
Tasas de hasta 700% y morosidad récord: qué podría hacer el Gobierno para aliviar a los endeudados sin pagarles la deuda
Alejandro CabreraLa discusión sobre el endeudamiento de las familias argentinas sumó un elemento particular: el propio ministro de Economía, Luis Caputo, reconoció que existen fintech que llegan a ofrecer financiamiento con tasas de entre 400% y 700%, las calificó de “abusivas”, pero al mismo tiempo descartó que el Gobierno vaya a intervenir para limitarlas.
“Hoy no hay nada que les impida hacerlo” y “es un tema entre privados”, sostuvo Caputo al explicar la posición oficial. El Gobierno apuesta fundamentalmente a ampliar la oferta de crédito y a que una mayor competencia entre entidades termine reduciendo las tasas. También descartó utilizar recursos públicos para absorber las pérdidas generadasLa discusión sobre el endeudamiento de las familias argentinas sumó un elemento particular: el propio ministro de Economía, Luis Caputo, reconoció que existen fintech que llegan a ofrecer financiamiento con tasas de entre 400% y 700%, las calificó de “abusivas”, pero al mismo tiempo descartó que el Gobierno vaya a intervenir para limitarlas.
“Hoy no hay nada que les impida hacerlo” y “es un tema entre privados”, sostuvo Caputo al explicar la posición oficial. El Gobierno apuesta fundamentalmente a ampliar la oferta de crédito y a que una mayor competencia entre entidades termine reduciendo las tasas. También descartó utilizar recursos públicos para absorber las pérdidas generadas por los incumplimientos de los deudores.
Pero entre no hacer nada y que el Estado directamente pague las deudas existe una cantidad importante de alternativas. El Gobierno podría intervenir sobre las condiciones de refinanciación, limitar determinados intereses, aumentar las exigencias de información, establecer mecanismos para prevenir el sobreendeudamiento o facilitar la consolidación de varias deudas en un único préstamo más largo y barato.
El tema adquiere relevancia por el deterioro del crédito al consumo. Según el último informe disponible del Banco Central sobre proveedores no financieros de crédito, alrededor de 12,1 millones de personas tenían financiamiento de este sector en febrero de 2026, mientras que las fintech ya superaban los 7 millones de clientes. La irregularidad de la cartera total alcanzaba el 26,9%, pero escalaba hasta el 34,1% en los préstamos personales.
Es decir, prácticamente uno de cada tres pesos prestados bajo ese tipo de financiamiento se encontraba en situación irregular.
Refinanciar sin perdonar la deuda: una de las principales alternativas
La primera herramienta que podría implementar el Estado sería un régimen extraordinario de refinanciación para consumidores sobreendeudados.
La diferencia es importante: refinanciar no significa perdonar.
Una persona que tomó un préstamo seguiría obligada a devolver el dinero que recibió, pero podría acceder a un mecanismo que extienda los plazos, reduzca los intereses futuros y limite los punitorios acumulados desde que comenzó la mora.
El Gobierno podría, por ejemplo, impulsar mediante una ley un período extraordinario durante el cual bancos y proveedores no financieros deban ofrecer planes de regularización a determinados deudores antes de iniciar o continuar acciones de cobro.
El saldo podría dividirse en 24, 36 o 48 meses y la tasa de refinanciación podría vincularse a alguna referencia objetiva del sistema financiero, evitando que un atraso transforme rápidamente una deuda relativamente pequeña en una obligación prácticamente imposible de cancelar.
El propio Caputo reconoció que algo parecido ya comenzó a ocurrir voluntariamente en algunos bancos. Según explicó, después del aumento de la morosidad el Gobierno pidió a las entidades “flexibilidad” y “consideración”, y algunas comenzaron a refinanciar deudas a tres años con tasas sustancialmente menores.
La diferencia sería transformar una negociación voluntaria y caso por caso en un mecanismo general para determinados consumidores que cumplan condiciones específicas.
Esto permitiría evitar un rescate estatal: el contribuyente no pagaría la deuda, el acreedor continuaría cobrando y el deudor seguiría teniendo que devolver el dinero, pero bajo un esquema potencialmente sostenible.
El punto más delicado sería determinar qué parte del monto reclamado corresponde efectivamente al capital adeudado y qué parte se acumuló mediante intereses compensatorios, moratorios, punitorios y otros cargos.
Una persona puede haber tomado originalmente $500.000 y meses después encontrarse frente a una deuda considerablemente superior. En un régimen de regularización podrían revisarse esos componentes, establecer cuáles corresponden y refinanciar el saldo resultante.
Limitar intereses y punitorios: el Estado ya lo hace en algunos mercados
Una segunda alternativa sería establecer límites específicos a las tasas de determinados créditos de consumo.
Esto tampoco constituiría una figura desconocida dentro del sistema jurídico argentino. La regulación de las tarjetas de crédito establece referencias para los intereses compensatorios y, en el caso de emisores no bancarios, vincula el límite con el promedio de las tasas del sistema para préstamos personales publicado por el Banco Central. La legislación también determina que los intereses punitorios de las tarjetas no pueden capitalizarse.
Por lo tanto, el Congreso podría discutir un esquema semejante para determinadas modalidades de préstamos digitales.
No necesariamente tendría que establecer una tasa máxima fija. Una norma que dijera que ningún préstamo puede cobrar más de determinado porcentaje anual podría rápidamente quedar desactualizada frente a cambios en la inflación y las tasas de mercado.
Una alternativa sería utilizar una referencia variable: permitir que cada empresa determine libremente sus tasas, pero hasta un múltiplo de alguna tasa promedio publicada periódicamente por el Banco Central.
El mecanismo podría concentrarse especialmente en los intereses generados después de la mora.
Ese punto es relevante porque una cosa es la tasa que una persona aceptó cuando tomó el crédito y otra es lo que sucede después de dejar de pagar.
Cuando aparecen intereses moratorios, punitorios, gastos administrativos y refinanciaciones sucesivas, una deuda puede crecer mucho más rápidamente que los ingresos del deudor.
Una regulación podría impedir que esos conceptos superen determinado porcentaje respecto del capital original o establecer que, una vez alcanzado determinado nivel, dejen de acumularse nuevos punitorios.
El objetivo sería evitar lo que en la práctica puede transformarse en una deuda de muy difícil cancelación sin eliminar la obligación de pago.
Una puerta para salir del endeudamiento múltiple
Existe además un problema adicional: muchos de los hogares con dificultades financieras no tienen una sola deuda.
Una misma persona puede tener simultáneamente saldo de tarjeta de crédito, un préstamo personal bancario, financiamiento otorgado por una billetera virtual, un préstamo de una fintech y cuotas pendientes con diferentes comercios.
Puede incluso utilizar un nuevo préstamo para pagar el vencimiento de otro.
Ese mecanismo comienza a generar una rueda peligrosa: se toma deuda para cancelar deuda.
Una alternativa sería impulsar líneas específicas de consolidación de pasivos.
El Banco Nación o entidades privadas que participaran del programa podrían otorgar un único crédito destinado exclusivamente a cancelar las diferentes obligaciones existentes.
Supongamos que una persona debe $500.000 en una fintech, $400.000 en otra plataforma y $600.000 en una tarjeta.
En lugar de pagar tres obligaciones distintas, cada una con tasas, fechas de vencimiento y punitorios diferentes, podría transformarlas en un único crédito por aproximadamente $1,5 millones, pagadero en un período considerablemente mayor y con una tasa inferior.
La persona no recibiría dinero en efectivo: el préstamo sería utilizado directamente para cancelar a los acreedores anteriores.
El resultado sería que no se reduce necesariamente el capital adeudado, pero sí el peso mensual de la deuda sobre el ingreso familiar.
El Gobierno podría limitar esta alternativa exclusivamente a quienes no hayan tomado nuevos créditos durante determinado período o establecer restricciones para que quienes ingresen a la refinanciación no vuelvan inmediatamente a endeudarse por encima de determinado porcentaje de sus ingresos.
También se podría limitar cuánto puede endeudarse una persona
Otra herramienta apuntaría no al moroso actual sino a evitar que se produzcan nuevos casos.
El sistema podría obligar a los proveedores de crédito a evaluar con mayor profundidad la capacidad de pago del solicitante antes de aprobar el préstamo.
Hoy el Banco Central ya incorpora a proveedores no financieros dentro de distintos regímenes de información y regulación, mientras que la normativa de defensa del consumidor exige que en las operaciones financieras para consumo se informe claramente el monto financiado, la tasa efectiva anual, el total de intereses o Costo Financiero Total, la cantidad y monto de las cuotas y los gastos adicionales.
El Gobierno podría avanzar un paso adicional y establecer criterios de crédito responsable.
Por ejemplo, una entidad podría estar obligada a consultar las obligaciones existentes del solicitante y determinar qué porcentaje de sus ingresos mensuales ya está comprometido en cuotas.
Si una persona gana $1 millón y ya destina $500.000 mensuales al pago de obligaciones financieras, otorgarle automáticamente otro préstamo podría aumentar significativamente la probabilidad de incumplimiento.
La contracara sería una menor disponibilidad de crédito para sectores considerados más riesgosos.
Esa es precisamente una de las principales razones por las que los préstamos no bancarios suelen ser más caros: muchas fintech atienden a personas que no encuentran financiamiento en los bancos tradicionales y, por lo tanto, presentan un perfil de riesgo mayor.
Una regulación demasiado restrictiva podría provocar que una parte de esos consumidores directamente quede afuera del mercado formal y termine recurriendo a prestamistas informales, donde las condiciones pueden ser todavía peores.
Por eso cualquier regulación necesitaría encontrar un equilibrio entre evitar el préstamo irresponsable y no destruir el acceso al crédito.
Más transparencia: mostrar cuánto dinero se termina devolviendo
Existe, además, una intervención considerablemente menos agresiva que establecer controles de precios: profundizar las obligaciones de información.
La Ley de Defensa del Consumidor ya establece que en una operación financiera deben informarse la tasa efectiva anual, los intereses totales, el Costo Financiero Total, el sistema de amortización, la cantidad de pagos y los gastos adicionales. Incluso contempla consecuencias cuando esos datos son omitidos.
El Estado podría exigir un formato todavía más simple para los préstamos digitales.
Antes de presionar el botón para aceptar $300.000, la aplicación podría estar obligada a mostrar de manera destacada:
“Usted recibe $300.000. Si paga todas las cuotas en término devolverá en total $X”.
Y, adicionalmente:
“Si deja de pagar, estos son los intereses y costos que comenzarán a aplicarse”.
La diferencia parece pequeña, pero permitiría trasladar la discusión desde una tasa nominal difícil de comprender para buena parte de los consumidores hacia el monto concreto que terminarán devolviendo.
El propio Banco Central informó que en febrero la tasa nominal anual promedio de los otros proveedores no financieros de crédito se ubicaba en torno al 144% para préstamos personales, aunque las condiciones particulares pueden variar sustancialmente entre empresas y clientes.
Los casos de tasas de 400% o 700% mencionados por Caputo muestran que determinados consumidores pueden enfrentar costos muy superiores a esos promedios.
El verdadero debate no es si el Estado interviene, sino hasta dónde
La posición de Caputo parte de una definición política y económica clara: si dos privados acuerdan voluntariamente un préstamo, el Gobierno considera que no debería determinar el precio de esa operación.
Sin embargo, el Estado ya regula parcialmente ese vínculo.
Existe legislación de defensa del consumidor, obligaciones de información, normas específicas para tarjetas, registros de proveedores no financieros, sistemas de clasificación de deudores y regulaciones del Banco Central destinadas a proteger a los usuarios del sistema financiero.
Por eso, la discusión no necesariamente pasa por elegir entre un mercado completamente libre o un rescate masivo financiado con impuestos.
Existe una zona intermedia.
El Gobierno podría impulsar refinanciaciones más largas, restricciones a los punitorios, mecanismos de consolidación de deudas, mayores controles sobre la capacidad de pago y requisitos de transparencia más exigentes, sin cancelar las obligaciones de los particulares.
Algunas de esas medidas podrían implementarse profundizando regulaciones existentes, mientras que aquellas que modificaran de manera general contratos ya celebrados, establecieran nuevos límites de tasas o crearan un régimen obligatorio de reestructuración requerirían una intervención legislativa mucho más importante.
El dato que vuelve urgente la discusión es la morosidad.
Los proveedores no financieros acumulaban en febrero de 2026 un saldo de financiamiento de $13,9 billones y atendían a más de 12 millones de personas. La irregularidad total había subido casi diez puntos porcentuales en apenas seis meses y alcanzaba el 34,1% entre los préstamos personales.
Caputo reconoció que el Gobierno había advertido previamente a los bancos que, si prestaban a tasas mensuales considerablemente mayores que el crecimiento de los salarios, aparecerían problemas para pagar. El fenómeno finalmente ocurrió y ahora el Ejecutivo confía en que las refinanciaciones privadas y una mayor competencia permitan normalizar gradualmente la situación.
La incógnita es si esa corrección llegará suficientemente rápido.
Porque cuando una porción significativa de los consumidores comienza a destinar una parte creciente de sus ingresos simplemente a refinanciar obligaciones anteriores, el problema deja de afectar exclusivamente al sistema financiero. También empieza a impactar sobre el consumo, la actividad económica y la capacidad de recuperación de los hogares.
El Gobierno podría decidir no intervenir sobre el precio del crédito, como plantea Caputo. Pero herramientas para actuar existen.
Y varias de ellas permitirían hacerlo sin regalar dinero, sin perdonar el capital y sin trasladar automáticamente la deuda privada a los contribuyentes.


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