
Masacre en Myanmar: un ataque aéreo mata a 22 personas en una escuela en medio del alto el fuego
Alejandro Cabrera
Las aulas como objetivo militar
El ataque se produjo en la aldea de Ohe Htein Twin, donde funcionaba una pequeña escuela comunitaria en la que decenas de chicos asistían a clases. Las bombas cayeron sin aviso y con precisión quirúrgica: golpearon directamente sobre el edificio escolar y sus alrededores. Murieron 20 niños, dos docentes y varios resultaron heridos. Algunos cuerpos fueron calcinados y otros quedaron atrapados entre los escombros.
La junta militar no emitió declaraciones. Tampoco negó el hecho. Su silencio es una forma de admitir, con arrogancia, que no siente necesidad de justificar sus actos. Desde el golpe de Estado de 2021, el régimen viene atacando con aviones y drones las zonas que considera bastiones de la resistencia, y en esa lógica de guerra total no hay líneas rojas que respetar.
La región de Sagaing es uno de esos bastiones, y ha sido objeto de ataques constantes en los últimos meses. La comunidad local ha intentado mantener en pie la vida cotidiana: escuelas, hospitales, redes de alimentos. Pero ni siquiera la fragilidad de esa normalidad fue suficiente para detener el fuego.
El falso alto el fuego: hipocresía como doctrina
La brutalidad del ataque se multiplica al observar el contexto: el régimen militar había anunciado un alto el fuego para facilitar la ayuda humanitaria tras un reciente terremoto. Ese compromiso quedó en papel mojado. Apenas unas horas después, las bombas cayeron sobre una escuela.
No es la primera vez que la dictadura utiliza el recurso del “alto el fuego” como cobertura para reorganizar fuerzas, distraer la atención internacional o incluso atacar por sorpresa. La masacre de Ohe Htein Twin confirma que los compromisos del régimen birmano no valen nada. Son herramientas de manipulación diplomática, no gestos humanitarios.
La tragedia vuelve a poner en escena el doble lenguaje del poder militar: mientras declara buscar la paz, aniquila civiles. Mientras promete proteger a la población, la convierte en blanco legítimo. La hipocresía no es un error del sistema: es parte constitutiva de su lógica de dominación.
La comunidad internacional: entre la condena y la inacción
Como ha ocurrido en otras ocasiones, las reacciones internacionales no tardaron en llegar. Hubo condenas firmes, declaraciones de repudio, llamados a respetar los derechos humanos. Pero no hubo consecuencias. Ni sanciones, ni intervención diplomática seria, ni presión efectiva para frenar los crímenes del régimen.
El Secretario General de la ONU reiteró que “las escuelas deben ser zonas de paz”, una frase que conmueve, pero que se repite con tanta frecuencia que ya ha perdido su efecto. ¿Qué más se necesita para actuar? ¿Cuántas escuelas destruidas, cuántos cuerpos diminutos apilados en el barro, cuántos gestos de impunidad absoluta?
Myanmar se ha convertido en un laboratorio de impunidad. El régimen mata sin ocultarse, sin excusas, sin vergüenza. Y el mundo, ocupado en otras tragedias, parece haber aceptado ese horror como un hecho natural.
¿Dónde se traza el límite?
El ataque a la escuela no es solo un crimen de guerra. Es un mensaje. La dictadura quiere dejar en claro que no hay refugio posible para quienes se le oponen, ni siquiera si tienen diez años y una mochila con útiles escolares.
La normalización de la violencia contra menores, contra docentes, contra infraestructuras civiles, no puede ser tolerada. Cada silencio es complicidad. Cada gesto tibio es una forma de habilitar la repetición.
El aula bombardeada en Myanmar es un símbolo. De lo que ocurre cuando el poder se siente impune. De lo que pasa cuando la comunidad internacional prefiere mirar hacia otro lado. De lo que significa permitir que las dictaduras escriban las reglas del juego sin consecuencias.


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