Rodrigo Paz y el desafío de gobernar un país exhausto: el arranque de una presidencia marcada por la transición

Rodrigo Paz Pereira asumió la presidencia de Bolivia el 8 de noviembre de 2025, en medio de una crisis económica aguda, un escenario político fracturado y un clima social saturado por bloqueos y disputas internas en el Movimiento al Socialismo. Sus primeros meses muestran un gobierno que intenta estabilizar, contener y negociar en un país que arrastra tensiones acumuladas durante más de una década.
Mundo26 de noviembre de 2025Alejandro CabreraAlejandro Cabrera
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Rodrigo Paz Pereira

El día que cambió el mapa político boliviano

La ceremonia del 8 de noviembre no sólo marcó el inicio de una nueva presidencia: significó el primer traspaso real de poder fuera del MAS en casi veinte años. El país llegaba a ese momento con una sensación de desgaste extendida, un sistema político agotado y una ciudadanía que había atravesado años de polarización y crisis económica sin señales claras de recuperación.

Rodrigo Paz asumió con la promesa de un gobierno de transición responsable, consciente de que la gobernabilidad no sería producto de mayorías parlamentarias —que no tenía— sino de la capacidad de construir acuerdos mínimos en un Congreso dominado por un MAS dividido entre evistas y arcistas. La fractura interna del partido que gobernó Bolivia durante casi dos décadas condicionó desde el primer minuto el margen de maniobra del nuevo presidente, que debió afrontar un escenario en el que las alianzas legislativas se redefinían semana a semana, según la puja interna entre las facciones del antiguo oficialismo.

Nada en el arranque de su gobierno pudo despegarse de esa fragmentación. Paz se encontró con un Parlamento dispuesto a bloquearlo si avanzaba demasiado rápido, pero a la vez tan dividido que tampoco podía articular una oposición coherente. Esto obligó al presidente a transitar un delicado equilibrio: avanzar sin provocar rupturas y negociar sin ceder su agenda de reconstrucción institucional.

 
Una economía en tensión permanente

La crisis económica fue el telón de fondo de la asunción y de toda la primera etapa de gobierno. Bolivia recibió a Rodrigo Paz con reservas internacionales en mínimos históricos, una moneda bajo presión, un sistema de subsidios difícil de sostener y un sector energético en declive, sobre todo por la pérdida de peso del gas como motor exportador. Ninguna de estas tensiones era nueva, pero todas estaban en su momento más sensible.

En estos primeros meses, la estrategia del Ejecutivo se asentó en la moderación. No hubo anuncios de shock ni reformas abruptas, sino señales cuidadosas orientadas a evitar una espiral inflacionaria o un colapso cambiario. Paz apostó a ganar tiempo mientras renegociaba contratos energéticos, buscaba líneas de financiamiento internacional y comenzaba a ordenar el frente fiscal a partir de una combinación de ajustes graduales y reestructuración administrativa.

El gobierno entendió que cualquier movimiento brusco podía desencadenar protestas masivas, y por eso priorizó la estabilización emocional del país antes que la transformación estructural. La narrativa oficial se concentró en transmitir calma y previsibilidad, incluso cuando los indicadores seguían mostrando tensiones profundas. Fue un arranque económico contenido, de respiración asistida, pero orientado a evitar desbordes en un momento extremadamente delicado.

 
Las calles: un termómetro de la fragilidad política

Los primeros meses de la presidencia de Rodrigo Paz también estuvieron marcados por el retorno de las protestas, un rasgo habitual en la vida política boliviana. Hubo bloqueos intermitentes promovidos por sectores cercanos a Evo Morales, marchas sindicales por los aumentos tarifarios y tensiones crecientes con regiones como Potosí y Santa Cruz, que reclamaban mayor autonomía y más recursos.

Paz intentó diferenciarse de sus antecesores con una estrategia de diálogo constante. Evitó la confrontación pública con los movimientos movilizados y buscó contener los conflictos antes de que escalaran. Pero el carácter fragmentado del sistema social boliviano, sumado a la debilidad institucional heredada, volvió la gobernabilidad un ejercicio cotidiano de contención más que de conducción.

A esto se sumaron las demandas de los productores de coca en el Chapare, que siguen siendo uno de los actores territoriales más difíciles para cualquier presidente fuera del MAS. La tensión en esa región obligó al gobierno a reforzar su presencia en el terreno, sin caer en el error de sobrerreaccionar, consciente de que un mal cálculo podía activar un conflicto nacional.

 
La diplomacia como herramienta de equilibrio

En el plano internacional, la presidencia de Paz inauguró un giro hacia la moderación. El país dejaba atrás una etapa marcada por alineamientos ideológicos rígidos y por tensiones diplomáticas recurrentes. El nuevo gobierno apostó por reconstruir vínculos con Argentina y Brasil, relanzar la relación con la Unión Europea y mantener una posición prudente con Estados Unidos, evitando confrontaciones innecesarias pero sin subordinación explícita.

La agenda marítima con Chile —siempre sensible— se manejó con prudencia, evitando escaladas retóricas y privilegiando el diálogo técnico sobre las declaraciones altisonantes. La intención era recuperar previsibilidad externa para atraer inversión, especialmente en litio y minería, sectores que Paz considera estratégicos para redefinir la matriz económica del país.

 
Litio y energía: el núcleo del proyecto de desarrollo

Desde su asunción, el presidente marcó un rumbo claro: Bolivia debía pasar de depender del gas a convertirse en un actor central del mercado mundial del litio. Por eso impulsó una reorganización de Yacimientos de Litio Bolivianos (YLB), abrió nuevas mesas de negociación con empresas internacionales y comenzó a diseñar un esquema de licitación más transparente y competitivo.

Las disputas con cooperativas mineras, gobernaciones y comités cívicos demostraron que el litio no es sólo un recurso estratégico sino un terreno de disputa política de primer orden. El gobierno entendió desde temprano que el control del litio definirá parte del equilibrio de poder interno en los próximos años. Aun así, la administración logró avances preliminares para evitar que otros países de la región se adelanten en la carrera por atraer inversión tecnológica.

En paralelo, el declive del gas obligó al Ejecutivo a repensar toda la matriz energética, explorar nuevas formas de exportación y buscar socios que acompañen una transición ordenada. Paz asumió sabiendo que no podía prometer una revolución económica inmediata, pero sí podía iniciar un proceso de reconfiguración que redefina el futuro del país.

 
Un gobierno que intenta ordenar antes que transformar

Los primeros meses de la presidencia de Rodrigo Paz mostraron un proyecto que avanza en medio de tensiones heredadas y límites estructurales. Gobernar en un país agotado por la polarización y por la crisis económica implicó, en este arranque, administrar más que reformar, estabilizar más que innovar y negociar más que imponer.

La presidencia comenzó como una transición, pero su rumbo dependerá de si logra consolidarse como un liderazgo capaz de reconstruir confianza y abrir un ciclo político diferente en un país donde los consensos son escasos y las tensiones sociales están siempre a un paso de reactivarse.

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