Bajo el sol de la historia: entre la república y la tentación del autoritarismo

A más de un siglo del primer voto popular que llevó a Yrigoyen al poder, la Argentina vuelve a debatirse entre las mismas tensiones: república o caudillismo, instituciones o mesianismos. La historia, que no se repite pero rima, advierte que los autoritarismos ya no llegan con tanques, sino con pantallas y promesas de orden.
Opinión23 de octubre de 2025Alejandro CabreraAlejandro Cabrera
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Democracia

Algunos historiadores reniegan de la idea de que la historia sea circular. Sin embargo, en Argentina la historia no se repite, pero rima. En 1916, cuando Hipólito Yrigoyen se convirtió en el primer presidente elegido por voto secreto y popular, pareció que el país al fin se encaminaba hacia una democracia plena. “Mi programa es la Constitución Nacional”, respondía el viejo caudillo radical cuando le pedían definiciones. Su frase condensaba una convicción: que la ley debía ser el horizonte y no la voluntad de los hombres. Era el sueño republicano hecho gobierno.

Pero como tantas veces ocurriría después, el sueño duró poco. Entre el yrigoyenismo y el alvearismo convivieron dos visiones de país dentro de un mismo partido: una más popular, otra más conservadora. El país atravesaba una época turbulenta, marcada por la Primera Guerra Mundial y por un orden social en transformación. Las élites desplazadas del poder por el voto buscaron otros caminos para recuperarlo, y allí empezó la grieta fundacional entre democracia y tutela autoritaria. Los inmigrantes y los obreros organizados fueron convertidos en enemigos internos, y las calles ardieron durante la Semana Trágica y la Patagonia Rebelde. La democracia, aún joven, fue puesta a prueba en medio del miedo, el odio y la violencia social.

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Catorce años después, en 1930, el experimento democrático fue interrumpido por el primer golpe militar de la historia argentina. Aquel derrocamiento de Yrigoyen inauguró un siglo de ciclos rotos: democracia, crisis, golpe, dictadura y retorno. Desde entonces, el país pareció condenado a repetir una misma lección que nunca terminaba de aprender. Los golpes de 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976 marcaron con fuego una historia donde la fuerza se impuso una y otra vez sobre el voto. Y sin embargo, cada retorno democrático intentó, con mayor o menor fortuna, reconstruir la esperanza.

En el mundo, la escena tampoco era distinta. Tras la Gran Guerra, el crack del 29 y el ascenso de los totalitarismos, Europa vio nacer monstruos que muchos prefirieron ignorar hasta que fue tarde. Hitler no habría existido sin su pueblo, sin los intelectuales que callaron, sin los burócratas que obedecieron. Lo mismo vale para cualquier época: los autoritarismos no se imponen solo por la fuerza, sino por la fascinación colectiva ante el orden prometido.

Hoy, un siglo después, las circunstancias parecen otras, pero las pulsiones son las mismas. La humanidad está hiperconectada, pero paradójicamente más confundida. La sobreabundancia de información crea ignorancia y el exceso de voces diluye la verdad. En lugar de golpes militares, hay golpes digitales; en lugar de censura abierta, hay manipulación algorítmica. Las armas cambiaron, pero el objetivo sigue siendo el mismo: el control.

Las sociedades, cansadas de crisis económicas, inseguridad o frustraciones políticas, vuelven a mirar con simpatía a los hombres fuertes, los “ordenadores”, los “mesías” que prometen soluciones instantáneas. En América Latina se admira el modelo del “dictador cool” de Bukele, mientras otros elogian el autoritarismo ilustrado de Viktor Orbán o la musculatura imperial de Vladimir Putin. China, con su capitalismo de partido único, desconcierta a Occidente, que la condena en los discursos pero la imita en el orden y la disciplina. Y en Estados Unidos, el caso Trump demuestra que la institucionalidad sigue siendo el único dique que puede contener a un líder con pulsión autocrática.

Argentina, por su parte, vuelve a enfrentar una encrucijada parecida a la de 1916. La democracia se sostiene, pero las tentaciones autoritarias sobreviven disfrazadas de modernidad, eficacia o mano dura. En nombre del orden, muchos están dispuestos a entregar libertades. En nombre del progreso, se naturaliza la intolerancia. La historia nos muestra que el deterioro democrático no llega de golpe: se filtra, se normaliza, se vuelve costumbre.

En aquel primer gobierno radical, el poder civil fue hostigado hasta ser derrocado. Hoy, el hostigamiento viene en otras formas: operaciones mediáticas, fake news, bots y discursos de odio amplificados por la tecnología. Pero el resultado puede ser el mismo: el descrédito de la política, la destrucción del consenso, la pérdida de sentido del bien común. Y en ese vacío, como siempre, germina el autoritarismo.

La diferencia es que ahora los golpes no los dan los generales, sino los algoritmos. No hay tanques en las calles, pero sí ejércitos de trolls, influencers o inteligencia artificial manipulando emociones. Lo que antes se imponía por la fuerza, hoy se conquista por la persuasión. Y lo más peligroso de todo: muchos creen elegir libremente mientras son dirigidos.

Por eso, en este presente que parece una parodia de su propio pasado, las elecciones del domingo no son una más. En cada voto late la vieja disputa entre república y caudillismo, entre Constitución y voluntad, entre el ciudadano y el súbdito. No es solo la economía ni la seguridad lo que se juega, aunque sean urgentes. Lo que está en juego es si seguimos siendo una sociedad capaz de sostener el pacto democrático aun en la crisis, o si una vez más elegimos romperlo en nombre de la salvación.

Desde 1983, la democracia argentina sobrevivió a la hiperinflación, al desempleo, a los estallidos sociales y a los populismos de todo signo. Lo hizo con errores, con desgaste, con deudas pendientes. Pero sobrevivió. Y eso, en un país con la historia que tenemos, ya es un triunfo moral. Cada vez que un gobierno intentó sostener las instituciones, fue atacado por los mismos que deberían defenderlas. Por eso, quizá el verdadero cambio que necesitamos no sea de nombres ni de discursos, sino de cultura cívica.

Porque si algo enseña la historia es que los pueblos que olvidan sus rupturas están condenados a repetirlas. Y tal vez lo único realmente nuevo bajo el sol sería una Argentina que, por primera vez, decida no romper más.

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