
Carrera contra el reloj: tensión en el peronismo por el posible ascenso de Grabois
Alejandra Larrea
El tablero político bonaerense arde a pocas horas de que se cierren las listas de candidatos. En el peronismo, las conversaciones atraviesan un clima de nerviosismo: nadie quiere repetir la experiencia de divisiones pasadas, pero tampoco logran consensuar quién será el rostro visible en la boleta. En ese contexto, el nombre de Juan Grabois se convirtió en el punto de mayor fricción.
El dirigente social, que construyó su poder desde las bases territoriales y las organizaciones de trabajadores informales, exige un espacio protagónico. Su amenaza de ir por fuera si no se le garantiza un lugar de peso encendió las alarmas entre gobernadores, intendentes y referentes nacionales. En un escenario electoral donde cada voto cuenta, perder al electorado que lo sigue sería un golpe difícil de compensar.
La situación no es nueva. En los últimos años, Grabois se consolidó como una figura que incomoda tanto a los sectores más moderados del peronismo como al kirchnerismo clásico. Su estilo confrontativo y su agenda vinculada a los movimientos sociales lo han convertido en una especie de bisagra: puede ser el motor de una renovación o la chispa de una ruptura. Ahora, con el cierre de listas en la provincia más grande del país, esa tensión llega a su punto más alto.
Los principales armadores del peronismo bonaerense intentan contenerlo. La prioridad es evitar que se repita el escenario de divisiones internas que en otras elecciones significó la pérdida de bancas clave. Sin embargo, las negociaciones avanzan con dificultad. Cada sector defiende su cuota de poder y los nombres que circulan no alcanzan para conformar a todos. En ese tire y afloje, Grabois insiste: no quiere ser un convidado de piedra, sino tener un lugar central.
El dilema que atraviesa el peronismo es doble. Por un lado, está la urgencia electoral: sin una candidatura fuerte y cohesionada, las chances de competir contra la maquinaria libertaria y las alianzas opositoras se reducen drásticamente. Por otro lado, está la cuestión estratégica: cómo dar espacio a un dirigente que, si bien aporta base militante y capacidad de movilización, también genera resistencias entre sectores más amplios del electorado.
En paralelo, el avance de Grabois reabre viejas discusiones sobre el rumbo del peronismo. Algunos consideran que es necesario integrarlo para mantener viva la conexión con las bases populares. Otros creen que su protagonismo puede ahuyentar a los votantes moderados y complicar el diálogo con intendentes e incluso con el sindicalismo tradicional. Lo cierto es que, de una u otra forma, su figura dejó de ser marginal: está en el centro de las negociaciones.
El reloj corre y las definiciones se hacen esperar. Mientras tanto, se multiplican las reuniones a puertas cerradas, las llamadas de madrugada y los borradores de listas que circulan entre dirigentes. La sensación es que el peronismo está al borde de un desenlace que puede marcar su futuro inmediato: una candidatura que logre contener a todos o una fractura que exponga su fragilidad en el distrito más decisivo del país.
Juan Grabois, consciente de ese escenario, juega sus cartas con firmeza. Sabe que, con su sola presencia, puede inclinar la balanza. Si logra integrarse en los términos que busca, consolidará su ascenso político dentro del frente. Si queda afuera, no dudará en capitalizar el descontento de sus bases y presentarse como el único que no claudicó frente a las viejas estructuras.
El peronismo bonaerense enfrenta, así, un dilema existencial: elegir entre contener a un dirigente que incomoda o arriesgarse a perder parte de su caudal electoral. La definición llegará en cuestión de horas, pero el eco de la disputa dejará huella. En tiempos de fragilidad política, cualquier fisura puede convertirse en grieta irreversible.


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