mediática.
En ese sentido, la advertencia de Laje no fue solo intelectual: fue también política. Advirtió que la fragmentación interna puede neutralizar el impulso reformista que el propio Milei considera esencial para su legado.


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