
Día del Periodista: por qué se celebra el 7 de junio y qué revela su origen sobre el oficio de informar
Alejandro CabreraEl Día del Periodista en la Argentina se celebra cada 7 de junio porque ese día, en 1810, comenzó a circular la Gazeta de Buenos Ayres, el periódico impulsado por Mariano Moreno en los primeros días posteriores a la Revolución de Mayo. No fue una publicación más. Fue el primer gran órgano de prensa de la etapa independentista, una herramienta política, institucional y pedagógica destinada a comunicar las decisiones de la Primera Junta, difundir ideas revolucionarias y construir una opinión pública en un territorio que empezaba a dejar atrás el orden colonial.
La fecha quedó establecida mucho después, en 1938, durante el Primer Congreso Nacional de Periodistas realizado en Córdoba. Allí se decidió homenajear a quienes ejercían el oficio tomando como referencia aquel 7 de junio fundacional. La elección no fue casual: la Gazeta representaba el nacimiento de una forma moderna de intervención pública, donde la palabra escrita no solo informaba, sino que también organizaba, persuadía, discutía y disputaba poder.
Mariano Moreno entendía que una revolución no podía sostenerse únicamente con decisiones de gobierno o movimientos militares. Necesitaba también explicar sus razones, justificar sus actos, construir legitimidad y hablarle a una sociedad que todavía no tenía una ciudadanía plenamente formada. Por eso la Gazeta de Buenos Ayres fue, al mismo tiempo, un periódico, un instrumento de gobierno y un espacio de construcción política.
La Primera Junta necesitaba publicar sus actos, comunicar noticias locales y extranjeras, defender el nuevo orden y disputar el sentido de lo que estaba ocurriendo. En una época sin radio, televisión, redes sociales ni circulación inmediata de información, un periódico era mucho más que un medio: era una tecnología política de primer orden. Allí se escribía el presente, se ordenaba la versión oficial de los hechos y se abría un camino para que las ideas circularan más allá de los salones del poder.
Mariano Moreno y la prensa como herramienta de la revolución
Mariano Moreno fue una figura central de la Revolución de Mayo y también uno de los primeros en comprender que la política moderna necesitaba prensa. Abogado, secretario de la Primera Junta, polemista y hombre de ideas intensas, Moreno veía en la publicación de la Gazeta una necesidad urgente. Había que comunicar al pueblo lo que hacía el nuevo gobierno, pero también había que formar opinión, explicar el sentido de la transformación y defender el rumbo revolucionario frente a enemigos internos y externos.
La Gazeta no nació como un diario neutral en el sentido contemporáneo. Surgió como una publicación comprometida con una causa política: la revolución. Pero ese dato no le quita importancia periodística. Al contrario, permite entender el origen profundo del periodismo argentino como un oficio nacido en tensión con el poder, con la historia y con la necesidad de intervenir en el debate público.
Moreno no concebía la información como un adorno del gobierno. La concebía como una condición de la vida pública. Publicar los actos oficiales era una forma de construir transparencia en un tiempo donde las decisiones del poder colonial habían sido durante siglos cerradas, verticales y lejanas. La Gazeta buscaba abrir una ventana entre el gobierno y la sociedad.
En sus páginas participaron también figuras relevantes de la época, como Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Manuel Alberti, Pedro José Agrelo y Bernardo de Monteagudo. Esa constelación muestra que la prensa naciente estaba íntimamente vinculada al mundo intelectual y político de la revolución. Escribir era actuar. Publicar era combatir. Informar era tomar parte en el nacimiento de un nuevo orden.
La Gazeta se publicó hasta 1821 y acompañó una etapa convulsionada: guerras de independencia, disputas internas, cambios de gobierno, debates sobre el rumbo del territorio y tensiones sobre la construcción de una nación. Su historia permite entender que el periodismo argentino nació ligado a la política, pero también a una idea más profunda: la sociedad tiene derecho a saber qué hace el poder y por qué lo hace.
De la Gazeta al Día del Periodista
El Día del Periodista fue instituido en 1938 por el Primer Congreso Nacional de Periodistas. La decisión de tomar el 7 de junio como fecha conmemorativa conectó el oficio moderno con aquella publicación revolucionaria de 1810. No se eligió el día por una efeméride corporativa, sino por una idea histórica: el periodismo argentino tiene su origen simbólico en la necesidad de hacer pública la vida política.
Ese punto sigue siendo importante. La fecha no homenajea solamente a quienes trabajan en diarios, radios, canales, portales o plataformas digitales. Homenajea una función social: buscar información, verificarla, narrarla, contextualizarla y ponerla a disposición de la ciudadanía. En democracia, ese trabajo es incómodo por definición, porque obliga a mirar donde otros prefieren silencio.
El periodismo cambió de formato muchas veces. Pasó de la imprenta al diario masivo, del diario a la radio, de la radio a la televisión, de la televisión a internet, de internet a las redes sociales y de las redes a la inteligencia artificial. Pero la pregunta de fondo sigue siendo parecida a la de 1810: quién informa, con qué datos, bajo qué intereses, con qué responsabilidad y frente a qué poder.
En tiempos de Mariano Moreno, el desafío era hacer circular las ideas de la revolución en una sociedad todavía marcada por la censura colonial y por una cultura política restringida. En el presente, el desafío es otro: navegar una sobreabundancia de información, distinguir hechos de operaciones, separar datos de rumores y reconstruir contexto en medio de una velocidad que muchas veces empuja a publicar antes de entender.
Por eso el Día del Periodista no debería ser solo una celebración protocolar. También debería ser una jornada de reflexión sobre el estado del oficio. La crisis económica de los medios, la precarización laboral, la presión política, el hostigamiento digital, la concentración empresarial, la pérdida de confianza pública y la circulación masiva de desinformación modificaron radicalmente el ecosistema informativo.
El periodismo como control del poder
La función más importante del periodismo en una democracia es controlar al poder. No solo al gobierno de turno, sino a todos los poderes: político, económico, judicial, sindical, empresarial, policial, religioso y mediático. El periodismo no existe para agradar al poder ni para convertirse en oficina de prensa de nadie. Existe para preguntar, investigar, incomodar, contrastar versiones y mostrar aquello que, de otro modo, podría permanecer oculto.
Esa tarea suele generar tensiones. Los gobiernos prefieren relatos ordenados. Los partidos prefieren militancia. Las empresas prefieren buena imagen. Los funcionarios prefieren preguntas previsibles. Los jueces prefieren expedientes sin ruido. Los poderosos prefieren que sus decisiones sean leídas como inevitables. El periodismo, cuando funciona, rompe esa comodidad.
Eso no significa que el periodismo esté por encima de la crítica. También se equivoca, también puede operar, también puede ser superficial, también puede responder a intereses, también puede exagerar, callar o deformar. Justamente por eso el oficio exige estándares: chequeo, edición, fuentes, responsabilidad, contexto y disposición a corregir.
La defensa del periodismo no puede ser defensa corporativa de cualquier práctica. Tiene que ser defensa de un método. Informar no es publicar lo primero que aparece. No es amplificar rumores. No es reemplazar investigación por indignación. No es confundir opinión con dato. No es convertir cada tema en una guerra de consignas. El periodismo necesita velocidad, pero también necesita rigor.
En una época donde cualquiera puede emitir, grabar, publicar y viralizar, el valor del periodista no está solo en contar algo rápido. Está en ordenar lo que se sabe, explicar lo que falta, advertir lo que no está probado y distinguir una noticia de una operación. Esa tarea se volvió más necesaria que nunca.
La crisis de confianza y el desafío digital
El periodismo atraviesa una crisis global de confianza. Parte de esa crisis se explica por errores propios: alejamiento de las audiencias, exceso de dependencia de fuentes oficiales, espectacularización de la noticia, polarización editorial y pérdida de profundidad. Pero también se explica por una ofensiva sistemática de distintos poderes que buscan desacreditar a la prensa para debilitar su capacidad de control.
Cuando un dirigente acusa a todo periodismo crítico de ser enemigo, operador o corrupto, no está discutiendo solo una nota. Está intentando erosionar la legitimidad de una institución social. Puede haber periodistas malos, medios interesados y coberturas injustas. Pero si la respuesta es destruir la idea misma de prensa independiente, el resultado es una sociedad más vulnerable frente al abuso de poder.
La revolución digital hizo el escenario más complejo. Las redes permiten acceso directo a fuentes, voces y documentos, pero también multiplican la desinformación. Los algoritmos premian el enojo, la simplificación y la viralidad. La inteligencia artificial acelera la producción de contenido, pero también abre nuevos problemas de autenticidad, manipulación de imágenes, voces falsas y textos generados sin verificación.
En ese contexto, el periodismo necesita recuperar una promesa básica: ayudar a entender. No alcanza con publicar mucho. No alcanza con llegar primero. No alcanza con tener impacto. El periodismo que importa es el que agrega claridad donde hay ruido, profundidad donde hay slogans y datos donde hay sospechas.
El Día del Periodista, entonces, no es nostalgia por la Gazeta. Es una invitación a pensar cómo se sostiene hoy aquella idea original de publicidad de los actos de gobierno y circulación de información pública en un mundo saturado de estímulos, versiones y operaciones.
Una fecha para mirar el oficio desde adentro
Para quienes ejercen el periodismo, el 7 de junio también es una fecha de balance. El oficio tiene una dimensión romántica, pero también una realidad dura. Hay periodistas que trabajan con salarios bajos, sin contratos estables, con múltiples tareas, bajo presión permanente y con exposición pública creciente. Hay cronistas que cubren calle, tribunales, política, policiales, economía, deporte o cultura en condiciones muy distintas a la imagen idealizada del periodista influyente.
La precarización afecta la calidad informativa. Cuando un periodista debe producir demasiadas notas por día, sin tiempo para chequear, investigar o salir a la calle, el sistema empuja hacia el error. Cuando las redacciones se achican, se pierde memoria profesional. Cuando la pauta o la presión empresaria condicionan agendas, se debilita la independencia. Cuando el click manda sobre el contexto, la noticia se vuelve consumo rápido y no conocimiento público.
El desafío no es solo individual. No alcanza con pedir buenos periodistas si el ecosistema premia malas prácticas. Hace falta reconstruir condiciones para que el oficio pueda hacerse bien: tiempo, edición, protección laboral, formación, diversidad de voces, transparencia de medios y compromiso con audiencias que ya no aceptan una autoridad informativa sin explicación.
También hace falta recuperar el valor de la crónica, de la investigación y del contexto. En un país como la Argentina, donde la realidad política y económica cambia todo el tiempo, la noticia necesita profundidad. El lector no solo quiere saber qué pasó. Quiere saber por qué pasó, qué antecedentes tiene, quiénes ganan, quiénes pierden, qué consecuencias puede traer y qué parte del relato todavía no está comprobada.
Moreno, la Gazeta y una discusión que sigue abierta
La Gazeta de Buenos Ayres nació para publicar actos de gobierno y noticias relevantes en una etapa de ruptura histórica. Su existencia respondía a una necesidad política de la Primera Junta, pero también inauguraba una práctica democrática: la información como parte de la vida pública. Sin información, la sociedad queda a oscuras. Sin debate, el poder se vuelve monólogo. Sin prensa, la ciudadanía pierde una herramienta de control.
Mariano Moreno no imaginó el periodismo digital, las redes sociales, los canales de streaming, los portales de noticias ni los podcasts. Pero sí entendió algo que todavía vale: los pueblos necesitan saber. Necesitan acceder a información, argumentos y discusiones. Necesitan que el poder no sea una caja cerrada. Necesitan que las ideas circulen.
Ese legado es más exigente que celebratorio. Recordar la Gazeta no significa idealizar el pasado. Significa reconocer que el periodismo argentino nació en una disputa por la palabra pública. Y esa disputa sigue. Hoy se da en redacciones, plataformas, teléfonos, estudios, tribunales, conferencias de prensa, marchas, barrios, archivos y bases de datos.
El 7 de junio, por eso, no es solamente el día de quienes firman notas o hablan frente a un micrófono. Es el día de una tarea que, cuando se ejerce con honestidad, sirve para que la sociedad no dependa únicamente de la versión del poder. Es el día de quienes preguntan cuando otros callan, verifican cuando otros repiten y sostienen que la verdad pública no puede quedar reducida a propaganda.
El periodismo está en crisis, pero también es más necesario que nunca. Porque cuanto más ruido hay, más falta hace alguien que ordene. Cuanta más propaganda circula, más falta hace verificación. Cuanto más se ataca al que pregunta, más importante se vuelve defender el derecho a preguntar.
La Gazeta de Buenos Ayres fue una herramienta de revolución. El periodismo de hoy debería conservar, al menos, esa vocación de incomodidad: publicar lo que debe saberse, explicar lo que parece confuso y recordar que ninguna democracia funciona plenamente si sus ciudadanos no tienen información para decidir.


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