El reino del “ah, pero”

Un repaso de las excusas que atravesaron todos los gobiernos desde 1983 hasta la actualidad
Opinión21 de septiembre de 2025Alejandro CabreraAlejandro Cabrera
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Reinado del ah pero

La política argentina se convirtió en un ejercicio de justificación permanente. Desde el regreso de la democracia, cada gestión encontró una muletilla para eludir responsabilidades, trasladar culpas o justificar fracasos. El famoso “ah, pero…” se transformó en un clásico, un latiguillo que cruza a radicales, peronistas, liberales y coaliciones varias.

La historia reciente muestra cómo este recurso se repite con diferentes nombres, actores y contextos, pero con la misma esencia: evitar la autocrítica. Desde Raúl Alfonsín hasta Javier Milei, el archivo de excusas es casi tan largo como el de promesas incumplidas.

El “ah, pero la dictadura” de Alfonsín

Raúl Alfonsín asumió en 1983 con la legitimidad de haber devuelto la democracia, pero con una economía devastada. “Recibimos un país devastado por la dictadura”, fue una de sus frases de cabecera en los primeros años. La hiperinflación, la deuda externa y la desorganización económica eran presentadas como un legado ineludible. Al final de su mandato, ya no alcanzaba señalar hacia atrás: el “ah, pero la dictadura” dejó lugar al “ah, pero los radicales no saben gobernar”, repetido por la oposición.

El “ah, pero la hiperinflación” menemista

Carlos Menem inauguró los ’90 con otro argumento. Su explicación para las privatizaciones y la convertibilidad fue clara: “Tuvimos que actuar rápido porque heredamos la hiperinflación”. Ese “ah, pero” se convirtió en la justificación de un modelo que primero fue visto como estabilizador y luego como un corsé que terminó explotando. Cuando las consecuencias de la convertibilidad aparecieron, se ensayó otro discurso: “ah, pero el mundo exige modernización”.

De la Rúa y el “ah, pero la herencia menemista”

Fernando de la Rúa llegó en 1999 prometiendo “tranquilidad”, pero el corsé de la convertibilidad lo dejó sin margen. Su muletilla fue “recibimos una herencia complicada”. Una frase repetida por su gabinete fue: “No es fácil gobernar con este nivel de deuda y déficit heredado”. Esa defensa se volvió insuficiente con el estallido social del 2001, cuando la gente en la calle gritaba “que se vayan todos” y ya no aceptaba excusas.

Duhalde y el “ah, pero el país está explotado”
Eduardo Duhalde asumió en enero de 2002 en medio de saqueos y represión. Su primera cadena nacional arrancó con una justificación: “Me ha tocado gobernar un país en llamas”. Ese “ah, pero” le sirvió para sostener medidas de emergencia como la devaluación y la pesificación asimétrica.

Los Kirchner y las excusas internacionales

Néstor Kirchner ensayó un nuevo guion: “ah, pero el FMI”. Reiteraba en cada discurso que “la Argentina no volverá a arrodillarse ante el Fondo”, colocando la culpa de los ajustes en los organismos internacionales.

Cristina Fernández perfeccionó la técnica. En 2008, durante la crisis financiera, sostuvo: “No podemos desconocer que atravesamos la peor crisis internacional desde 1930”. En 2014, cuando se trabaron las negociaciones con los holdouts, repitió: “No vamos a aceptar extorsiones de los fondos buitres”. Cada reclamo opositor era respondido con otra variante: “ah, pero ellos hicieron peor”.

Macri y la “pesada herencia”

Mauricio Macri convirtió su excusa en un eslogan: “ah, pero la pesada herencia”. En su primer discurso ante el Congreso dijo: “Recibimos un Estado quebrado, con déficit, sin reservas y con estadísticas manipuladas”. Cuando la economía comenzó a derrumbarse, apareció otra defensa: “Estamos atravesando una tormenta externa”. También se instaló la explicación climática: “La sequía histórica nos quitó un punto y medio de crecimiento”.

Alberto Fernández y la pandemia como escudo
El Frente de Todos arrancó en 2019 repitiendo el “ah, pero la herencia” macrista. Pero el coronavirus fue el argumento central: “El mundo vive una tragedia inesperada y nosotros no somos la excepción”. Más tarde sumó otras excusas: “ah, pero la guerra en Ucrania” y “ah, pero la sequía histórica”. En cada caso, el relato giraba hacia factores externos.

Milei y el “ah, pero la casta”

Javier Milei llegó con un discurso disruptivo, pero también con su propio arsenal de “ah, pero”. Desde el inicio proclamó: “Ah, pero la casta nos dejó esta bomba”. Más tarde sumó otros recursos: “ah, pero los K”, “ah, pero el Congreso que traba las reformas”, “ah, pero los gobernadores que no entienden la situación”. En Córdoba, frente a sus militantes, llegó a decir: “Nosotros cumplimos con el equilibrio fiscal, pero ah, si no nos acompañan, los responsables del fracaso serán ellos”.

El círculo eterno del “ah, pero”

Cada gobierno argentino encontró en el “ah, pero” una manera de esquivar la rendición de cuentas. Alfonsín señaló a la dictadura; Menem a la inflación; De la Rúa al menemismo; Duhalde al caos; Néstor al FMI; Cristina a la crisis global y los buitres; Macri a la pesada herencia y la tormenta; Alberto a la pandemia, la guerra y la sequía; Milei a la casta, los K y el Congreso.

El resultado es un relato circular donde las culpas nunca terminan de ser propias y la responsabilidad siempre se desplaza. El verdadero reino que persiste no es el del crecimiento ni el de la estabilidad, sino el del “ah, pero”.

 
 

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