
Duelo televisado: Catalina, madre de Renato Nicolini, enfrenta a Ariel García Furfaro por el fentanilo contaminado
Alejandra Larrea
Las luces del estudio no marcaron el final de un debate formal, sino el inicio de un capítulo desgarrador. En el centro de la escena, Catalina alzó la voz en silencio mientras sostenía la foto de su hijo, Renato, fallecido tras recibir fentanilo contaminado. Frente a ella, con semblante mesurado, Ariel García Furfaro intentaba encajar cada palabra con cautela: lo que la técnica buscaba explicar, el dolor lo hacía impronunciable.
La dolora confrontación no se centró en tecnicismos, sino en lo esencial e irremediable: una vida se extinguió por una falla que la farmacéutica produjo. Catalina no pedía peritajes ni demoras: exigía verdad. Su voz atravesó la pantalla y rebotó contra la frialdad institucional. Furfaro, miradas bajas y promesas entrecortadas, insistía en deslindar responsabilidad, insinuando sabotaje, pero ya nada calmaba esa herida abierta.
El caso tomó nombre y apellido: Renato Nicolini, un joven internado por un accidente, que al recibir el opioide sintético murió en apenas días. La ANMAT logró detectar las bacterias multirresistentes—como Klebsiella pneumoniae y Ralstonia pickettii—en el lote que salió de los laboratorios de García Furfaro, declarados ya inhibidos para producir. Hubo decenas de víctimas en varias provincias, y más de 24 personas señaladas en la causa, entre dueños, técnicos y directivos.
García Furfaro se presentó como dueño de HLB Pharma y Ramallo, asegurando que la empresa se inhibió de forma voluntaria y que si hubo contaminación, “alguien la contaminó”, minimizando la conexión directa con las muertes. Catalina replicaba con su dolor: “Mi hijo no fue un número. Fue vida, y se fue por un lote que ustedes dejaron circular. No acepto disculpas en piloto automático, quiero que paguen por esto, quiero justicia”.
El enfrentamiento expuesto al aire fue apenas el reflejo más visible de una tragedia que conmueve al país. La justicia investigará si hubo negligencia, fallo en los controles o intereses que priorizaron precios sobre seguridad. El laboratorio, inhibido; los sospechosos, con limitaciones a su libertad patrimonial; y las familias —con Catalina a la cabeza—, con la mirada fija en que lo irremplazable tenga respuestas.
El silencio cayó cuando terminó la grabación. Catalina guardó la foto de Renato mientras las cámaras se apagaban, dejando en claro que ninguna investigación técnica, por detallada que sea, puede reemplazar lo que se fue. Desde ese estudio, la historia se extendió como una exigencia colectiva: no habrá contención posible sin responsabilidad.


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