
La larga lucha kurda en Turquía culmina con la rendición simbólica de sus últimos combatientes
Alejandro Cabrera
Desde su aparición en 1978, el PKK —Partido de los Trabajadores del Kurdistán— llevó adelante una insurgencia violenta contra el Estado turco con el objetivo de crear un Kurdistán independiente. Con una ideología inicial marxista transformada luego hacia demandas de autonomía y derechos culturales, el grupo protagonizó un enfrentamiento que costó la vida de más de 40 000 personas y llenó de tensiones el sudeste de Turquía.
En los últimos meses, un giro inesperado fue impulsado por Abdullah Öcalan, líder encarcelado desde 1999, quien en febrero instó a disolverse y desarmarse. Ese llamado culminó el 11 de julio en una ceremonia simbólica en Sulaymaniyah (norte de Irak), donde una treintena de combatientes ardieron sus armas ante funcionarios turcos, iraquíes y kurdos.
De insurgencia a disolución: cómo se llegó hasta acá
El PKK dio sus primeros pasos armados en 1984, cuando se levantó contra la negación de la identidad kurda en Turquía. Durante los años 90, la respuesta estatal fue brutal: bombardeos, desplazamientos forzados y cárcel para quienes defendían el uso del lenguaje y cultura kurda.
Hubo intentos de tregua —la de 1993 fue un ejemplo fallido—. No obstante, tras varias rupturas, el conflicto se reavivó con fuerza hasta que en 2013-15 ocurrió un proceso de paz interrumpido. En 2025, un segundo proceso resurgió con fuerza: Öcalan pidió el fin de la guerra, y el grupo se comprometió a rendirse oficialmente en mayo.
La ceremonia del fin de la guerra
El once de julio, cerca de una cueva histórica en Jasana, treinta combatientes del PKK llevaron sus armas a un gran recipiente para quemarlas públicamente. La ceremonia fue vigilada por autoridades turcas, iraquíes y representantes del partido prokurdo DEM.
El presidente turco Recep Tayyip Erdoğan celebró el momento como el declive del terrorismo dentro del país. El acto simboliza la primera etapa de un proceso en cinco fases que incluye el desarme y la reinserción social y política de los excombatientes.
Un hito para la paz en la región
El gesto señala el fin real de una lucha que comenzó hace 40 años contra el Estado. Turquía y la Unión Europea esperaban un paso así para considerar una agenda conjunta en reforma democrática y derechos kurdos. En paralelo, se abren perspectivas para estabilizar zonas del norte de Irak y Siria, donde el PKK y sus ramas habían extendido su influencia.
El rol de Öcalan y el impacto político
Desde su prisión en Imrali, Öcalan alentó el giro estratégico hacia los canales políticos, desconociendo así la vía armada. Esta articulación ha permitido que el partido DEM avance en negociaciones con Ankara, y que Turquía, en una rara muestra de coordinación, limpie el terreno para una serie de reformas futuras.
Desafíos por delante
La disolución del PKK no implica el fin automático de tensiones. El proceso exige garantías: libertad a presos políticos kurdos, inclusión democráticas y reformas que reconozcan la identidad cultural kurda. Sin eso, corren el riesgo de que facciones disidentes rompan el acuerdo.
Además, expertos advierten que el rol de los combatientes en Siria e Irak seguirá siendo clave: para que la paz prospere, se necesitan acuerdos multilaterales que incluyan a los kurdos en esos territorios.
¿Qué sucede ahora?
El siguiente paso será el control total de armas (esperado hacia fin de año) y la creación de una comisión bicameral turca-DEM con sede en el Parlamento. También hay plazos para presentar un plan de reinserción profesional y seguridad para los excombatientes. El éxito dependerá del cumplimiento firme del Estado turco.


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