
Revoleo de carpetazos: la UIF denuncia filtración sobre Caputo
Alejandra Larrea
El enojo se hizo público cuando la entonces jefa de la UIF cargó contra quienes pusieron en circulación datos que deberían haber permanecido bajo estricto resguardo. La filtración recorrió rápidamente los pasillos del poder y terminó desembocando en una denuncia penal, marcando un punto de inflexión en una trama cargada de secretismo y cuestionamientos institucionales.
A simple vista, lo que parecía un informe reservado más se transformó en una caja de Pandora. El documento en cuestión—un Reporte de Operación Sospechosa (ROS)—fue redactado en torno a una empresa que emplea al asesor presidencial Santiago Caputo, encendiendo interrogantes sobre su vinculación y el uso de información clasificada.
La resolución fue fulminante. La UIF presentó ante la Justicia una demanda penal para esclarecer quién quebró el velo del secreto. Se ordenaron auditorías internas, verificaciones de accesos al sistema y rastreos digitales para acotar posibles responsabilidades. El mensaje fue claro: no habrá margen para la opacidad.
El centro del conflicto giró en torno a una compañía con una ausencia llamativa de trayectoria hasta el momento de los movimientos sospechosos. Su único vínculo visible: el asesor presidencial. Las transferencias de dinero que desencadenaron el alerta y la súbita popularización del reporte pusieron al organismo ante un desafío de transparencia y defensa institucional.
La reacción fue casi teatral: restricciones informativas, rastreos digitales y reportes de urgencia desde el organismo para contener el daño. Al mismo tiempo, surgió un debate sobre los protocolos de máxima confidencialidad que rigen la lucha contra el lavado de activos. La filtración no solo quebró una norma legal, sino también la confianza en herramientas clave para resguardar el sistema financiero del país.
La denuncia penal busca poner en el centro del proceso judicial a quien desoyó esas reglas. Sin nombres todavía, sí apuntando a la deliberada difusión de información de gravedad institucional. La pregunta que late, más allá del expediente judicial, es sobre el sentido del deber y los límites operativos de quienes manejan datos sensibles.
Mientras tanto, el escándalo se enmarca en un clima de tensiones políticas que no asoma a disiparse. Entre silencios obligados y sospechas cruzadas, el caso Caputo se erige como otro símbolo de la lucha por mantener intacta la frontera entre lo público y lo reservado, en un contexto donde esa línea a veces parece difuminarse.


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